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 Nº 1272. 7 de diciembre de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Juanjo Artero, actor

“La vida es el material del actor”

Llega con el tiempo justo a una cafetería próxima al Teatro Príncipe Gran Vía, de Madrid, donde interpreta la comedia ‘Aguacates’, porque ha habido un retraso en el rodaje de la serie televisiva en la que trabaja actualmente. Y da la impresión de que ya lleva dentro al personaje de Toni, un aventurero que se desvive por las mujeres, al que da vida en ‘Aguacates’, mientras madura dirigir un ‘Tenorio’ después de haber encarnado en varios montajes a Don Juan. Es Juanjo Artero. Chanquete ha muerto. Pero al hablar con Juanjo Artero no hay duda de que Antonio Ferrandis continúa muy vivo en el recuerdo de aquel remoto verano azul.

“He hecho muchas veces a Don Juan y lo rico de ‘El Tenorio’ es que al principio es un insensato, pero luego cambia” “Mi personaje en ‘Aguacates’ es un tío divertido, que anima la fiesta”

Aunque usted era todavía un adolescente cuando rodó la serie ‘Verano azul’, ¿qué aprendió de Antonio Ferrandis?
Todo. Mire, para ser actor se nace, pero uno se hace. Y se vive. Y se aprende viviendo. Porque la vida es el material del actor. Yo alucinaba mucho con Antonio Ferrandis. Era absolutamente natural. Los gestos, todo. Y de lo que es esta profesión, de dura, de arriba, de abajo, de no caerse, de “cuidado, Juanjo”. Todo eso que estaba por venir yo lo aprendí de él y de tantos otros. Pero Antonio Ferrandis fue crucial para mí. Me parecía una figura inalcanzable. Decías, “este hombre ha hecho teatro, se ha llevado todos los premios de teatro, ha interpretado a los clásicos. Y yo me veía muy pequeñito a su lado. Aprendí mucho de Ferrandis. Y recuerdo que la primera vez que me vio en teatro fue cuando interpreté ‘La discreta enamorada’, dirigido por Miguel Narros. Ferrandis no quería que yo fuese actor. Me decía: “Tú, Juanjo, hazte médico, como tu padre”. Porque él había sufrido también en esta profesión. Pero cuando me vio actuar aquella noche, me dijo: “No, no, tú tienes que ser actor, Juanjo, tú has nacido para esto”. Fue extraordinario que me dijera aquello.

Efectivamente usted viene de una familia de médicos. ¿Cómo recibieron sus padres que usted quisiera ser actor?
Mire, mi padre es un actor frustrado. Y mi abuelo hizo de actor mientras estudiaba la carrera. Mi abuelo actuaba en el grupo teatral de la Facultad y llegó a hacer una gira por España interpretando a un clásico griego. Mi padre siempre ha sentido un gran respeto por el teatro. Cuando yo debuté en el Teatro Español de Madrid con la obra ‘El Príncipe constante’, de Calderón de la Barca, dirigido por Alberto González Vergel, mi abuelo ya había muerto, pero él iba mucho a ese teatro a ver funciones desde antes de la guerra, y mi abuela se me acercó, llorando, al final de la obra y me dijo: “Si te hubiera visto tu abuelo, lo que habría disfrutado”. Mi padre lo único que me aconsejó fue: “Si quieres ser actor prepárate, estudia mucho, desde el lado serio, nunca desde la frivolidad”. Alguna gente cree que esta profesión es todo ‘glamour’. Y no. Trabajas muchísimo. Yo salgo de casa por la mañana a grabar la serie de televisión cuando todavía no han abierto sus tiendas los chinos, y salgo del teatro por la noche cuando ya han cerrado las tiendas los chinos. Trabajo más que un chino. Pero es una profesión maravillosa. Es bonita, pero muy dura. Si no estás preparado, si no evolucionas, te va a costar vivir de esto.

