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 Nº 1272. 7 de diciembre de 2018

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Política / Manuel Capilla

Pablo Casado y Santiago Abascal comparten raíces políticas y admiración por el expresidente

Las dos astillas del aznarismo

En la recta final de la campaña electoral andaluza ha sido difícil distinguir los discursos de un Pablo Casado y un Santiago Abascal que comparten los mismos antecedentes políticos sobre los que aspiran a construir una entente que abra un nuevo capítulo en el escenario español. Los dos beben de las posiciones más duras defendidas por José María Aznar y los dos tuvieron como madrina a una Esperanza Aguirre que les concedió diversas responsabilidades institucionales. Unos referentes comunes desde los que Casado no está dispuesto a imitar a sus homólogos europeos que, como Angela Merkel, tratan de aislar a la ultraderecha.

Santiago Abascal y Pablo Casado tuvieron como madrina política  a Esperanza Aguirre.

Catorce años después de su derrota en las urnas, José María Aznar vuelve a reinar en la derecha española gracias a dos de sus hijos políticos, Pablo Casado y Santiago Abascal. El primero madura políticamente en el PP más ultraliberal, el que Aznar acercó a los EEUU y a los neocon que crecieron de la mano de George W. Bush, los que abonaron el terreno para la llegada de Donald Trump. El segundo se forja en el PP vasco más nacionalista y reaccionario, el que se siente traicionado por Mariano Rajoy.

Es “un chico lleno de cualidades”, dijo de Abascal Aznar hace pocas semanas. Aunque la admiración del expresidente por el líder de Vox viene de lejos, de los tiempos en los que Abascal estaba al frente de las Nuevas Generaciones del País Vasco y, amenazado por ETA, vivía con escolta y subrayaba públicamente el hecho de que se jugara la vida “todos los días”. “Fue el mejor Gobierno de España durante la democracia”, ha afirmado Abascal sobre la etapa de Aznar en la Moncloa. “A Santi lo conocí escoltado. Formaba parte del maravilloso PP de aquellos años”, explicaba esta misma semana Casado en Esradio.

La aznaridad –según el término de Manuel Vázquez Montalbán- fueron buenos años políticamente para Abascal. Este bilbaíno de 42 años -nieto del alcalde franquista de la localidad alavesa de Amurrio, Manuel Abascal, e hijo de uno de los líderes históricos del PP en esa provincia, Santiago Abascal Escuza, que llegó a tener escaño en el Congreso- era la esperanza del PP comandado por Carlos Iturgaiz y María San Gil. Concejal en la localidad alavesa de Llodio con sólo 23 años, con 28 ya tenía escaño en el parlamento de Vitoria. Pero es entonces, justo antes del famoso Congreso de Valencia de 2008, cuando Rajoy se dispone a cortar amarras definitivamente con Aznar, cuando San Gil dimite por sus diferencias con Rajoy y la sucede al frente de los populares vascos un Antonio Basagoiti que le coloca, en las elecciones de 2009, en un puesto muy bajo, el siete, que le termina dejando sin escaño.

Pero ahí apareció Esperanza Aguirre, cual hada madrina, para rescatarle del ostracismo, en la época en la que la presidenta madrileña intentaba aglutinar a los descontentos del marianismo. La presidenta le ofreció un cargo a San Gil, sin especificar cuál, y ésta lo rechazó. Pero quien no lo rechazó fue Abascal, que en 2010 se muda a Madrid para hacerse cargo de la dirección de la Agencia de Protección de Datos de la Comunidad. Y en abril de 2013 se pone al frente de la Fundación para el Mecenazgo y Patrocinio Social. Una fundación sin actividad conocida que, según publicó 'El País', en 2013 recibió de la Comunidad una subvención de 183.000 euros, de los cuales 82.000 se destinaron al sueldo del propio Abascal, según reconoció él mismo en la Comisión de Asuntos Sociales de la Asamblea de Madrid. Curiosos antecedentes para alguien que quiere abolir las autonomías y que ha basado su campaña contra los “señoritos de San Telmo”. Al año siguiente, deja de vivir de “las mamandurrias”, como diría su mentora Aguirre, y funda Vox.

Por aquel entonces, Pablo Casado ya se había consolidado en Madrid como lo que Abascal fue en el País Vasco: la gran esperanza del partido pilotado por Aguirre. En 2008, la prensa conservadora ya había recibido a Casado con titulares como “Huracán liberal en el PP”, cuando pronunció el llamativo discurso, que todavía se recuerda en el PP, en el que llamó asesino al Che Guevara, durante el congreso del partido en Madrid. En ese momento, con 27 años, Casado ya llevaba tres al frente de las Nuevas Generaciones madrileñas. Se afilió a las Juventudes del PP a los 19 años, en buena medida porque el asesinato de Miguel Ángel Blanco le había dejado marcado y le convenció “la forma de hacer política de José María Aznar, el mejor presidente de la democracia”. 

