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 Nº 1274. 21  de diciembre de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Natalia Jara, directora de teatro infantil

“Si los niños crecen sin prejuicios el mundo será mejor”

‘Los músicos de Bremen’, obra infantil que se representa en el Teatro Sanpol, de Madrid, desprende un inmenso amor hacia el teatro. En el libreto elaborado por Nicolás Fischtel a partir del cuento de los hermanos Grimm, en la música compuesta por Nacho Mañó (ex ‘Presuntos Implicados’), o en la dirección escénica de Natalia Jara. En los actores. En todos. Natalia Jara (Madrid, 1968) es actriz –tuvo hace años un enorme éxito con ‘La venganza de la Petra’ en el Calderón–, profesora de la Resad y una consumada experta en teatro familiar. “Si dejamos que los niños crezcan sin prejuicios, el mundo va a ser mejor”, afirma.

“En ‘Los músicos de Bremen’ transmitimos la idea de que en nuestra diversidad está realmente la razón de ser, que el hecho de ser diferente no es malo, que es buenísimo”


“Me encantaría pensar que el teatro infantil vive un momento de auge porque los padres se han mentalizado de la importancia que tiene el teatro”

En la adaptación que ustedes han hecho de ‘Los músicos de Bremen’ subrayan cuestiones como la diversidad, la amistad, la honestidad, y hay frases como: “No importa lo que eres, importa cómo eres”.
Es que eso es la realidad. Y como hacemos teatro para niños y para jóvenes, yo creo que es un mensaje muy importante. Porque yo estoy convencida de que si tú coges a dos niños, uno blanco y otro negro, y luego un niño con síndrome de Down y otro niño sin ningún problema, a quien tú quieras, y pones a esos dos niños juntos en una habitación, van a ser amigos. Si están libres de prejuicios y de las tonterías de los adultos, dos niños siempre van a ser amigos, y no se van a mirar de ninguna manera como diferentes. Da igual el color de la piel. Lo que sea. Da lo mismo. Nosotros, los adultos, los envenenamos. Y nosotros, desde el teatro, intentamos hacer en la medida de nuestras posibilidades que esos prejuicios no les lleguen, que les llegue todo lo contrario. Por ejemplo, la idea de que en nuestra diversidad está realmente la razón de ser. Que el hecho de ser diferente no es malo. Que es buenísimo. Yo a veces pienso que somos el Universo. Si tú miras las estrellas desde la Tierra, somos millones y millones de lucecitas, pero cuando te vas acercando, esas lucecitas se convierten en diferentes planetas, en meteoritos, en lo que sea. Pues somos así. Si dejamos que los niños crezcan sin prejuicios, el mundo va a ser mejor. Y desde el Teatro Sanpol siempre intentamos que eso sea así. Que los niños tengan seguridad en sí mismos, en lo que piensan. Porque los niños son muy inteligentes, y cada uno pensará y tendrá sus ideas de la vida, pero que sepan que su diversidad, sus complejidades, son importantes, y que están muy bien. Que es estupendo ser así: abiertos a la vida. Que no hay que burlarse nunca del diferente. Que hay que sentirse orgullosos de que cada uno de nosotros somos diferentes.

Y en esta obra están también los personajes de los hermanos Grimm, aquellos que empezaban sus cuentos con la frase “érase una vez”. Aparecen, decíamos, el burro que ya no trabaja como antes y que su dueño lo va a llevar al matadero, el perro que se tiene que ir de la finca donde ha vivido siempre porque no lo aceptan los otros, o la gata que sueña con convertirse en una cantante de éxito pero los vecinos le tiran zapatillas por la noche para que no cante.
Es un reflejo de la sociedad. Porque estamos igual. O peor. En cuanto tienes 45 años y te quedas en el paro es un horror, porque no encuentras trabajo, ya no pareces interesante para la sociedad, cuando en realidad lo que tienes es muchos años de experiencia y de bagaje detrás, pero eso ya no cuenta. Pero también si eres muy joven hay muchas veces que tampoco cuenta: porque consideran que no tienes experiencia y tus opiniones no resultan interesantes. Parece que seas lo que seas y hagas lo que hagas, no encajas a veces. Y yo creo que es todo lo contrario. Hay que apoyarse. Los unos a los otros. A mí me encanta estar con gente que es mucho mayor que yo, porque tienen tantas cosas que enseñarme, que contarme, que hacerme vivir… pero también me gusta estar con gente joven, porque descubro cosas divertidas y nuevas. Y recuerdo a veces esa inocencia maravillosa que perdemos con los años, porque la gente a veces parece que es como si no tuviéramos interés en conservar la mejor parte de nosotros mismos.

