Sin maldad Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1265. 19  de octubre de 2018

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Sin Maldad / José García Abad

Transición no hay más que una

Para mí y quizás para la mayoría de los allí reunidos, que hemos vivido tantos años de dictadura como de democracia, no puede haber más Transición que aquella que se inició a la muerte de Franco y se plasmó en la Constitución, que debería ser también única aunque debidamente reformada. No hay más Transición que la que acabó con la dictadura y alumbró un régimen de derecho garante de las libertades, que se abrió camino con dificultades y temores difíciles de entender por nuestros jóvenes pero que se hizo con menos sangre de lo que hubiéramos temido para tamaño alumbramiento.

Y, ¡oh, signo de los tiempos!, aquel mismo día de la presentación del libro, aquellos impactos de las balas disparadas por los de Tejero en el techo del hemiciclo, aquel fatídico 23 de febrero de 1981 eran contempladas con la boca abierta de estupefacción, según nos contara Ana Pastor, la presidenta del Congreso de los Diputados,  por un grupo de mujeres de la Benémerita que celebraba los 25 años que han pasado desde que las mujeres pueden ingresar en la secular institución, ahora leal con la Constitución, que se lavó la cara con la sangre derramada por el terrorismo etarra

No soy nada corporativo, sino todo lo contrario, pero debo reconocer que me emocionó el acto celebrado el pasado miércoles en el Congreso de los Diputados repleto de periodistas y fotógrafos para presentar el libro ‘Los periodistas estábamos allí para contarlo’, uno de los actos celebrados en el Parlamento para conmemorar los 40 años de vigencia, hasta el momento, de la Constitución del 78.

Contribuyó a mi ataque emocional pasajero que el acto se celebrara en la sala que lleva el nombre de quien fuera mi amigo Ernest Lluch, asesinado por ETA y, en otro orden de emociones, contemplar los evidentes signos de la edad, más o menos la mía, de los participantes. ¡Que jóvenes éramos!, rumié para mí.
Esta melancólica impresión me llevó a la reflexión de que tanto para mí como quizás para la mayoría de los allí reunidos, que hemos vivido tantos años de dictadura como de democracia, no puede haber más Transición que aquella que se inició a la muerte de Franco y se plasmó en la Constitución de 78, que, en mi modesta opinión, debería ser también única aunque debidamente reformada.

Para mí no hay más Transición que la que acabó con la dictadura y alumbró un régimen de derecho garante de las libertades, que se abrió camino con dificultades y temores que quizá no calibre debidamente la actual generación pero que se hizo con menos sangre de lo que hubiéramos temido para tamaño alumbramiento.

Cómo unas guardias civiles contemplaban estupefactas los agujeros de bala de Tejero

Constaté tristemente que, aparte de tremendos sucesos sufridos entonces como los asesinatos de Atocha o el golpe de Tejero con sus guardias civiles, la sangre que corrió cuando se alumbraba la democracia con un balance de mil muertos no procedieron del búnquer franquista, sino de ETA.

Y, ¡oh, signo de los tiempos!, aquel mismo día, aquellos impactos de las balas disparadas por los de Tejero en el techo del hemiciclo aquel fatídico 23 de febrero de 1981  eran contemplados con bocas abiertas de estupefacción, según nos contara Ana Pastor, la presidenta del Congreso de los Diputados que presidía el acto, por un grupo de mujeres de la Benemérita que celebraba que las mujeres pueden ingresar en la secular institución desde hace 25 años. Una institución ahora leal con la Constitución, que se lavó la cara con la sangre derramada por el terrorismo etarra.

Insisto en que Transición no hay más que una, como las madres, cuando escucho voces que reclaman otra. Pueden y deben introducirse importantes cambios pero de ‘Transición’ con mayúscula, nada. Clasifiquémoslas con el mayor respeto de ‘transicioncillas’, poco que ver con la Transición única y verdadera de la ominosa dictadura a la bendita democracia, que admite mejoras pero cuyas instituciones garantizan justamente su perfeccionamiento, esperemos que profundo.

Los derechos conquistados no quedan garantizados para siempre

Todo ello me llevó a otras reflexiones adjuntas pero no menos importantes: mi convicción de que las libertades y los derechos humanos, una vez conquistados, no quedan garantizados para siempre, que hay que estar en guardia, en somatén permanente ante las nuevas e insidiosas formas que vamos viendo incluso en países de larga tradición democrática.

Me referiré de nuevo, finalmente, al libro que se presentó el pasado miércoles en la sala Ernest Lluch del Congreso de los Diputados, una obra colectiva escrita por un centenar de periodistas entre los que me encuentro e ilustrado por media centena de fotógrafos.

Lo promovió y coordinó Fernando Jáuregui, a quien hay que reconocer su destreza y agradecer su paciencia para conseguir la participación de tantos plumillas y fotógrafos.  

Mi aportación al libro estaba encabezada con el título: “Gloria a Suárez por una Transición que se hizo a mano” en el que señalaba que todavía no hemos dado a Adolfo Suárez los honores merecidos por su papel en el parto de la democracia tras la demolición del régimen en el que había escalado, paso a paso, tan astutamente, pues pocos como él, que se definía como un chusquero de la política, sabía las argucias para recorrerlo, una maestría que le serviría para desmontarlo pieza a pieza.

Y añadía: “Puede decirse que la Transición española, en su día admirada como ejemplar, se hizo a mano, sin un plan estratégico. Con mano izquierda y mucha escena de sofá oficiada por un Suárez seductor, bajo el paraguas y la afinada nariz del rey Juan Carlos y el pragmatismo de los líderes democráticos. Con sacrificio ideológico de Santiago Carrillo y beneficiada por las dotes de estadista de Felipe González”.