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 Nº 1272. 7 de diciembre de 2018

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Sin Maldad /
José García Abad

No simplifiquemos calificando a Vox
de fascista


Leyendo las propuestas de Vox, el partido de Abascal, pergeñadas, insisto con suma cautela, observo que no están muy lejos de lo que propone Pablo Casado ni de lo que inspira José María Aznar, ni con lo que comulgan muchos militantes y cargos del Partido Popular, e, incluso, de lo que en estos momentos piensan, quizás sin atreverse a verbalizarlo, gente que comulga con la izquierda, como está ocurriendo con los que votan a Marine Le Pen. Y creo que los candidatos y los que ocupan escaños en el Parlamento andaluz, quizás con la excepción de su cabeza de lista, el discutido juez en excedencia Francisco Serrano, no son diferentes a muchos de los que presenta el PP

Tras la entrada de doce candidatos de Vox en el Parlamento andaluz, puede asegurarse que España ya no es diferente a lo que ocurre en otros países de Europa y de fuera del continente. En estos tiempos de movimiento acelerado son muy escasos los oasis diferenciados. Sólo hay que recordar para convencernos de ello cuando admirábamos a Cataluña como zona de sosiego político frente a la crispación del resto de España.

La presencia de Vox, doce diputados regionales, son los mismos que consiguió Podemos en las primeras elecciones generales a las que se presentó. La potencia que anuncia Vox contrariando a los encuestadores es un fenómeno similar al itinerario de Podemos y,  aunque retrasado en el tiempo, a lo que ha ocurrido en países de larga tradición democrática y, en otros pueblos que tuvieron que convivir con el absolutismo, como Austria, Hungría o Polonia.

Cuajó el populismo de derechas en Francia, con los Le Pen, padre e hija, un país cuya gran revolución de 1789 proclamó los derechos del hombre y del ciudadano y acuñó la admirable trilogía: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Analicémoslo con fino pincel

No deberíamos  tachar a Vox, con brocha gorda, de fascista. Es un fenómeno que merece un análisis de fino pincel. Leyendo sus propuestas políticas, expresadas por cierto con la máxima cautela para que no se les sitúe en la extrema derecha, he llegado a la conclusión, provisional hasta que no vayamos viendo no sólo palabras sino hechos, comportamientos, con quien se juntan y a quienes aborrecen, que este partido se parece poco con los fascismos que hemos conocido, los de camisa azul o parda y el saludo brazo en alto, los de Mussolini, Hitler o Franco.

Exhiben diferencias con los regímenes totalitarios, de partido único, sin elecciones libres, ni Parlamentos dignos de su nombre, sin garantías ciudadanas frente a la tortura policial, ni derecho de huelga ni prensa libre.

Puestos a hilar fino debo admitir que estas características que me parecen repudiables en ambos totalitarismos, fueron compartidas con los regímenes comunistas, lo que no quiere decir que no encuentre diferencias entre unos y otros, ni en sus objetivos ni en su origen.

El objetivo comunista fue crear una sociedad sin clases sociales que acabara con la explotación del proletariado. Y el origen de los fascismos fue una reacción fuerte, a la desesperada, de la burguesía para mantener sus privilegios. Gracias al triunfo de las socialdemocracias al finalizar la II Guerra Mundial las circunstancias han cambiado y es impensable la dictadura del proletariado.

Las propuestas de Vox no difieren demasiado de las posiciones de Casado

Leyendo las propuestas de Vox, pergeñadas, insisto con suma cautela, observo que no están muy lejos de lo que propone Pablo Casado ni de lo que inspira José María Aznar, ni con lo que comulgan muchos militantes y cargos del Partido Popular, e, incluso, de lo que en estos momentos piensan, quizás sin atreverse a verbalizarlo, gente que comulga con la izquierda, como está ocurriendo con los que votan a Marine Le Pen. Y creo que los candidatos y los que ocupan escaños en el Parlamento andaluz, quizás con la excepción de su cabeza de lista, el discutido juez en excedencia Francisco Serrano, no son diferentes a muchos de los que presenta el PP.

Se los sospecha, eso sí, como machistas encubiertos. Están contra la violencia de género que ellos denominan “intrafamiliar”, poniendo en el mismo plano la violencia del hombre hacia la mujer y viceversa.

Discrepan del Estado de las Autonomías y optan por un Estado Unitario de Derecho, como mucha gente de la derecha y de la izquierda, esta última de larga tradición jacobina.

Tampoco podemos calificarlo en justicia como totalmente xenófobo ya que no se oponen a la inmigración como los húngaros de Viktor Orban, que promete que  “Hungría seguirá siendo un país de húngaros y no será jamás un país de migrantes”. Se oponen a la ilegal y proponen una inmigración selectiva establecida por cuotas. Esa selección que, aunque no lo confiesan, excluye a los musulmanes, les retrata como católicos excluyentes más que como racistas.

¿Cómo calificar pues a la gente de Santiago Abascal? En mi opinión no hay que tacharlos de fascistas, como ha hecho Pablo Iglesias, sino simplemente ultras, ultraderechistas ,  gente de la derecha extrema, o en la calificación más benévola populistas de derechas como sus correligionarios de Francia, Italia, Austria, República Checa, Eslovaquia,  Hungría y Polonia.

 

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Lleva ejerciendo la profesión de periodista desde hace más de medio siglo. Ha trabajado en prensa, radio y televisión y ha sido presidente de la Asociación de Periodistas Económicos por tres periodos. Es fundador y presidente del Grupo Nuevo Lunes, que edita los semanarios El Nuevo Lunes, de economía y negocios y El Siglo, de información general.