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 Nº 1270. 23 de noviembre de 2018

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Crónicas Marxianas / Julius G. Castle   

Togas y puñetas

Con el tiempo he llegado a deducir que un juez, o una jueza por supuesto, son seres humanos expuestos al subjetivismo. Si le caes mal al autor de tu sentencia vas de nalgas, por decirlo de manera políticamente correcta

Esto no me lo invento, sin que sirva de precedente. Cuando yo tendría unos nueve años (quizás nueve y medio, la memoria es volátil) me paré frente al puesto de una pipera y le pedí diez céntimos de pipas. Céntimos de peseta, aclaro, equivalentes a 0,00060 euros.

Explicaré para los jóvenes millenials que las piperas eran ancianas trabajadoras autónomas sin derecho a jubilación.  De pañuelo a la cabeza, mandil con anchos bolsillos, silla de enea y carrito con golosinas diversas, entre las cuales destacaban pipas, chufas y caramelos. También regaliz de palo o industrial. Ejercían su profesión hasta en los días más crudos de invierno y acarreaban el mobiliario desde barrios humildes.

Sin inmutarse, la señora tomó el cubilete de dados que le servía para calcular las porciones y lo llenó a medias. Los niños de entonces sospechábamos que rellenaba el fondo con papel apretado para servir menos género y lucrarse con la diferencia. Pero lo que me ha marcado hasta la actualidad es la frase con la cual acompañó la entrega de la mercancía.

– Hijo mío, qué cara de juez tienes!

Por circunstancias que no vienen al caso no he cursado ni cursaré la carrera judicial. Es decir, nunca vestiré la solemne toga y las llamativas puñetas. En alguna fiesta de carnaval he compensado mi frustración luciendo la peluca con bucles de los magistrados británicos.

Así que no puedo saber si mi rostro taciturno aparecería hoy entre los integrantes de cualquiera de las asociaciones profesionales que funcionan, desde la derecha a la izquierda ideológicas. Pero, como me enseñó un día mi abuela materna:

– Nos pongamos como nos pongamos, un juez es un juez. Si algún día te metes en pleitos, pequeño Julius, reza porque quien te toque en suerte no haya pasado una mala noche.

Entonces no lo comprendí, pero con el tiempo he llegado a deducir que un juez, o una jueza por supuesto, son seres humanos expuestos al subjetivismo. Al igual que un docente reconocerá en privado que tiene manía a algunos de sus alumnos sin razones objetivas, si le caes mal al autor de tu sentencia vas de nalgas, por decirlo de manera políticamente correcta.

En cualquier caso, mi propia fisonomía me lleva a simpatizar con los magistrados, magistradas, fiscales y fiscalas que han hecho huelga pidiendo a los políticos que no los mangoneen, que modernicen sus juzgados (aunque ellos mismos tengan que montar los muebles de Ikea) y, sobre todo, que les suban el sueldo.

La última reivindicación sobre las pagas queda algo disimulada entre otras muchas exigencias, que no caben en esta crónica. Yo pediría lo mismo si no fuera un pelagatos sin influencia social. Analiza la situación un amigo, abogado de oficio y portero de discoteca en sus horas libres:

– El Gobierno tendrá que hacer algo, o el lío de los Presupuestos va a ser una broma comparativamente. Mira al exministro Alberto Ruiz-Gallardón, que era fiscal para más inri. Se enfrentó a la Judicatura y ha acabado el pobre montando un bufete con su hijo y con su primo para sobrevivir. Nunca se sabe cómo acaban los familiares trabajando juntos. A veces tirándose los 25 tomos del Aranzadi a la cabeza. Por si fuera poco, imagina cuando se enfrenten a un juez que los haya tomado ojeriza.

Le doy la razón a medias:

– Lo último es temible, pero si el Aranzadi está en un pendrive no habrá que lamentar víctimas.

– Una reforma de tal calado requerirá fondos cuantiosos –añado, cuidando mis palabras para no incurrir en desacato–.

– Barato no va a ser –dice mi informante, ahora mismo en funciones de segurata–. Desde luego no va a salir por diez de pipas.

 

 

Firma:

Escritor y periodista incorrecto. A pesar de lo que indica mi foto, soy muy joven. Nací con la primera crónica marxiana el 9 de septiembre de 2013, como alter ego de otro tipo bastante más serio que yo.  Considero que el humor te ayuda a sobrellevar la vida y, sobre todo, la política y la economía que nos venden quienes deciden por nosotros.

Como JG Castle he publicado un eBook en Amazon con título  expresivo: Elogio de la corrupción (la corrupción es buena, pero está mal repartida). Por un módico precio contiene otro ensayo de regalo: Guía para arruinarse. Creo que no hace falta decir más.

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Pere
Navarro



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Julius
G. Castle