Usted ha trabajado en muchas obras de teatro clásico. ¿Qué diferencia existe a la hora de enfocar un personaje entre hacerlo en el teatro clásico o hacerlo en la comedia?
Yo creo que no hay diferencias. Porque los grandes autores, tanto Lope como Shakespeare, te van a ayudar. El ritmo del verso tiene que ver con el sentimiento del personaje, con lo que te está contando. Y eso, cuando finalmente lo coges y lo dominas, dices: “Gracias Lope de Vega, o gracias Calderón, o gracias Tirso de Molina”. Aunque Tirso tiene en sus versos unos paréntesis de pensamiento que resultan muy complicados de expresar. Pero los clásicos son una buena escuela. Siempre que entiendas a los clásicos, los digas bien, y no te estropees. Porque no hay que declamarlos, la voz te tiene que surgir, fluida, has de tener una buena preparación para afrontarlos, pero luego hay que tratarlos igual que a cualquier otro texto. Cuando yo empecé en la Escuela de Teatro lo primero que hice fue Segismundo, y lo primero que dice Segismundo en ese mónologo es: “Ay, mísero de mí”. Y yo me tiré tres semanas para decir adecuadamente “ay, mísero de mí”. Hasta que finalmente entendí que era como decir una palabrota, “¡coño!”, “¡me cago en la mar!”. Y eso lo aprendes con el tiempo. Entendí que era como si te dabas un golpe en la rodilla y exclamabas: “¡Ay, mísero de mi!”. Tú puedes jugar con cada frase. Eso te lo da la vida.

Usted ha encarnado varias veces a Don Juan Tenorio. ¿Cómo definiría a ese personaje?
Yo creo que a los clásicos los puedes llevar donde tú quieras. Los Tenorio que he hecho los he enfocado desde la perspectiva de que al principio Don Juan era como un niño. Que tenía la insensatez de un niño. Del joven y tal. Y así he trabajado a Don Juan cuando me dirigió Natalia Menéndez o cuando me dirigió María Ruiz. Pero Don Juan se enamora en la escena del balcón (comienza a recitar ‘El Tenorio’). Se enamora y es como si enloqueciera y entonces llega Mejías y lo mata. Y mata al comendador. Y viene el padre de Doña Inés y lo mata. “Llamé al cielo y no me oyó”. Y en la segunda parte es el cementerio. Y Don Juan ve la tumba de Doña Inés y paga sus culpas (sigue recitando fragmentos del Tenorio). Lo rico del Tenorio es que al principio es un insensato. Pero luego cambia (más fragmentos) Mire, me apasiona El Tenorio. Y le voy a confesar que hace tiempo que decidí dirigir un Tenorio algún día. Lo antes posible. Y voy a hacerlo con actores de la compañía con la que ahora interpreto ‘Aguacates’. Doña Inés será la actriz Lucía Ramos. Y la idea consistiría en recuperar al Don Juan todos los meses de noviembre, como se hacía antes.
Su voz ha ido adquiriendo matices con el paso del tiempo. ¿Hasta qué punto valora usted la voz en un actor?
La voz es todo, hombre, la voz es el arma principal de un intérprete. Hay gente que me dice: “A mí me gusta ese actor, pero cuando habla, no”. Pues entonces es que no te gusta ese actor. Porque uno, cuando estás inseguro, en lo primero que se te nota es en la voz, o porque no te sabes bien el texto o porque es una frase muy complicada. Todo viene de la voz. Pero yo tuve la mejor profesora de voz que se puede llegar a tener. Es Tina Roth, madre de Ariel Roth y de Cecilia Roth, madre de dos actores y cantantes. Y ella me enseñó a vivir la voz. El aire que respiras. Cuando tú escuchas la frase del otro, tú respiras el aire de la frase que vas a contestar y que has recibido. Tú puedes respirar ese oxígeno para la frase que viene. La voz es imprescindible. Y cuando tú no estás cómodo con el personaje, la voz siempre te patina, te falla. Y no se trata de tener una voz bonita. Fíjese en la voz de James Stewart, que no tenía una voz usual, pero mire qué bien la usaba. Incluso puedes tener una voz mala, pero si la utilizas bien y con sentido, te queda magnífico. No se trata de la perfección de la voz, sino de respirar de un sitio, que hayas pasado el aire por tu cuerpo, y que al expulsarlo tenga una dirección. Tienes que respirar la frase y lanzarla como una flecha. Es como en la vida. Tienes que jugar en el teatro como en la vida, aunque el teatro no es la vida.  

