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 Nº 1270. 23 de noviembre de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Beatriz Argüello, actriz

“Sin cultura, un pueblo está perdido”

Su rostro, en sí mismo, es una dramaturgia. Beatriz Argüello interpreta a Casandra, la mujer fría pero al mismo tiempo pasional que desencadena la tragedia en ‘El castigo sin venganza’, una de las obras cumbre de Lope de Vega, que se ha estrenado en el Teatro de la Comedia de Madrid. En alguna ocasión se ha definido como “una mujer eminentemente de teatro”. Y afirma: “Yo adoro cada vez más a los artistas. Me emociona su lucha, su valentía, su resistencia, en una sociedad adocenada en la que se valora lo zafio y lo burdo”.

“Mi sensación como actriz ante ‘El castigo sin venganza’ es la de estar representando una tragedia griega” “El intérprete, en el teatro, acota y vive intensamente una vida en dos horas, vive una historia que lo arrastra”

‘El castigo sin venganza’ está considerada como una de las grandes obras de Lope de Vega dentro de la estratosférica producción dramática de este autor. ¿Qué destaca usted de la obra?
Sobre todo que se trata de una tragedia brutal y que tiene un componente emocional muy grande, muy alto. Mi sensación como actriz ante esta función es la de estar representando una tragedia griega. Ese es el nivel. Se trata del mito de Fedra, que se enamora de su hijastro. Hay amor. Hay incesto. Es un texto de un Lope ya maduro, entrado en años. Un texto muy complejo, nada llano, y tiene esa cosa que poseen los grandes textos que consiste en la complejidad de que puedes poner la atención en muchas cosas, es muy abierto, y hay muchos caminos que se te abren, y tú, como intérprete, o como director, puedes elegir. Ese abanico resulta maravilloso. Y cuando de pronto atisbas esa posibilidad es que se trata de un gran texto.

Lope escribió ‘El castigo sin venganza’ ya en la vejez, cuando no era aquel joven sacerdote que trepaba por los balcones hasta la alcoba de las doncellas. Era ya un Lope herido. ¿En qué medida se percibe en la obra?
Lope tuvo una vejez complicada. Llena de pobreza. Y veía que los jóvenes talentos del teatro venían muy fuerte. Aunque él nunca estuvo olvidado, porque era el gran autor del pueblo. Pero sí se sentía abandonado. Y en esta obra hay mucho dolor, como un destino trágico en todos los personajes. Se atisba desde el principio que hay algo que no va a acabar bien. Aunque aparentemente parece que no va a pasar nada. Supongo que esa atmósfera sombría tendría que ver con su propia vida, con su vejez, con esa perspectiva de cuando ves la muerte ya muy cerca. Porque la muerte está muy presente en esta obra. Hay poca esperanza en el momento en el que se opta por tomar un camino peligroso como el que deciden emprender Federico y Casandra, los protagonistas. Un camino lleno de riesgos. Y al final no hay esperanza porque el duque se toma la justicia por su mano. Y se venga, sin castigarles, por eso la pieza se titula ‘El castigo sin venganza’, se venga sin hacer pública su deshonra. Esa es la complejidad de este personaje. Se trata de un personaje muy mental. Razona y se justifica ante sí mismo para cometer el crimen. Y todo viene por un matrimonio de conveniencia. Por un enlace matrimonial por una estrategia política sin contar con las personas. Es una estrategia política que se lleva a cabo y que no funciona. Ese matrimonio estaba abocado al fracaso. Iban a ser infelices durante toda la vida. Sin amor, hay fracaso. Sólo se salvan las situaciones por la puerta del amor. 

