Index Cultura Mauro Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1268. 9 de noviembre de 2018

- - --

 

 

 

Tribuna Cultural / Mauro Armiño

Mentira de la composición

¿Qué decir de la ridiculez y la mentira elevada a categoría filosófica protagonizada por Carmen Calvo? / EUROPA PRESS

No hay semana sin que alguno (o muchos) traspasen la línea de la ridiculez e incluso del espanto si alargamos la vista a medio plazo. Estalla hoy mismo que escribo la sentencia que favorece a los bancos en el jaleo de las hipotecas, y autoridades y tertulianos se lanzan a denunciar el “desprestigio” de la Judicatura. Cabe preguntarse de qué prestigio hablan: ¿del que hace cuarenta años, nada más abierta la democracia, integró a miembros del franquista Tribunal de Orden Público en el Supremo? ¿Nadie recuerda que Pedro Pacheco, alcalde de Jerez, ya afirmó entonces, alegando el sentir popular, que “la Justicia es un cachondeo”? Era y sigue siendo ése el sentir popular por más que, para sus yerros, aduzcan los judicantes cláusulas, artículos y más artículos de los códigos penales o civiles, muchas veces contradictorios entre sí.

¿Y qué decir de la ridiculez y la mentira elevada a categoría filosófica protagonizada por Carmen Calvo? Viaja al Vaticano con una anécdota como justificante, la exhumación de la momia del dictador –hay otros asuntos más graves, como los rancios acuerdos España-Vaticano, las inmatriculaciones, etc.–, y vuelve con una solución en la mano que a los cinco minutos los purpurados romanos niegan haber dado. Calvo, que pasó por el Ministerio de Cultura de Zapatero sin pena ni gloria –es un elogio, tratándose de un ministro de ese ramo– es, además, capaz de mentir públicamente asegurando que su presidente no había hablado de rebelión en el pifostio de Cataluña cuando todas las hemerotecas demuestran lo contrario.

 

Fabricar poesía

A su lado, el terror del maestro del género en literatura, el norteamericano Edgar Allan Poe, es una pera en dulce: la lectura de sus famosos relatos producen estremecimientos fácilmente controlables para el sistema límbico del lector; de las sensaciones que esos gobernantes dejan en muchos sectores nace pavor ante el futuro. No es de terror de lo que escribe Edgar Allan Poe en sus Ensayos completos cuyo primer volumen acaba de aparecer en la Editorial Páginas de Espuma, traducidos por Antonio Rivera Taravillo –­traductor de poesía anglosajona: Shakespeare, Donne, Keats y el propio Poe (Alianza Editorial, 2017)–, y prólogo del narrador y ensayista Fernando Iwasaki. No conozco ningún proyecto parecido en ediciones francesa, italiana o alemana; Rivera Taravillo pretende incluso mejorar la edición norteamericana de los Ensayos, la de G. R. Thompson –especialista en novela norteamericana del XIX–, añadiendo textos recientemente encontrados. Encabezan este primer volumen los análisis de Poe sobre poesía y el arte de la composición, claves para el desarrollo de la “nueva” poesía que iba a alumbrar el final del siglo, en Francia sobre todo: Filosofía de la composición y El principio poético concentran sus ideas sobre la forma de componer el poema, también apuntadas o reafirmadas en artículos, en prólogos, en su ensayo-poema Eureka, etc., por lo que no son despreciables estas fuentes secundarias.

Antonio Rivera Taravillo traduce el primer volumen de los Ensayos
completos
de Poe.

Negación del didactismo, de la moral

Cierto, esas teorías pueden sembrar el terror en algunas propuestas líricas que tuvieron curso durante el siglo XX, porque Poe destruye los cimientos del romanticismo que, ya en esas fechas, 1946, estaba muerto en Europa. Rechaza como ingredientes de la poesía la blandenguería de los sentimientos, niega cualquier cuerpo extraño que no atienda a producir un efecto calculado en el lector, una excitación, un arrebato, un rapto delicioso, afirmaciones de Filosofía de la composición que, tres años más tarde, refuerza en su conferencia última, El principio poético; Poe da a ese efecto el nombre de Belleza, que se concreta como nostalgia en poemas como Ulalume, o en la cantinela de El cuervo, ese “Nunca más” que concreta el sentimiento enamorado ante la mujer muerta. Ese efecto está respaldado por la Verdad (aunque verdades hay muchas), cuyo objetivo es dar al poema una existencia ‘per se’, pues la mayor nobleza de un poema es no ser más que eso, un poema. Quedan así desterrados la inspiración, el didactismo (una “herejía”), la moralidad, la responsabilidad del poeta ante la historia–; el poema sólo se debe a su realidad formal, a unos mecanismos “científicos” –hasta el punto de convencer a su traductor francés, Baudelaire, de que la imaginación es la más científica de las facultades humanas– que le abren paso hacia el alma del lector.