Su personaje en ‘Aguacates’, Toni, es un mujeriego irreductible, que, entre otras cosas, dice: “Aquella mujer era melodía en movimiento”.
Yo no sé hasta qué punto es un mujeriego. Toni, eso sí, es un cachondo, pero se trata de un tipo muy sensible, muy amigo de sus amigos, y por eso sufre mucho. Eso hace más interesante al personaje. Pero luego, de lo que Toni cuenta de sus experiencias con la mujeres hay que creerse la mitad. Es muy fantasma. Y me divierte que sea así. Pero en ese contexto de mujeriego en el que se ubica, el apuro que pasa en un momento determinado con el personaje que interpreta Lucía Ramos es una de las claves para el humor y para lograr transmitir desde el escenario lo que tiene esta función. Toni dice también: “Todas las mujeres tienen un paraíso, son un encanto”. La gracia de esta comedia es que Toni llega a un punto límite por su mala cabeza. Pero se trata de un personaje que dentro de lo que hace y tal, la gente lo quiere. Aunque sea por fantasma. Pero es un tío divertido, que alegra la fiesta. Además, cuenta sus aventuras en la selva durante sus continuos viajes por el mundo. Es importante que la gente lo comprende y no lo juzgan. Pero el público sí se ríe de su desgracia, porque esa desgracia es consecuencia de su mala cabeza.

Su personaje, Toni, tal vez le pudiera conducir a la sobreactuación, pero usted practica un ejercicio de contención durante ‘Aguacates’.
Vale, sí. Pero el texto tiene muchos ingredientes, muchas situaciones, que para mí son riqueza. Son colores que me aporta el autor, y otros que se encuentra el director, José Saiz, y otros que te proponen tus compañeros. Y tú recoges de aquí y de allí. En la comedia hay que respirar lo que te llega. Yo aprendí también mucho de un maestro de baile y eso me sirve gestualmente para cualquier clase de obra. Me fijo constantemente en Fred Astaire. Tú ves interpretar a Fred Astaire y cuando le hablan él recoge en el cuerpo la pregunta, cambia físicamente, ¡pum!, y responde. Y eso es bueno no sólo para la comedia, sino para todos los personajes. Porque hay que liberarse del cuerpo. Si tú estás pensando en el cuerpo durante la representación, malo. Tienes que estar pensando en la situación. Pero, a veces, claro, si estás haciendo comedia y jugando al límite, ¿por qué no vas a poder hacer algo que esté fuera de control? Entonces, si te late una pierna del nerviosismo que siente tu personaje, pues lates más y te vas al suelo, como cuando eras un niño. Hay muchas cosas que, sin querer, me han salido de este personaje, Toni, que, insisto, es un fantasma.

Gran trabajo actoral

Los intérpretes Juanjo Artero, Jesús Cabrero, Lucía Ramos, y Ricardo Saiz soportan a pulso, con un trabajo actoral de primer orden, la comedia ‘Aguacates’, un texto políticamente incorrecto, con algunas ráfagas de ingenio, pero con cierta rigidez, escrito por Tirso Calero, que lleva las situaciones hasta el límite. ‘Aguacates’ es, sobre todo, una obra para disfrutar de los actores. Juanjo Artero era aquel adolescente rubio de la serie televisiva ‘Verano azul’, que llegó casualmente a la interpretación a principios de los 80 para quedarse definitivamente en la profesión. Ha hecho mucho teatro clásico, domina el verso y en ‘Aguacates’ demuestra una descomunal preparación para la comedia. Llena de vida, de autenticidad, lo que en ocasiones en el texto son situaciones con cierto perfil de estereotipo. Y defiende con contención un personaje desmesurado, que podría conducir a un actor menos hábil a la sobreactuación. Toni –su personaje– es un mujeriego irreductible, aventurero, viajero y, ahora, un hombre en busca incansable de dinero, arruinado. Hay en ‘Aguacates’ un toque de alta comedia. Tiene estilo, cierta gracia y, ya está dicho, una interpretación superlativa. Pero en el subsuelo de la obra hay algo que chirría levemente, un desajuste que procede del texto. Se trata de una obra risueña, aunque el contenido de fondo no es sencillo: corrupción política, homosexualidad, infidelidad. Pero hay un canto a la amistad. Y una permanente llamada al entretenimiento.