En la obra hay mucha música, que además ha compuesto Nacho Mañó, exintegrante del grupo ‘Presuntos Implicados’.
Efectivamente Nacho Mañó ha hecho una música maravillosa. Y cada personaje canta un tipo de música distinto. El perro canta rap, la gata es mucho más de jazz, y el gallo canta rock and roll. Cada personaje tiene su estilo, su diversidad, como en la vida. La música engancha muchísimo en esta obra. Y es que los actores no sólo cantan, bailan y actúan, sino que también tocan instrumentos, y lo hacen en directo. Los niños lo disfrutan como si asistieran a su primer concierto de rock.

¿Cuáles son las claves para que tenga éxito una obra de teatro infantil?
Que sea divertida. Y que tenga un ritmo especial. Porque los niños de hoy en día van a otro ritmo. Su mente está más acelerada. Visualmente tienen más cosas que les pasa a su alrededor. El ordenador. Y desde muy corta edad manejan los teléfonos móviles. Los niños de ahora llevan un ritmo y una velocidad mental impresionantes. Entonces, las funciones teatrales tienen que tener ese ritmo casi frenético pero con el tempo del teatro. Que es diferente. Y hay que transmitir algo importante y de interés a los niños. Hay que contarles una historia, pero de verdad y desde la verdad. Yo considero que lo mejor que hace el Teatro Sanpol es que nosotros no somos actores de teatro infantil. Bueno, yo creo que toda la gente es así, en general, pero la gente que trabajamos en Sanpol somos actores, no somos actores de musical o actores de… somos actores de lo que estamos haciendo en ese momento. Yo he hecho desde obras de teatro clásico a teatro para niños, y las afronto con la misma seriedad, rigor y pasión, y disfruto con unas u otras exactamente igual. Eso sí, sabiendo que los niños son más complicados y que si los aburro no me lo van a perdonar. O sea, me lo van a hacer saber en el momento: que no les gusta. Lo que no hacen, por respeto, los mayores. Antiguamente en el teatro existía el pateo. Ya no. Excepto con los niños, que empiezan a hablar y se despistan. Aunque en casi todas las obras ellos hablan y se emocionan en un momento dado. Pero desde la fascinación y el respeto. Porque desde el escenario se les está transmitiendo mucho respeto. Y ellos lo captan.

Es decir, que la irrupción de los videojuegos, del móvil, ha modificado la percepción de los niños respecto al teatro infantil.
Quizás necesitan que el teatro sea ahora visualmente más llamativo. Que tengan más ritmo las cosas, y hay que meter más música a veces. Porque los niños de ahora, como decía antes, van a otro ritmo. El ritmo ha cambiado en todo. Si tú ves los dibujos animados de antes, si ves a ‘Heidi’, esos dibujos animados tienen un ‘tempo’ mucho más lento. Los dibujos animados de hoy en día son mucho más rápidos. Pero los niños son como eran antes. Y nosotros los tenemos que tratar como lo que son: personitas muy inteligentes y que están ávidas de aprender cosas y de que los hagas sentir.

Una escena de 'Los músicos de Bremen' que se representa en el Teatro Sanpol de Madrid.

