Entrevista / Jesús Ruiz-Huerta Carbonell Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1263. 5  de octubre de 2018

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Entrevista / Diego Posada

Jesús Ruiz-Huerta Carbonell, director del Laboratorio de la Fundación Alternativas

“Nuestra distancia entre ricos y pobres es de las mayores de Europa”

Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad Rey Juan Carlos y director del Laboratorio de la Fundación Alternativas, Jesús Ruiz-Huerta ha sido el encargado de dirigir y coordinar el tercer informe sobre Desigualdad en España, correspondiente al año 2018. El Siglo ha podido charlar con él respecto a algunos de los temas que trata este informe, como la brecha salarial entre hombres y mujeres, la situación actual de las clases medias, los factores más importantes a la hora de generar desigualdad... Y los posibles factores que podrían crearla en el futuro, como la brecha digital.

“La actuación de los gobiernos para limitar la desigualdad cada vez tiene menos incidencia”

“La brecha digital en cuanto al acceso no es tan grande, el hándicap es que la gente no está preparada para el uso de las nuevas tecnologías.”

 

En el informe mencionan que tanto la riqueza bruta como neta se concentra en el 10% de la población más rica. ¿Es esta circunstancia una cuestión nacional o compartida con los demás países de la Unión Europea?

Según los datos que se manejan en el informe, especialmente en el capítulo II, hay una tendencia muy extendida en todas partes. En todos los países se observa una tendencia general a la acumulación y concentración de la renta y de la riqueza, dos variables muy correlacionadas. Gran parte de los estudios que se han hecho por parte de algunos de los expertos en la materia, por ejemplo Branko Milanovic o Piketty, hablan de una tendencia secular al crecimiento de la concentración de la renta y de la riqueza en la parte alta de la distribución, el 10% más rico. ¿Con qué intensidad? A veces sorprende encontrar que la mayoría de los países ricos muestran una alta concentración; incluso los que esperaríamos que no tuvieran ese problema, también lo tienen; estoy pensando en países del centro de Europa como Alemania, que también tiene una elevada concentración en la decila superior de la distribución.

¿Cuáles son los factores que más influencia tienen sobre la generación o la creación de la desigualdad?

Los factores principales son de dos tipos: uno es lo que ocurre en los mercados, lo que llamamos distribución primaria de renta, que es el resultado que obtienen los agentes económicos en su actuación en los mercados. Vivimos en economías de mercado, y éste es quien determina qué actividades económicas son las más premiadas o las que menos, y cómo se retribuye a los agentes económicos. Ese es el primer factor. El desempleo, por ejemplo, es un factor que afecta a la desigualdad, especialmente en época de crisis, pero también la retribución salarial, cómo están pagados los trabajadores incide naturalmente sobre la distribución. Que haya una gran dispersión de salarios, como suele ocurrir en la práctica, es otro factor de desigualdad. Así mismo, la concentración de las rentas de capital, las que derivan de la detentación de bienes de capital, de activos, es otro factor que contribuye a la desigualdad.

Pero después de la distribución primaria de la renta se produce la actuación de los gobiernos a través de los sistemas de impuestos, transferencias y gastos públicos en bienes y servicios, y en la actualidad nos encontramos con que dicha actuación, factor muy importante para limitar la desigualdad, cada vez tiene menor incidencia. En consecuencia, si crece mucho la desigualdad en el mercado, la capacidad compensadora del sector público es progresivamente menor, sobre todo si apostamos por sectores públicos cada vez más pequeños.

El informe también refleja que la desigualdad en España lleva una tendencia de doce años aumentando. ¿Hay atisbo de mejora en los próximos años, o se está convirtiendo ya en una cuestión estructural?

Aunque nosotros defendemos la existencia de una desigualdad estructural, es conveniente en todo caso matizar. Esto depende mucho de los indicadores que utilicemos. Hay algunos indicadores estándar y otros, más nuevos, que se van incluyendo cada vez en mayor medida y que, a mi juicio, son importantes para ofrecer una imagen completa de la evolución de la desigualdad. Los indicadores básicos más usados son los indicadores de distancia, como por ejemplo, los que miden la diferencia que existe entre el 20% más rico y el 20% más pobre de la población de un país o una región. Esta información está disponible en la base de datos de Eurostat, en la que ofrece una gran cantidad de indicadores, pistas importantes para saber qué es lo que pasa en cada entorno. España es uno de los países que tienen un índice de distancia más alto, el 6,6. La cifra quiere decir que aquellos ciudadanos que están en la parte baja de la distribución tienen una renta 6,6 veces inferior a la que disfrutan quienes están en la parte alta; se trata de un indicador elevado, en el marco de la UE a 28, pues según los últimos datos (2017) sólo Bulgaria, Rumanía, Grecia y Lituania tienen indicadores de distancia mayores.

