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 Nº 1276. 11 de enero de 2019

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

Leonardo: de los originales a los facsímiles

Benassar recibió algún reconocimiento oficial: la gran cruz de Alfonso el Sabio, el título de correspondiente de la Academia de la Historia, pero ahora, de que pasó por el mundo, ¿quién se ha acordado?

Sabemos, por Gustavo Adolfo Bécquer, que los muertos se quedan muy solos, y también, según el mismo autor: “De que pasé por el mundo, ¿quién se acordará?”. Cuando los muertos se quedan solos, la memoria de lo que hayan hecho no depende de ellos, sino de los vivos. Viene a colación del fallecimiento que hace dos semanas aparecía en El País del hispanista japonés Takashi Sasaki, traductor  a su lengua de obras de Unamuno, Ortega y Gasset, etc. Aunque, atentamente leído, ese obituario habla en mayor cantidad de líneas de la resistencia de Sasaki frente al gobierno de su país tras el terremoto y ‘tsunami’ de marzo de 2011 en la central nuclear de Fukushima y su negativa abandonar la ciudad de Minamisoma, donde vivía con su familia. Sin demeritar en absoluto la dedicación de Sasaki a nuestros escritores, que publicita la cultura española pero sirve sobre todo a los lectores japoneses, sorprende que la prensa no se haya hecho eco de otro fallecimiento, hace exactamente dos meses, el del hispanista francés Bartolomé Bennassar, que sirve, o debería servir, a los lectores españoles.

Bennassar, descendiente de mallorquines emigrados a Francia tras la primera guerra mundial, perteneció, como discípulo de Ferdinand Braudel, a la escuela de  los Annales, de las mentalidades y analizó eso que llaman “el ser” de España, en  La España del Siglo de Oro (Editorial Crítica), La monarquía española de los Austrias, Los españoles: actitudes y mentalidad desde el siglo XVI al XIX,  Inquisición española: poder y control social, etc., además de distintas biografías (Juan de Austria, Hernán Cortés, Franco) y un acercamiento novelesco a la guerra civil: El infierno fuimos nosotros: la guerra civil (1926-1942). En fin, eso de la memoria histórica no es más que un marbete electoral, porque volver sobre nuestro pasado no parece interesar a nadie. Sólo El Norte de Castilla le dedicó un obituario: Bennassar vivió y trabajó sobre todo en los archivos de Valladolid para sus investigaciones sobre esa ciudad, sobre la historia y las actitudes de nuestros antepasados no tan pasados. Recibió algún reconocimiento oficial: la gran cruz de Alfonso el Sabio, el título de correspondiente de la Academia de la Historia, pero ahora, de que pasó por el mundo, ¿quién se ha acordado? En librerías pueden encontrarse todavía algunos de sus títulos.


La Biblioteca Nacional dedica una exposición a Leonardo de Vinci. / Biblioteca Nacional de España


Leonardo: marca comercial

Vayamos por partes: se ha querido homenajear a Leonardo de Vinci por cumplirse este año 2019 el quinto centenario de su muerte (el 2 de mayo) en dos espacios: la Casa de las Alhajas y la Biblioteca Nacional de Madrid (ambas hasta finales de mayo). Llueve con barro sucio y sobre mojado: no hace ocho años, la presidenta de la Comunidad de Madrid  Esperanza Aguirre concedió a la empresa Empty la organización de una muestra titulada Da Vinci. El genio, abierta del 2 de diciembre del 2011 al 2 de mayo del 2012, en Centro de Arte Canal; no reparó en gastos, pues rondó los dos millones de euros, que se pagaron a través del Canal de Isabel II, ahora famoso por la irregularidad de sus cuentas; la inauguró  con platillo y bombos Aguirre, aunque apenas había otros originales que algunos dibujos y escritos; lo demás, facsímiles y algo más de sesenta réplicas de instrumentos y máquinas bélicas, civiles, hidráulicas.

Bien, poco original y mucha copia porque Leonardo –el artista más completo del Renacimiento: pintor, escultor, dibujante, arquitecto, matemático, biólogo, ingeniero civil y militar, músico– ha dejado de ser un artista para convertirse en una marca comercial, y para la España culturalmente pobre no podía destinarse el dinero que se guardaban en los bolsillos los políticos madrileños (eso están demostrando los tribunales). En aquel mismo momento la National Gallery londinense se llevaba la palma de las exposiciones de la década: reunía ocho cuadros de Leonardo –sólo se le atribuyen con certeza quince (o dieciséis, quizá diecisiete)– y medio centenar de dibujos: desde el retrato de las dos amantes del duque de Milán, Cecilia (la feroz Dama del armiño) y Lucrezia (La Bella Ferronnière) a obras consideradas maestras como La Virgen de las rocas, Salvator Mundi, etc.