Usted interpreta a Casandra, la joven y atractiva esposa del duque de Ferrara, que mantiene una relación adúltera con el conde Federico, hijo de Ferrara. ¿Cómo afronta este personaje?
Casandra es la hija del duque de Mantura, un ducado cercano al de Ferrara, y llega a Ferrara porque la casa su padre con ese duque, como decía, por motivos políticos. Es, absolutamente, un matrimonio de conveniencia. Hasta el punto de que Casandra y el duque de Ferrara no se conocen hasta el mismo día de la boda. Hay entre ambos una importante diferencia de edad. El duque tiene un hijo de la edad de Casandra. Casandra es una mujer de Estado, digámoslo así, preparada para su cometido, y asume, como cualquier ser humano buenamente puede asumirlo, lo que le ha tocado vivir, en el sentido de que asume su matrimonio de conveniencia. Pero desde el principio vemos que Casandra es una mujer que rompe las normas. Su primera aparición ya es muy significativa. Casandra se cae a un río porque decide ir a un río a bañarse. Lo hace con el consentimiento del duque, sí, pero se salta el protocolo de lo establecido. Y Federico la ve y la rescata del río. Ahí se conocen. Esa actitud de ir a bañarse al río ya marca un carácter, el carácter de una mujer que transgrede las normas, una mujer impulsiva, muy visceral, que se deja llevar por la pasión. Aunque también es muy mental, muy inteligente, pero es una mujer que se ve envuelta en una Corte extraña, en una Corte donde no conoce a nadie, y allí encuentra un cómplice, Federico, con el que acabará teniendo una relación amorosa. 

Una pregunta que ha surgido en torno a la obra. ¿Puede una tragedia de honor remover al público del siglo XXI igual que podía hacerlo con el espectador del siglo XVII?
Más que honor… No sé qué valor se le puede conceder a esa palabra desde un punto de vista contemporáneo. Porque sí es verdad que el concepto de honor hoy en día es un poco… Pero yo creo que sí, que esta obra puede remover, porque hay unos valores innatos en el ser humano, y por ellos nos regimos también, y somos consecuentes con lo que pensamos y tenemos nuestra propia palabra interna de cómo vemos la realidad y de cómo hacemos las cosas. Y yo creo que si se engancha por ahí el concepto de honor, que parece anticuado, sí tiene esa contemporaneidad. Lo que les pasa a Federico y a Casandra en esta obra nos podía pasar a cualquiera hoy en día. Sí es verdad que no vivimos tan bajo el peso de la Religión, un peso tan fuerte como el que tenía antes la Religión, pero el sentimiento de culpa está, y el adulterio, y cómo se vive todo eso. Lo que marca la tragedia en ‘El castigo sin venganza’ es la reacción del Duque.

Ha dicho usted: “Creo que vivo de una manera mucho más real en el escenario que fuera, donde hay muchas distracciones externas que me hacen vivir muchos momentos a medias”.
Es verdad que el teatro se vive como el verdadero trabajo del actor. En la vida, yo puedo estar tomando ahora aquí un café con usted, pero puedo estar pensando en la función que tengo dentro de unos minutos, de modo que me distraigo, estoy en varias cosas a la vez. Y en el teatro, no me gusta la palabra concentrar –porque es un concepto como hacia adentro– pero se acota y se vive intensamente una vida en dos horas, se vive una historia que te arrastra, y con todos tus sentidos puestos a la máxima intensidad al servicio de esa historia. Entonces resulta lógico esto que decimos los actores de que cuando sales de la función tienes dentro una energía enorme, pero eso se debe a que has estado durante unas dos horas en un estado en el que la vida real no te pone, a no ser que vivamos unos sucesos muy fuertes. Yo pienso a veces que los intérpretes tendríamos que vivir con más intensidad nuestra propia vida, al igual que la vivimos en el teatro: tan intensa y plena como la vivimos en el teatro.