El índice de Gini, instrumento tradicional para medir la desigualdad, que toma como referencia un patrón de igualdad teórico, ofrece también un resultado elevado en el caso español, significativamente superior a la media europea y sólo por debajo de Bulgaria, Letonia y Lituania. Algo similar ocurre con indicadores de pobreza o riqueza..

Alguno de estos indicadores, a lo largo de los últimos años han mejorado un poco, pero un cambio muy pequeño no significa casi nada en relación con el problema que queremos medir. Por ejemplo, el índice de Gini de 2017 es un poco más pequeño que el de 2016. Y si empleamos otros indicadores, como los de riqueza, la pobreza monetaria relativa o los indicadores multidimensionales de la pobreza, todo parece indicar que efectivamente hay un problema importante en España respecto a Europa y que no hay cambios drásticos en tales indicadores durante las etapas de expansión económica.
 

¿Nos estamos acercando al fin de la brecha salarial entre hombres y mujeres?

¡Ojalá!, pero me temo que todavía nos queda un poco. Está muy bien el capítulo del informe que se refiere a las diferencias de renta en términos de género, que no se centra sólo en el mercado del trabajo, sino en otros aspectos como la educación y la sanidad... Es verdad que se ha producido a lo largo del tiempo una cierta convergencia en términos de salarios y rentas, pero todavía subsisten diferencias muy significativas. Y además, como se señala en ese capítulo, hay elementos que afectan a la desigualdad que tienen más que ver con comportamientos y actitudes de la población y de la empresa, o que ponen de manifiesto que, especialmente en relación con la etapa de nacimiento del primer hijo y la salida temporal de las mujeres del mercado de trabajo, se produce un efecto indudable sobre la brecha salarial, y que hace muy difícil pensar que se pueda cerrar sin más en un corto período de tiempo. Como expresa en el mencionado capítulo su autora, Leire Salazar, en otros ámbitos sí se observan procesos de mejoría y convergencia.

¿Existe actualmente un déficit en la protección a los sectores de la población más vulnerables? ¿Se ha producido un aumento o una disminución tras la crisis?

En comparación con otros países nuestros indicadores de prestaciones económicas son bajos, hay muchas deficiencias en las prestaciones familiares, y, en general, los sistemas de garantías de ingresos son ineficaces y están muy fragmentados. Muchos colectivos de población expresan demandas de atención y múltiples problemas de cobertura de necesidades sociales, es decir, carencias por el lado de los gastos públicos. Así ocurre, por ejemplo, entre los pensionistas, los jóvenes o los problemas relacionados con la educación, la sanidad o los servicios sociales.

De manera que tanto lo que se refiere a prestaciones económicas como en el caso de las prestaciones en especie, sanidad, educación, etc., se insiste en la demanda de más y mejores servicios; no hay que olvidar, sin duda, las consecuencias de la crisis económica en términos de recortes, que dieron lugar a una gran contestación social. Los gastos en especie, como la sanidad, la educación, o los servicios sociales son gastos que producen efectos redistributivos, de modo que si se recortan se genera un efecto redistributivo de carácter negativo y aumenta la desigualdad. En los últimos años se ha producido una pequeña recuperación pero no se ha vuelto todavía a los niveles anteriores. Una muestra es que las demandas de más y mejores servicios sociales se mantienen y, en algunos casos, se han ampliado.

El contrapunto de todo esto se refiere al ámbito de los ingresos, es decir, si tenemos o no ingresos suficientes para cubrir esos gastos. Y en este aspecto, según los datos disponibles, la presión fiscal española es inferior las medias europeas, es decir, tenemos relativamente pocos ingresos para atender las demandas sociales y además, desgraciadamente, una continua demanda de rebajas impositivas, poco coherente con las aspiraciones de más y mejores servicios públicos.

Una de las percepciones sociales es que, tras la crisis, la clase media ha desaparecido y la población se ha polarizado entre ricos y pobres, ¿es esta percepción una realidad?

Tenemos que ser prudentes en un campo como éste e intentar evitar las afirmaciones categóricas. El capítulo que han hecho Luis Ayala y Olga Cantó intenta determinar las clases sociales en función de la renta disponible de las familias. En este sentido, podemos calificar las distintas clases en función de la renta media o la mediana de la distribución. Por ejemplo, si el 60% de la mediana se fija como umbral de pobreza relativa, podríamos decir que las clases bajas son las que tienen rentas inferiores al 75% de la mediana, las clases medias se situarían entre el 75% y el 200% de la misma, por ejemplo, mientras que las clases altas tendrían rentas superiores al último porcentaje señalado. A partir de una clasificación como la anterior se puede ver lo que pasa con esos colectivos en dos momentos de tiempo, por ejemplo antes y después de la crisis económica. Los datos parecen poner de manifiesto que efectivamente hay un movimiento de la que hemos llamado en el año inicial clase media hacia la clase baja, y en cambio hay una cierta estabilidad en la clase alta. Los autores de esta parte del Informe señalan que, según la información disponible, se observa una clara estabilidad en la parte alta de la distribución y una disminución en las clases medias bajas. Esto parece que también se ha producido en EE UU. Por el contrario, en las sociedades nórdicas, por ejemplo, las clases medias tienen mucho peso y son las que soportan el Estado del Bienestar. En cambio, en Estados Unidos y en España parece observarse la disminución de las clases medias y un crecimiento de la población en la parte baja de la distribución, lo que exigiría la disponibilidad de más recursos para atender a esa parte de la población.

