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 Nº 1272. 7 de diciembre de 2018

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

Lope de Vega en su última trinchera

Rufián hace la sátira en el Congreso, donde está a salvo de tribunales. / EUROPA PRESS

Se acabó lo que se daba. Sobre una Transición que ya boqueaba ha caído el telón de forma infame: la entrada de la ultraderecha, con su retahíla de regresos al pasado, ha dado garrote vil a este periodo inaugurado por la muerte del dictador. El deterioro en estos casi cincuenta años ha sido manifiesto sin que en ningún instante la democracia haya conseguido tomar cuerpo, convertirse en un conjunto de ideas y hechos que tirase del carro. Éstos, los otros y los de más allá han jugado con fuego, y ahora Susana Díaz, que los ha traído de su mano o de su inepcia, por las esquinas va llorando como hombre lo que no ha sabido defender como mujer. Folclórico estuvo Gabriel Rufián cuando en la última investidura de Rajoy se arrogó la tontería de entreverar a esta Susana con el cardenal Richelieu. Como con Rufián se han agotado los calificativos en artículos y comentarios, sólo añadiré que habría podido ser un redactor para títulos de revista satírica; pero como entre sindicatos policiales (Dani Mateo), abogados cristianos (algún que otro cómico) y tutti quanti, es imposible hacer sátira hoy –estilo El Pobrecito hablador de Larra, o más recientes Hermano Lobo o El Cocodrilo–, Rufián la hace en el Congreso, donde está a salvo de tribunales.

Pero no a salvo de dejar al desnudo sus ciertas ignorancias: porque resulta dislate venir a comparar a Susana Díaz, una señora de derechas de toda la vida –se ponga en la solapa la pegatina que se ponga, PSOE, trotskista o la que quiera– con el cardenal francés que, todo lo absolutista que se quiera, dejaba encaminado a su muerte en 1642 un país culto, próspero y potente que daría matarile al poderío español en Europa; cierto, brutal esplendor hecho de injusticias y atrocidades sociales por parte de una aristocracia que lo pagaría, sólo en parte, en 1789. Díaz deja una comunidad andaluza con pocos avances, sin ningún aumento cultural, con una televisión más folclórica y antediluviana que otra cosa, y muchas ganas por parte de los votantes de que se vaya a casa.


La Reconquista analfabeta
Cuánto les gusta a los politicastros presumir de leídos; al campeón de lanzamiento de huesos de aceitunas, Teodoro García, hoy secretario general del PP, le dio por afianzar su patriótico hígado con versos de un poeta franquista de ínfima ralea versicularia y utilizar en sus tuits otros atribuyéndoselos a un tal Diego Hernando de Acuña, poeta inexistente, salvo que quieran referirse a Hernando de Acuña, buen poeta petrarquista del siglo XVI, cuya obra ha tenido en menos de medio siglo cuatro ediciones, la última a cargo de Luis F. Díaz Larios: Varias poesías (1982, Ediciones Cátedra); rápidamente recogió el testigo el número dos de Vox, Javier Ortega, y por ahí andan, como brindis en las reuniones del facherío más cavernícola; podrían leer un poco, y entender lo leído, pues ese Diego Hernando de Acuña no es sino Diego Acuña de Carvajal, capitán de tercios, pero personaje de una obra de teatro, En Flandes se ha puesto el sol (1909), de un autor catalán y franquista como Eduardo Marquina, que habla de traidores, tierra santa, y ese “Por España”, y que con su duplicación, “Por España, siempre por España”, repetía Juan de Borbón al traspasar los derechos de realeza a su hijo, el hoy demérito Juan Carlos de Borbón. También veo que hacen firmar esos versos, bajo la bandera de la gallina, a Lope de Vega, al que se tiene por nacionalista impertérrito.

 

Exposición, película, libros para Lope

La Biblioteca  Nacional homenajea a Lope de Vega en esta exposición, pobre por otra parte, como lo son entre nosotros las dedicadas a escritores.

