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 Nº 1271. 30 de noviembre de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Juan Mayorga, dramaturgo

“En el teatro la palabra ha de ser de combate”

Su escritura vive en una permanente búsqueda de lo complejo. Él mismo lo admite: “Hay en mi teatro un esfuerzo por presentar lo complejo como complejo”. Juan Mayorga, filósofo, matemático, académico de la Lengua, dramaturgo de éxito, ha estrenado en el teatro Valle Inclán de Madrid ‘El Mago’, una obra con cierta atmósfera de teatro del absurdo, con enredos, y con poesía, es decir, una obra ‘muy Mayorga’. Dice uno de los personajes: “Lo más importante del trabajo del mago es crear una expectativa de salvación”. Y otro: “Eso se llama victimismo, es el signo de los tiempos: todo se resuelve echando la culpa a otro”.


FOTOS: ÁLEX PUYOL

“¿Cuánta gente se acuesta sin saber qué mundo habrá mañana o si mañana habrá mundo?” “No creo que ‘El Mago’ sea una obra melancólica”


En su teatro representado casi tan importantes como las palabras son los silencios, y en su teatro escrito casi tan importante como la palabra es ese huequecito en blanco existente entre palabra y palabra. En definitiva, el mensaje oculto que ha de descifrar el espectador. ¿Está de acuerdo?
Cierto. Para mí el teatro es acción. Y la palabra ha de ser palabra agónica, palabra de combate, palabra en acción que provoque reacción. En esta medida, tan importante como una frase puede ser un gesto, y desde luego tan importante como una frase puede ser un silencio, que puede ser respuesta, o puede ser defensa, o puede ser ataque. El teatro es el arte de la palabra pronunciada, pero también es el arte en el que el silencio se pronuncia. Y en el que el silencio puede ser elocuente. El silencio no sólo puede ser parte del conflicto, sino el corazón del conflicto mismo. En todo caso el silencio abre un espacio para la palabra más importante, que es la palabra del espectador. Tanto aquella palabra que puede estar escribiéndose durante la puesta en escena, como aquella otra, probablemente la más trascendente, que es la que escribe el espectador cuando se queda solo, cuando se queda con su propio silencio.

¿Se ha planteado en alguna ocasión hasta qué punto el público, acostumbrado a ver otro tipo de teatro, puede afrontar la complejidad y la inteligencia del teatro que usted escribe?
Yo no me atrevo a decir que mi teatro sea inteligente porque no me considero una persona inteligente. Pero sí creo que hay en mi teatro un esfuerzo por presentar lo complejo como complejo. Considero que esa es una misión del arte. Desde los tiempos de Altamira. Ya en aquel remoto arte se puede reconocer aquel imperativo que posteriormente formuló un filósofo en esa expresión extraordinaria de que “el arte no imita la realidad, la hace visible”. De lo que se trata es de hacer visible la realidad que no es evidente. Y este es un tema de ‘El Mago’. ¿Qué es lo real? ¿Qué es la realidad? ¿Quién soy realmente? Creo que cada persona debe formularse esa pregunta cada día: ¿quién soy realmente? Y eso que soy en qué medida es una construcción no libre, que no procede de mi autonomía, sino que es el resultado de un aluvión de voces que me invaden y que probablemente sofocan la mía si es que alguna vez la he tenido. Desde que yo tuve la suerte de comenzar en el teatro, de encontrarme el teatro como un arte por medio del cual compartir mi extrañeza del mundo, desde entonces, decía, he tenido muchas dudas sobre mi trabajo y las sigo teniendo, pero hay una seguridad, y esa seguridad mía es la de que debo hacer aquello en lo que creo. Y, si bien los primeros años fueron difíciles, ha habido alguna gente que ha querido acompañarme. Y eso es lo que me justifica para seguir trabajando. Además del placer, de la alegría que me produce estar en este oficio.