Hablando de políticas impositivas, ¿las medidas del anterior gobierno contribuyeron a mejorar los datos en desigualdad?

En el informe que hemos publicado no hablamos mucho de esos resultados; en todo caso, puede que las últimas reformas fiscales hayan generado una cierta progresividad en el IRPF, pero el efecto redistributivo apenas se hizo notar, de modo que no parece que se haya producido un cambio significativo en la desigualdad. No hay que olvidar además que los efectos redistributivos dependen de la combinación de los ingresos y los gastos públicos, de modo que no resulta fácil determinar el efecto autónomo de los impuestos. Por otro lado, como decía con anterioridad los indicadores de desigualdad siguen mostrando datos preocupantes en los últimos años, por lo que no parece que las medidas del gobierno anterior produjeran un cambio significativo en la desigualdad.

¿Las medidas anunciadas por Pedro Sánchez, como el impuesto de sucesiones o el impuesto a las rentas altas de más de 120.000, ayudarán a mejorar la redistribución de la riqueza y por tanto de la desigualdad?

Cabe esperar que así sea. Yo no creo que eso tenga un efecto muy importante en términos de volumen de ingresos, pero sí un efecto de carácter redistributivo, es decir, que si conseguimos de alguna manera acompasar o limitar el crecimiento de la riqueza de esa parte alta de la distribución a través de este tipo de impuesto sobre las rentas altas, que se conecta también con aquellos que tienen más riqueza, ciertamente cabe esperar algún efecto sobre la distribución.

Y respecto a las sucesiones, se trata de una figura con “mala prensa”. Como se trata de un impuesto relativamente viejo, si se le pregunta a alguien en la calle sobre el mismo (Sucesiones y Donaciones) muchas personas lo criticarán: “Ah, me van a aplicar a mí un impuesto para quitarme mi casa, que es donde he puesto mis ahorros de siempre”. Esta no es la voluntad ni la intención de un impuesto como el de sucesiones, pero el aspecto más negativo del mismo se ha trasladado a la gente. Yo creo que una sociedad moderna debe primar sobre todo el mérito, la capacidad y el esfuerzo y, en ese sentido, cuando hablamos de igualdad de oportunidades, aplicar con cierto rigor y de una manera redistributiva el impuesto sucesorio está muy justificado, de manera que aquellos que reciben una gran cantidad de recursos simplemente por ser descendiente de una persona rica, deben aportar al caudal público una parte al menos de esos recursos para atender necesidades sociales. Establezcamos un mínimo exento razonable para evitar que la gente de la calle se vea perjudicada por el impuesto sucesorio, pero a mi juicio es una barbaridad la idea de suprimir este impuesto.

¿La precariedad laboral está lastrando el progreso de la desigualdad en el futuro?

Claro, hay un fenómeno interesante que se señala en el Informe. Cuando hablamos de precariedad laboral, entre otras cosas, nos referimos a las dificultades que tienen los jóvenes para incorporarse al mercado de trabajo. Esto es una especie de cadena continua; empiezan a trabajar y no tienen muchas posibilidades de conseguir contratos fijos, sino temporales con retribuciones bajas. El resultado final es que hay una población amplia, sobre todo de jóvenes, que reciben salarios muy bajos y por lo tanto aparecen en las estadísticas en la parte baja de la distribución. Si se quieren emancipar, no existen ayudas para poderlo hacer, de modo que se acumulan los problemas. Al mismo tiempo, los primeros años en los que podrían estar cotizando para obtener una pensión futura adecuada no lo pueden hacer, lo que va a implicar en el futuro pensiones muy limitadas, dejando a un lado el problema del mantenimiento del sistema de pensiones.

Haciendo referencia a uno de los últimos capítulos, ¿cree que en el futuro la brecha digital será una nueva forma de desigualdad?

Es muy interesante. Parece que la brecha digital en cuanto al acceso no es tan grande en España, porque hoy Internet está al alcance de todo el mundo. Las estadísticas de ordenadores, de móviles, de iPads, etc.. muestran que es rara la familia que no tiene acceso a Internet por una u otra vía. Es cierto que hay bolsas de exclusión que persisten, sobre las que habría que trabajar. Pero el problema no es tanto el acceso cuanto la utilización. Tenemos un hándicap, y es que la gente de más edad y/o con menos recursos no está preparada para el uso de las nuevas tecnologías. La utilización de medios informáticos al nivel al que se utilizan en este momento cuesta más a las generaciones mayores y también a los sectores de población con menos recursos.

 

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