No sé qué conjunción de estrellas ha hecho que coincidan con Lope de Vega exposición, película, montaje de El castigo sin venganza y libros. La Biblioteca Nacional acaba de inaugurar, junto con un congreso de lopistas, la muestra Lope y el Teatro del Siglo de Oro (hasta el 17 de marzo próximo) comisariada por Ramón Valdés y German Vega García-Luengos, con la colaboración del CNTC, de la asociación Prolope de la Autónoma de Barcelona, etc. Dividida en cuatro partes, la muestra resulta deficiente, pobre, como lo son entre nosotros las dedicadas a escritores. No parecen haber visto algunas recientes de Francia, como las dedicadas a Marcel Proust en su centenario, o al marqués de Sade comisariada por Annie Le Brun, ambas magníficas, con unos catálogos superlativos; ¿problema de recursos en un país que se proclama octava potencia económica del mundo, de imaginación creativa? Muchos autógrafos y primeras ediciones, aunque retratos escasos y de segunda mano y segundo pincel, como el del propio Lope, de Calderón o de Tirso de Molina: ¿y por qué falta el de su archienemigo Góngora?; salvo que se me haya pasado; como no se edita catálogo no puedo confirmarlo. Lo más raro está en la parte que quiere demostrar la influencia lopesca en su entorno dramático y en el mundo, con una foto de lord Byron para acompañar el mito de Don Juan, supuestamente inventado por Tirso; para qué ir tan lejos y no echar mano de Molière, que acaba el personaje matando las veleidades religiosas con que el mercedario lo había engalanado. ¿No hay materiales sobre el autor de ese Don Juan?

Por su parte, TVE concluía en junio el rodaje de Lope enamorado; ingenio para el título no parecen haber tenido, pero si su antiguo programa de teatro Estudio 1, ya traducía el título de uno equivalente de la televisión norteamericana, y si el partido político Podemos se limitó a traducir del We can del presidente Obama para su nombre, ¿por qué TVE no va a remedar el de Shakespeare in love, que se tradujo por Shakespeare enamorado? De lo inventivo (en el Siglo de Oro desde luego) a lo inventado por otros y plagiado.

 

La vida está en los libros
Más interés tienen libros que acaban de aparecer, como Lope. El verso y la vida (Ediciones Cátedra), biografía de Antonio Sánchez Jiménez que extrae de la obra de Lope, en especial de la poesía, las principales constantes vitales del poeta; método biográfico peligroso si no se maneja con cuidado, y Sánchez Jiménez lo hace, porque además ese latido de la vida en la obra caracteriza en buena parte a Lope –quizá su mayor logro– y ha terminado siendo la parte más apreciada por poetas del siglo XX como Luis Cernuda o Gil de Biedma.

Antonio Sánchez Jiménez firma esta biografía de Lope.

Entreverando datos (tenemos pocos certificados) y versos, el biógrafo acerca al lector a la persona, incidiendo sobre todo en la melancolía de la senectud, cuando Lope, ya sacerdote y amancebado con Marta de Nevares, ve rechazadas todas sus pretensiones de ascenso social y de incrustarse en la corte. Su vida había sido una sucesión de escándalos y episodios más o menos libertinos, trifulcas con sus compañeros de generación (Cervantes, Góngora), todo acompañado por éxitos populares que impusieron una nueva concepción del teatro. Pero cuando parece haber alcanzado la madurez, las desgracias le llegan una tras otra, muertes de hijos y, sobre todo ceguera de Marta de Nevares –los ojos verdes más bellos de la literatura española–, su último y más desenfrenado amor, tanto que se interponía entre sus sentimientos religiosos y su condición sacerdotal: “Yo estoy perdido, si en mi vida lo estuve, por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar esto, ni vivir sin gozarlo”. Para Lope, esa ceguera es un castigo divino a su amancebamiento.

La Editorial Milenio de Lérida inició hace varias décadas una buena edición crítica de las Comedias de Lope bajo la dirección de Alberto Blecua y Guillermo Seres, en la que intervenían los mejores lopistas españoles y extranjeros; los condicionamientos económicos –el dinero es nuestro dios– han trasladado desde el 2011 su continuación, a partir del tomo 26, a la editorial Gredos, que ya no sigue del todo el proyecto editorial. Señalemos por último la edición de las Cartas (1604-1633) (Ediciones Cátedra) de Lope, a cargo de Antonio Carreño, estudioso de nuestro autor (entre otros clásicos) de larga data, que ofrece datos suculentos y divertidos sobre su cotidianidad; la parte del león de esa correspondencia se la lleva la que mantuvo con el duque de Sessa, de quien ofició (más o menos) como secretario, y que, aunque era su mecenas, prometía más que daba: al año siguiente de la muerte de Lope, el duque dejó de pagar el nicho de la madrileña iglesia de San Sebastián que contenía sus restos; Lope fue a parar al osario común, y hoy andan revueltos con otros huesos en esa iglesia. El epistolario es suculento: Lope se pone al de los amoríos del duque, y, a través de sus cartas se construye una vida que tiene más de diversión y entretenimiento –también refleja costumbres de época– por su mezcla de burlas y veras (llega a afirmar mentiras como que La dama boba no es suya), que de confesión veraz. Pero el espectacular lenguaje castellano en que están escritas esas cartas revelan mucho del carácter, alegrías y, sobre todo en el periodo de senectud, la melancolía final, subrayada por la biografía de Sánchez Jiménez.

 

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena. 

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