Dice Víctor, personaje de ‘El Mago’: “¿Sabes por qué todavía hay magos? Porque la gente es blandita, la gente no tiene agallas para afrontar la vida como es. La verdad es dura, el mundo feo y la vida inútil y la gente está deseando entregarse a cualquiera que le ofrezca soluciones sencillas”.
En esta obra no hay un héroe omniscente, conocedor de todos los sentidos. Creo que cada personaje tiene una dignidad, una belleza y, al mismo tiempo, una flaqueza y una vulnerabilidad. Yo no reconozco ni elijo el teatro como un espacio donde dar lecciones, ni sermones, ni donde ofrecer mensajes. Me parece más importante que en el teatro se crucen y entren en conflicto los distintos discursos. Y creo que debo ser capaz de defender cada uno de esos discursos hasta donde pueda. El discurso de Víctor parece que se puede vincular a la crítica a la demagogia, a la crítica a esos gregarismos y a esas servidumbres voluntarias, a esa tendencia de determinadas personas a dejarse de algún modo hipnotizar para escapar de una vida áspera, dura, sin brillo. Creo que ese discurso, que me parece que tanto el autor de la obra, como el actor, que en este caso es José Luis García Pérez, defienden a muerte, es también discutido a muerte por otros personajes, que pueden ver en un determinado momento ese discurso como una máscara de la resignación, de la aceptación de lo que hay, del conformismo, de otras formas de docilidad. Finalmente se trata de que el espectador construya su propio discurso. Que de algún modo sea crítico con todos estos discursos y acaso, ¿por qué no?, sea capaz un día de arrancar el suyo, de comenzar el suyo.

Dice Nadia en ‘El Mago’: “La gente se acuesta sin saber qué mundo habrá mañana. La gente se acuesta sin saber si mañana habrá mundo”.
Claro, esta es una frase que se me ocurrió y que además propuse que Nadia cantara, y creo que lo que ahí se dice responde a una experiencia mayoritaria. ¿Cuánta gente puede hoy dormir tranquila? Y, desde luego, ¿cuánta gente se acuesta sin saber qué mundo habrá mañana, e incluso si habrá mañana mundo? Es decir, la sensación de estar al final de algo, e incluso la sensación de estar al final de un sueño del que podemos despertar en cualquier momento, considero que es una vivencia extensa. Lo que dice Nadia podemos suscribirlo muchas personas en un tiempo de extrema incertidumbre, en el que muchas cosas que parecían aseguradas, aquello que parecía sólido, parece haberse vuelto líquido. En el mundo político pero también en la vida cotidiana.

En un momento determinado de ‘El Mago’ los espectadores pasan a formar parte de la obra. Y Aranza exclama: “Los espectadores nos miran”.
Claro, cuando la obra llega a estar atravesada de esa extrema ambigüedad, el espectador puede llegar a preguntarse: ¿Dónde estoy yo realmente? ¿Qué es esto en lo que estoy participando? ¿Estoy yo aquí en realidad? Me alegra mucho que haya usted detectado ese perfil inquietante de la obra.

Y en esa atmósfera inquietante existe un atisbo de esperanza que parte de la duda, del escepticismo. ¿Está de acuerdo?
La duda es fundamental, sí. Pero creo que es fundamental la duda compartida. Yo siempre, a este respecto, pongo en mi horizonte a los griegos y a aquel viejo Sócrates que afirmaba más o menos: “No tenemos certidumbres, seguridades, que vengan garantizadas por una trascendencia, pero sí nos tenemos los unos a los otros, por supuesto que podemos engañarnos los unos a los otros, pero si nos engañamos es porque subyace de algún modo una confianza en que exista algo de verdad”. Porque para engañarse hay que compartir de algún modo una verdad. En esta medida no creo que ni mi teatro ni ‘El Mago’, esta obra en particular, sean melancólicas. Considero que por supuesto que hay muchas razones para dudar acerca de en qué medida estamos más o menos hipnotizados. Pero nos tenemos los unos a los otros para, juntos, orientarnos.

¿Qué piensa de las obras teatrales publicadas, del teatro escrito?
Antes que nada: yo me siento extraordinariamente agradecido a la editorial La Uña Rota por la confianza que está teniendo en publicar mis textos y por el cuidado con el que está construyendo cada libro que, para mí, es importante. Las ilustraciones de Daniel Montero Galán en ‘Intensamente azules’, y el hecho de que cada texto vaya acompañado de un ensayo no sobre la obra, sino sobre sugerencias que provoca a ese autor la obra. Y quien firma el prólogo de ‘El Mago’ es Pepe Viyuela, que es filósofo, además de actor y payaso. Cuando hace años me preguntaban cuál era mi obra teatral favorita, yo respondía siempre que ‘Rey Lear’, y no la había visto aún sobre las tablas, la había leído. Creo que el texto teatral, por supuesto, como decía Lorca, el teatro es poesía puesta en pie, pero ya en el acto mismo de escribir y de editar un texto hay una voluntad de teatro. Hay un teatro implícito.