Cultura Guia Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1265. 19  de octubre de 2018

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Tribuna / Bruno Estrada

‘Biblia SIM, Constituçao NAO’

Pareciera como si a principios del siglo XXI las élites económicas estuvieran conformando una especie de “capitalismo religioso” en los países desarrollados, como Brasil, en los que la Iglesia aún tiene un fuerte peso

Numerosas pintadas en las favelas de Rio de Janeiro tienen ese lema. Desde mediados de este año todos los edificios públicos de Baviera están presididos por una cruz, según el primer ministro de Baviera por su “claro compromiso con la identidad bávara y los valores cristianos”. Trump dijo en campaña: “Lo primero que tenemos que hacer es dar voz de nuevo a nuestras iglesias”.

Bolsonaro ha ganado la primera vuelta de las elecciones brasileñas gracias en gran parte a la ultraconservadora Iglesia evangélica. Donald Trump fue elegido presidente de EE UU con el apoyo de los elementos más reaccionarios de las iglesias evangélicas. Markus Söder acaba de sufrir una derrota electoral en Baviera pero debido al crecimiento de la ultraderecha de Alternativa por Alemania, mejor representante para muchos votantes de la identidad bávara y de los valores cristianos.

Pareciera como si a principios del siglo XXI las élites económicas estuvieran conformando una especie de “capitalismo religioso” en los países desarrollados en los que la Iglesia aún tiene un fuerte peso. En estos países los valores posmateriales y de realización individual están en correlación con el grado de desarrollo económico alcanzado, pero los valores ligados a la religión y la tradición siguen teniendo un peso mucho mayor de lo que correspondería a su nivel de desarrollo económico y social.

Esta “anormalidad social” se observa particularmente en EE UU y Brasil. Según la World Value Survey, el 40,4% de los estadounidenses y el 51,5% de los brasileños consideran que la religión es muy importante en sus vidas (no hay datos de Baviera al ser un Estado de Alemania). Mientras en Suecia, un país desarrollado no sólo económicamente, sino también en términos de valores seculares, tan solo un 8% de la población tiene esa consideración sobre la religión.

Los ciudadanos de estas sociedades capitalistas hiperreligiosas son más desconfiados respecto a los desconocidos, la sociabilidad es más estrecha y está más fragmentada, restringida a quienes comparten idénticas creencias: sólo un 35,2% de la población en EE UU confía en desconocidos; en Brasil este porcentaje es sólo de un 18%, mientras en Suecia alcanza el 56,9%.

Resulta interesante relacionar estos datos con la consideración de la democracia en esos países. Mientras un 73,5% de los suecos consideran que la democracia es absolutamente importante, este porcentaje desciende hasta el 46,5% en EE UU y el 48,8% en Brasil. Se reduce la confianza republicana, la confianza en todos los ciudadanos considerados como iguales en derechos.

Asimismo, tanto EE UU como Brasil, donde tienen más peso los valores religiosos relacionados con la caridad, tienen un elevado grado de desigualdad social debido que las políticas públicas redistributivas son más frágiles. En EE UU, en 2015, según el Banco Mundial, el índice Gini de desigualdad fue de 41,5; el de Brasil, de 51,3, mientras que el de Suecia fue tan sólo un 29,2. Por tanto, el grado de solidaridad efectiva es mucho mayor en los países donde tienen un mayor peso los valores laicos de justicia social.

Cuando Trump, Bolsonaro, o la CSU de Baviera defienden unos valores que nos pueden parecen caducos y trasnochados, lo hacen con el objetivo de movilizar a una parte de los votantes pobres, cuyos intereses materiales no coinciden con los de las élites económicas pero que se reconocen en valores religiosos en los que impera el miedo al diferente.

La pobreza no es un efecto colateral, es funcional para las élites económicas, así pueden seguir manteniendo sus privilegios en los sistemas democráticos. Ya lo dijo Mandeville hace dos siglos: “En una nación libre en la que no se permite la esclavitud, la riqueza más segura consiste en (…) que un gran número de personas se mantengan tan ignorantes como igualmente pobres”. Y la religión es muy útil para ello.

SUMARIO: Pareciera como si a principios del siglo XXI las élites económicas estuvieran conformando una especie de “capitalismo religioso” en los países desarrollados, como Brasil, en los que la Iglesia aún tiene un fuerte peso

 

 

 

Firma

Economista, adjunto a la Secretaría General de CC OO. Es director adjunto del Programa Modular de Relaciones Laborales de la UNED y miembro del Consejo Ciudadano de Podemos de la Ciudad de Madrid. Fue miembro fundador de Economistas Frente a la Crisis. Ha publicado diversos libros, el más reciente La Revolución Tranquila (Ed. Bomarzo). Autor de la obra de teatro Escuela Rota y productor de varios cortometrajes y películas con los que la productora Dexiderius ganó dos Goyas. 

 

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