A falta de antecedentes políticos en su familia –que posee una clínica oftalmológica en su ciudad natal, Palencia–, su padrino en el PP fue Alfredo Prada, por entonces consejero de Justicia e Interior de Aguirre, con quien entró a trabajar en el departamento "de gabinetero" haciendo informes jurídicos a los 20 años, según explicaba él mismo a EL SIGLO en su número 813 (‘Un ultraliberal sin complejos’): "Entonces conocí a Esperanza Aguirre, con quien empecé de secretario de la Comisión de Seguridad Ciudadana y Protección Civil del partido".

A partir de ahí, su carrera se dispara. En 2005 es elegido por primera vez presidente de las Nuevas Generaciones en Madrid y desde ese mismo año ingresa en la Junta Directiva Nacional del PP y en el Comité Ejecutivo del PP de Madrid. En las autonómicas de 2007, el comité electoral le incluyó en las listas de forma inesperada para muchos y consiguió escaño. Y no fue un diputado cualquiera, ejerció de portavoz en la Comisión de Justicia.

Ambos maduraron políticamente en el PP crítico con Mariano Rajoy que lideró José María Aznar.

Cuando Abascal desembarca en Madrid, en 2010, Casado ya ejercía como jefe de gabinete de Aznar desde hacía un año, trabajando codo con codo con insignes neoliberales españoles como el sociólogo Rafael Bardají. Es en esos años cuando se consolida la relación que había surgido años antes, como ha confesado el propio Casado, con Abascal todavía en Euskadi y se cultiva con los viajes de Abascal a Madrid, que estaba al frente de la Asociación para la Defensa de la Nación Española, DENAES, desde algunos años antes.

DENAES saltó a la palestra tras las declaraciones del actor Pepe Rubianes en TV3 durante una conversación en torno a la unidad de España, en las que afirmaba que ésta “me suda la polla” e invitaba a los que la defendían a “que se metan a España ya por el puto culo a ver si les explota dentro y les quedan los huevos colgando del campanario”. A pesar de las disculpas públicas de Rubianes, explicando que se refería a “la España negra, la de la Guerra Civil”, DENAES lideró el boicoteo a su espectáculo teatral, Lorca eran todos, y presentó una querella por la que Rubianes fue condenado al pago de 21.600 euros por un delito de ultrajes.

DENAES formaba parte de esa pléyade de organizaciones, como Hazte Oír, que agitaron la calle durante la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero. Cuenta en su patronato de honor con personajes destacados por su oposición a los nacionalismos vasco y catalán, como el filósofo y miembro fundador del Foro de Ermua, Jon Juaristi, el sociólogo Amando de Miguel, el filósofo Gabriel Albiac o la periodista Cristina López Schlichting. También formaban parte los ya fallecidos Gabriel Cisneros, ponente de la Constitución, el filósofo Gustavo Bueno, o el general y ex jefe de la Casa Real Sabino Fernández Campo.

A partir de 2011, a pesar de la buena relación que les unía y les sigue uniendo, Casado y Abascal se empezaron a encontrar en bandos opuestos. El primero había entrado en el Congreso en las elecciones de noviembre de ese año, cuando consiguió escaño por Ávila, y el segundo formaba parte del PP que disimulaba cada vez menos sus diferencias con las políticas de Rajoy. Unas diferencias que terminaron culminando con su salida del PP a finales de 2013, después de tres años a sueldo de la Comunidad de Madrid. “Ha sido una decisión muy difícil porque ha supuesto dejar el partido de mi vida y el partido en el que aún milita mi padre”, explicaba Abascal a EL SIGLO en su número 1.044. Una decisión que “he madurado no durante meses, sino durante años. Comienza a gestarse allá por el Congreso de Valencia y se precipita de manera definitiva con la excarcelación masiva de etarras y de otros criminales”. Una supuesta “excarcelación masiva” que no existió, pero que hace referencia a la anulación, por parte del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, de la conocida como ‘doctrina Parot’. Esa decisión de la justicia europea obligaba a aplicar los beneficios penitenciarios a los etarras sobre el periodo máximo de permanencia en prisión, 30 años, y no sobre la condena total, como había dictaminado el Supremo en una resolución de 2006, en respuesta a un recurso presentado por la defensa de Henri Parot. 

Pocos antes de presentarse en sociedad como líder del nuevo partido que era Vox, Abascal se mostraba convencido en EL SIGLO de que “las bases están atónitas ante unas políticas que no responden a las expectativas depositadas en el Gobierno. Las medidas que pudieran corresponder al programa electoral del PP han brillado por su ausencia. Más bien al contrario, se han aplicado políticas cercanas a las de los socialistas. Por ejemplo, en Hacienda”. Pero ahora, finiquitado el marianismo –del que Casado llegó a ser vicesecretario de Comunicación desde 2015-, ya no hay ningún problema que para que Abascal y Casado hagan prosperar un vínculo político que existe desde hace 20 años.