¿Qué importancia ha tenido el Teatro Sanpol en la evolución del teatro infantil?
Yo creo que, por lo menos en Madrid, se trata de un referente de primer orden. Este teatro lleva muchísimos años creando espectadores. Probablemente muchísimos de los espectadores de Madrid que van al teatro han sido algún día, de niños, espectadores del Teatro Sanpol. Incluso yo tengo algunos amigos actores que soñaron de pequeñitos viniendo con el cole que algún día estarían sobre este escenario. Y así ha sido en algún caso: han podido trabajar aquí. Pero Sanpol ha sido, es, y deberá seguir siendo, fundamental. Porque no podemos perder la afición por el teatro. Y toda forma de arte y de cultura necesita también de un aprendizaje previo. Porque si tú vas por primera vez a la ópera con 50 años, pues te puede encantar, pero también te puede horrorizar porque no entiendas nada. O el flamenco: tu oído puede no estar preparado para entender lo que están diciendo. Si no existe esa preparación previa, puede que no acabes de entender las cosas. Pues en el teatro ocurre exactamente igual. Si sólo estás acostumbrado a ver cine, el teatro te puede descuadrar. Y hay que aprender desde pequeño. Hay que aprender a leer, que es una de las cosas más fascinantes que hay en la vida, hay que aprender a ir a museos y a mirar los cuadros, y hay que aprender a ir al teatro y disfrutar con ello. Porque el teatro es un mundo maravilloso que hace que la gente sea mejor.

Ustedes llevan sus obras por toda España. ¿Hay diferencia entre el público de Madrid o de las grandes ciudades respecto al público de localidades más pequeñas?
Yo no lo noto. Pero la diferencia que sí he percibido radica en el agradecimiento. Sobre todo en los padres. Porque seguramente en ciudades más pequeñas tienen menos oportunidades de ver teatro. En Madrid hay muchísimos teatros. Y en varios de ellos con programación infantil. Está el Teatro Sanpol que lleva 35 años haciendo teatro para niños. Pero ahora hay en Madrid numerosas salas que también hacen funciones para niños. Y eso no ocurre en otras ciudades. Y agradecen muchísimo que vayamos allí. Los niños porque se lo pasan bien en el teatro. Pero también los padres. Vienen al camerino a darnos las gracias y a decirnos lo mucho que les ha gustado la obra. Es la única diferencia que noto. Porque respecto a cómo reaccionan los niños es exactamente igual.  
¿Hasta qué punto el teatro infantil, al que también llaman teatro familiar, vive un momento de auge?
Sí, puede ser, y a mí me encantaría pensar que vive un momento de auge porque los padres se han mentalizado de la importancia que tiene el teatro. También me temo que a veces van al teatro porque no saben qué hacer con los niños y el teatro resulta una buena opción para entretenerlos. Pero cualquiera de las dos cosas vale: porque a los niños les va a servir igual. Y la verdad es que actualmente existe mucha oferta de teatro infantil. También pasa que al haber mucha oferta, cosas que antes no se te ocurrían, como llevar a tus hijos al teatro, pues te lo están ofreciendo y vas. Y también ocurre que la mayoría de esos padres fueron niños que iban al teatro, y ahora también quieren que sus hijos vayan al teatro.

Nostalgia de los Hermanos Mala Sombra

¿Qué opinión le merece que la programación infantil haya desaparecido casi totalmente de los distintos canales televisivos en abierto?
Me parece terrible. Yo no veo mucho la televisión. Si los programas están es porque la gente los consume. Sea lo que sean. Pero también es cierto que esto es una excusa barata. Porque seguramente si plantearan otro tipo de programas también los consumirían los telespectadores. Hay gente que, por circunstancias de la vida, sale poco de casa, o le gusta la ‘tele’ y la ven constantemente. Pero ocurre que actualmente no hay casi nada para niños por televisión. Y que Televisión Española, la 1, no tenga un Espinete o unos hermanos Mala Sombra me parece tremendo. No lo entiendo. No puedo comprender que a la gente que programa las cosas se le olvide lo más importante que tiene un país, que son los niños. Y no hay nadie preocupado en programar algo que sea para el público infantil. Y eso me produce una pena enorme.