Tribuna Cultural / Mauro Armiño Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1264. 12  de octubre de 2018

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

De esperpento en esperpento

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Luces de bohemia acaba de estrenarse en el Teatro María Guerrero, dirigida por Alfredo Sanzol. / MARCOS G PUNTO

Hace cien años, a Ramón María del Valle-Inclán le dio por aplicar el término esperpento –persona, cosa o hecho más bien grotesco, estrafalario o desaliñado–, a su visión de la vida española, como la única expresión válida para ofrecer la dimensión real de sus negros tintes. Cien años después, esos tintes parecen haber ennegrecido todavía más, basta echar un vistazo a la vida política. ¿Hay algo más esperpéntico, más absurdo, más chusco desde hace dos o tres años, que la situación catalana, con un Puigdemont, fugado mesías, haciendo papeles de mendrugo desde su retiro belga, y seguido por unos dos millones de catalanes? Se puede ser lo que se quiera, faltaría más, pero la hilarante payasada (con consecuencias graves pese a la hilaridad), ¿no da qué pensar a sus seguidores? Y el seny tradicional de los catalanes tampoco aparece en la persona o máscara de su vicario Quim Torra. ¿Cómo tomar en serio tanta bufonada? ¿Nadie recuerda cómo se levanta quien con desatinados se acuesta?

Pero el esperpento se da en todos los barrios: ¿qué decir de la vicepresidenta Carmen Calvo, pidiendo a la Real Academia un informe para revisar y convertir el texto constitucional en inclusivo? Eso es poner las alforjas antes que el burro, porque ¿cuándo se reformará ese texto, que exige una mayoría cualificada e imposible tal como están (y son) los dirigentes políticos que los muy sensatos demócratas que somos hemos elegido? Me moriré, nos moriremos todos (Otero), y no se habrá cambiado una coma, salvo urgencia ordenada por intereses de la Unión Europea, como ya ocurrió con Zapatero y connivencia de Rajoy, de la noche a la mañana. En la otra esquina del ring, el caso máster de Casado absuelto por el Tribunal Supremo, da también para mucha risa: volvamos a la maquiaveliana versión de la frase según la cual la mujer del César puede ser puta, pero no parecerlo; y Casado sigue pareciéndolo, aunque el Supremo, en funciones de Celestina, le haya remendado el virgo de ese máster.

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¿Qué decir de la vicepresidenta Carmen Calvo, pidiendo a la Real Academia un informe para revisar y convertir el texto constitucional en inclusivo? Eso es poner las alforjas antes que el burro. / EUROPA PRESS

La razón crea monstruos…

Valle-Inclán concluyó hacia finales de la segunda década que la crítica a la situación española sólo podía pasar por su deformación «en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España». Utilizó como metáfora los espejos del Callejón del Gato, calleja madrileña que sigue teniendo oficialmente el nombre antiguo, el de un poeta, cristiano converso, de finales del siglo XV, Juan Álvarez Gato, que se ganó este apellido porque al parecer escalaba las paredes con un cuchillo como piolet cuando había que trepar murallas contra sarracenos: así terminan los poetas, en gatos. En las últimas décadas del siglo XIX y primeras del siguiente, en ese callejón existía una ferretería que mostraba, como reclamo, dos espejos, uno convexo y otro cóncavo, que deformaban las figuras de los divertidos paseantes; se concentraban además en la calleja tabernas y tablaos frecuentados por la bohemia literaria, una de cuyas cabezas visibles era el hoy casi olvidado Alejandro Sawa (1862-1909), que presidía las tertulias de la modernidad con sus largas melenas y el prestigio de haber vivido los años dorados del parnasianismo en París, y bebido ajenjo con Verlaine. Regresó en 1896 a un Madrid (“un mal azar me hizo nacer aquí y en esta época”) ya encanallado, pero todavía brillante, al que daría la puntilla el desastre del 98; la bendición que le diera Verlaine le sirvió para vivir del sablazo y los artículos; pero aunque al principio era estimado por los periódicos de mayor postín, los valores anárquicos que predicaba estaban fuera del sistema, y se fue quedando sin páginas donde escribir. Sobre esta figura de su amigo Sawa crea Valle-Inclán Luces de bohemia, obra de teatro –para algunos la mejor del teatro español– que acaba de estrenarse en el Teatro María Guerrero, dirigido por Alfredo Sanzol, e interpretado por Juan Codina (Max Estrella), Chema Adeva (Don Latino), Natalie Pinot (Madame Collet), Paloma Córdoba y un largo etcétera…