Una de sus obsesiones consiste en llegar al alma de los personajes. ¿Cómo lo consigue?
A mí me gusta mucho entrar en los procesos muy vacía. Sin demasiada memoria de cómo trabajo o de cómo hago los personajes. Me gusta empezar siempre de cero. Eso produce mucho vértigo porque da la sensación de que no has trabajado nunca antes. Te ubica en un estado muy inseguro. Pero a mí me interesa cada vez más la inseguridad. Porque desde esa inseguridad está la duda, está la búsqueda, y está la posibilidad del fracaso. Y eso resulta muy interesante a nivel creativo. Porque cuando estás trabajando en esa especie de buceo, ahí es donde encuentras cosas que son muy valiosas, que son tesoros. Y si te vas a lo conocido, porque los actores conocemos nuestros recursos, sabemos lo que funciona, más aún cuando llevas bastantes años trabajando en esta profesión, pues sabes tus trucos. Pero si abandonas eso y te colocas en otro sitio, si sales de tu zona de confort, ahí es cuando encuentras dónde está el verdadero trabajo, y eso te conduce a la complejidad de los personajes. Se puede hablar del alma del personaje o de lo que sea. Pero desde ahí es desde donde se encuentran cosas muy interesantes. 

También es usted una consumada bailarina.
No, no tanto… Yo empecé efectivamente haciendo ballet porque era lo que más se parecía al teatro. Yo vivía en San Lorenzo de El Escorial y me apunté a clases de ballet cuando era una adolescente. Sí es verdad que luego me marcó bastante, porque pasé cuatro o cinco años bailando clásico. Y eso es algo que se queda ahí, esa disciplina que impone el ballet de muchas horas de dedicación. Cuando empecé a estudiar teatro abandoné el ballet. Pero retomé la danza hace cuatro años, cuando hice el espectáculo ‘Las estaciones de Isadora’. Y ahí me di cuenta del nivel que exige el ballet. Porque yo estaba en forma como actriz, pero no como bailarina. Y de pronto resulta muy duro reencontrarte con el ballet, porque la danza exige una disciplina enorme, yo admiro mucho a los bailarines, me parecen seres excepcionales y artistas inmensos, además con una creatividad y con un riesgo enorme. Porque ellos ni siquiera tienen un texto al que aferrarse. Y yo disfruté mucho haciendo ‘Las estaciones de Isadora’, me encantó volver al ambiente de la danza, a cómo trabajan los bailarines.

Usted es una actriz eminentemente de teatro. Incluso se ha definido como “una mujer de teatro”.
No sé… Empiezas tu aventura en esta profesión y nunca sabes por dónde te va a llevar la propia vida. El teatro es el elemento que no me ha fallado hasta ahora. Llevo muchos años trabajando en el teatro y estoy muy contenta. Quizá por costumbre, por tendencia, es donde mejor me encuentro: en el medio teatral. Pero cuando una empieza en esta profesión tampoco decide: “Pues voy a hacer sólo cine”, “pues voy a hacer sólo teatro”. Porque no es real. Luego llegan las circunstancias. Y para mí, en el teatro todo fluye más. Pero es el destino el que te va colocando. Y sí, es verdad que en el teatro me encuentro muy bien desde muy joven. Y es probablemente donde debo estar.

La valentía del artista

¿Aconsejaría usted a los políticos que vayan más al teatro?
Sí, y a los museos. Es un poco de vergüenza que la cultura en general se considere tan prescindible. Y eso es terrible. Porque sin cultura, un pueblo está perdido. Resulta muy grave que no se practique con el ejemplo, es decir, por qué los políticos no están más presentes en los teatros. No puede ser que se viva tan ajeno al hecho cultural de un país. Y eso es muy grave, entre otras cosas, porque la educación cala. Y la cultura no puede nunca ser prescindible. Jamás. Y además nunca lo será. Porque por mucho que intenten tapar, los poetas siempre se buscan las rendijas por las cuales salir. Y yo adoro cada vez más a los artistas. Me emociona su lucha, su valentía, su resistencia, en una sociedad adocenada en la que se valora lo zafio y lo burdo. Y resulta sensacional que haya gente ahí peleando por cosas que hemos olvidado