Las críticas de libros o retrato de autores que completa el volumen, y que Poe fue dejando en periódicos o en su correspondencia son de gran interés: al lado de rigurosos intentos de acercamiento, hay también desprecios, enemistades o amistades, elogios interesados o ataques a rivales; es el trabajo de un redactor a sueldo, que en ocasiones escribe deprisa y se mete como polemista en todas las trifulcas literarias de la época. Pese a ello, Poe es el primero en tratar de asentar una crítica científica basada en los textos, lo que le convierte en el padre de la crítica moderna. Por eso resulta muy clarificador el “calendario” que hace Iwasaki en su prólogo, ordenando los artículos por fechas (de 1835 a 1845), y anotando a su lado los relatos y poemas que escribía en esos momentos.

 

 La gran novela norteamericana

Eduardo Lago publica ahora Walt Whitman ya no vive aquí (Editorial Sexto Piso), donde recoge los artículos que ha ido desperdigando en revistas y periódicos desde 1991 a 2017. / PASCAL PERICH

Encerrados con el único juguete de las intrigas domésticas damos escasa importancia al trabajo de los “pasadores”, escritores que intermedian entre nuestras nimiedades y la apertura a otros mundos. Eduardo Lago (Madrid, 1964) es uno de esos pocos pasadores; durante los cuarenta años que ha vivido en Nueva York, donde sigue, entrevistó a los principales novelistas norteamericanos, tradujo a varios, y como director del Instituto Cervantes de Nueva York (2006-2001) impulsó, por ejemplo, la Enciclopedia del español en Estados Unidos, abierta sobre todo a las artes específicamente hispanoamericano. Publica ahora Walt Whitman ya no vive aquí (Editorial Sexto Piso), donde recoge los artículos que ha ido desperdigando en revistas y periódicos desde 1991 a 2017. Lago parece convencido de que la narrativa norteamericana del último medio siglo es la más potente de los últimos decenios; dejando a un lado ciertas individualidades europeas o latinoamericanas, lo cierto es que son muchos los que comparten esa convicción Narradores como Foster Wallace, Jonathan Franzen, Thomas Pynchon, David Lynch, William Gaddis, Don DeLillo, John Barth (cuya obra más significativa, El plantador de tabaco, tradujo el propio Lago para la Editorial Sexto Piso), etc., llamaron pronto la atención de editoriales hispanas, por lo que el lector interesado tiene buena parte de esa producción en los escaparates de las librerías.

Lago no se limita a una “crítica” de la novela que elige para comentar: sitúa al escritor y explica su contexto dentro del panorama narrativo para terminar abordando la narración. Una entrevista inédita del año 2000 con Foster Wallace, que abre el libro, le da pie para situar los dos polos, la ”doble hélice,” representados por ese autor que hace diez años y unos meses se colgaba de una viga tras el éxito internacional de La broma infinita (1996, 2002, traducción de Marcelo Covián, Mondadori). Lo que Lago denomina la “escuela de la dificultad”, encabezada por Wallace, exige una atención continuada del lector; enfrente, aunque contaminada en principio por la dificultad, otra serie de novelistas que, como Franzen (en editorial Salamandra casi todo), amigo de Wallace a pesar de todas las diferencias entre ellos, tratan y consiguen atenuarla a fin de ampliar su número de lectores. Ambos, junto con otra docena de escritores, forman esa “gran novela americana” que tanto ha interesado a lectores españoles.

Lago no se limita a ese enfrentamiento de dos concepciones narrativas; hace, por ejemplo, una especie de repaso-resumen de esa narrativa desde Moby Dick hasta El rey pálido, novela póstuma de Wallace, llegando incluso a Junot Díaz o a la última novela de George Saunders, Lincoln en el Bardo, publicada en 2017 y traducida para Seix Barral (2018) por la mano segura de Javier Calvo, traductor también de la mayoría de la obra de Wallace. Después de dedicar buena parte de su ensayo a novelistas que han elegido la ciudad de Nueva York como escenario de sus relatos, y alguna intromisión en otros géneros (por ejemplo, la semblanza de Emily Dickinson), Lago pone “deberes” al lector en un apéndice en el que elige los principales títulos a leer en plazos de tres a cinco años, de uno a dos, y, como remate, un nomenclátor de algo más de una docena de autores imprescindibles. Buena introducción y presentación de la narrativa norteamericana desde un gusto afinado por el amplio conocimiento de Eduardo Lago del terreno que trabaja.

 

 

 

 

 

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena. 

-

-

-