… Aunque se encanalle

Arranca la pieza con un Max Estrella agonizante, en su último día, cuando pierde la última colaboración periodística: condenado al hambre, sale en busca de algunos chavos para dar de comer a su mujer y a su hija guiado por su “perro”, don Latino; para vender un atadijo de libros,  para tentar los bajos de una furcia, o para comprar un décimo de lotería, mientras el ajenjo que bebe por las tascas del camino termina llevándolo a los calabozos de Gobernación; así nos pasea por calles revueltas contra los políticos (“Muera Maura”) de una derecha siempre estúpida, mientras los guardias sacan a pasear las porras sin desmayo. Para mostrar un trozo de realidad viva, histórica, inmediata, Valle-Inclán lo hace compartir calabozo con un “paria” catalán, un anarquista que está seguro de que le aplicarán la ley de fugas (ocurre en la obra; siguió ocurriendo durante la dictadura). El “poder” de la prensa, conchabado con el gobierno que la mantiene con el fondo de reptiles –léase la actual publicidad institucional–, saca a Max del calabozo, pero el ciego sigue levantando la voz hasta que lo recibe el ministro,  un viejo amigo de los tiempos heroicos de los versos, para protagonizar la más miserable de las escenas: el hambre fuerza al viejo escritor a aceptar la limosna del poder, a sabiendas de que así también se encanalla.

Valle-Inclán exalta y se mofa al mismo tiempo de esa bohemia, y no tiene piedad ni con Sawa ni con él mismo: habían sacrificado su vida a la belleza, a la escritura y al ajenjo con la pretensión de enderezar un país hundido, y el hambre los había encanallado convirtiéndolos en proletarios de una pluma que no les daba siquiera de comer. Intelectuales con un revoltijo de ideas confusas, más literarias que políticas –su único dios, la anarquía, disfrazada de mil utopías y de abrazos al pueblo–, eran capaces de olfatear el esperpento que era España, de tocarlo con los dedos de la intuición poética. La veían como una tierra de botarates, de sensibilidad chabacana (actualice el lector nombres, desde Rafael Hernando hasta Gabriel Rufián o esos obispos inmarchitablemente franquistas con sus murgas), con un pueblo miserable que se conforma con el puchero, y “transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan el gato cuando se les muere”.

Trozos y destrozos

El de Sanzol es el cuarto montaje de Luces de bohemia que se ha podido ver, desde que lo estrenara, casi cincuenta años después de ser escrita, José Tamayo en 1970; luego lo dirigieron Lluís Pasqual (1984) y Lluís Homar (2012). No tiene sentido hacer comparaciones; a un montaje de La vida es sueño, por ejemplo, el espectador va libre de prejuicios; pero, como se dice, de Luces de bohemia cada cual tiene en la cabeza su propia escenografía, su montaje y hasta su Max Estrella. Sanzol dirige un montaje algo plano, entorpecido por varios grandes espejos simples (nada cóncavos por desgracia) que producen, eso sí, interesantes efectos cinematográficos en el recorrido por un Madrid turbio de los protagonistas. En la tercera o cuarta réplica, Max Estrella la remata con un “joder” que me alarmó; no hace ni un año publiqué una edición anotada de Luces de bohemia (Editorial Edaf)y sigo teniendo el texto bastante entero en la cabeza. Falsa alarma: la versión no sigue esa pasión española por meter tacos donde no los hay en películas y piezas de teatro; ese “joder” es el único. Juan Codina no encarna un Max con el patetismo algo excesivo de José María Rodero (1970 y 1984), hace de su personaje una figura sin exageraciones, sin demasiados aspavientos, bien acompañado por Don Latino, que rebaja también todo melodramatismo de baja estofa. Algún gag tiene gracia: la frase del antiguo Jefe del Estado y ahora demérito Juan Carlos de Borbón pidiendo perdón cuando acompañado de una querida volvía de matar elefantes acompañado en Botsuana; otro no tiene ninguna y está fuera de lugar cuando los enterradores tratan de aprovecharse de la propina que les da Valle-Inclán convertido en Marqués de Bradomín. Dejando de lado el griterío de algunos actores –consuetudinario, diría Machado– en varios pasajes –¿nadie les dice que cuanto más gritan menos se les entiende?–, el texto de Luces de bohemia siempre es recomendable: durante dos horas nos permite estar en el presente porque seguimos anclados en el pasado.

 

 

Firma:

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena.  

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