Si Londres se centraba en sus años florentinos, 1480-1490, el Louvre parisino, tras diez años de trabajo, ha preparado una retrospectiva (inauguración el próximo  24 de octubre; ya se pueden sacar entradas)  en torno el Leonardo “francés”, cuando, tras la muerte de su protector Giulio de Médicis, Leonardo, invitado por Francisco I, se trasladó a París con tres de sus cuadros de los que no quería separarse: La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana, el San Juan Bautista, y la famosa Gioconda, delicia de papanatas que la cercan después de mirar para otro lado bajo la Victoria de Samotracia. Pasó en Francia los tres últimos años de su vida, y gracias a ello el Louvre posee casi una tercera parte de esos cuadros atribuidos. Unirá veinte dibujos de sus fondos, además de  La Bella Ferronnière y La Virgen de las Rocas. Está en el aire que consigan el Salvator Mundi, en manos de un propietario desconocido que lo compró por 450 millones de dólares en noviembre de 2017. Todo ello contextualizado con una magnífica selección de cuadros, esculturas y dibujos de la época. El cambio político en Italia trae sin embargo nubarrones: Luzia Borgonzoni, subsecretaria de Estado de Cultura del gobierno Salvini, amenazaba en noviembre con revisar los préstamos italianos para la muestra: El hombre de Vitruvio,  Cabeza de joven (La scapigliata), Retrato de Músico. Es lo que tiene la ultraderecha: por donde pasa, no deja crecer la hierba.

 

‘Tratado Estatica y Mechanica’. / BNE


El Leonardo madrileño


Frente a esto, la colaboración entre la  Casa de las Alhajas y la Biblioteca Nacional, lo único que ha traído es polémica barata; la de la Nacional ofrece sus dos conocidos manuscritos originales, los Códices de Madrid I y II, con la experta vinciana Elisa Ruiz  como comisaria, que los digitalizó tras la exposición en la misma Biblioteca, El imaginario de Leonardo, en 2012. Contextualizan esos códices 32 libros de los fondos de la Nacional. No es mucho, pero es materia original. Otra cosa es la exposición de la Casa de las Alhajas –propiedad de Caja Madrid; José Guirao, ministro de Cultura ahora, aprobó cuando era funcionario de ese banco el proyecto–; la Casa de Alhajas  alquila el espacio al “Leonardo DNA Project” que cobra la entrada a 14 y pico euros, a diferencia de la gratuidad de la Nacional, que programó al alimón este homenaje vinciano. Elisa Ruiz no tardó ni dos entrevistas, según declaraciones propias, en ver que no tenía nada que hablar, sino todo lo contrario, con el comisario de las Alhajas, un presentador televisivo, Christian Gálvez, enamorado de reciente data de Leonardo, y sobre el que publica libros como amateur. ¿Por qué Ana Santos, directora de la Nacional, aceptó esta mezcolanza de lo público y lo privado? El que con el dinero se acuesta, ya sabemos cómo amanece aunque rechace el apelativo de cómplice.

 

Señora portera, la democracia…
Gálvez, que ha pretendido hacer “un retrato humano y en vaqueros”, se ha enfrentado a las críticas de los historiadores del arte defendiendo su papel de divulgador y negando las denuncias de intrusismo. Y habla, como buen charlador televisivo, de que a Jesucristo también se le podía calificar de intruso, y que la democratización de la cultura (¡Oh!), y que la divulgación (entre el vulgo, claro) y que esto y lo de más allá... En fin: “Usted no tiene opinión — Esa será su opinión, y yo tengo de mi parte la televisión”,  porque el divulgador se ha defendido con uñas y dientes poniendo a contribución su medio televisivo.

El contexto de Leonardo no existe prácticamente: sobre todo la Florencia de los ‘condotieros’; había que explicar la guerra constante, el papel de señores de la guerra vendidos al mejor postor, de los Sforza y los Médicis, del belicoso papado de Alejandro VII y su hijo César Borgia, mientras Maquiavelo escribía El príncipe, donde sí se refleja ese mundo que vivió tanto Maquiavelo como Leonardo.. Esta exposición arranca con un cubo de Rubik reflejando “cosas” leonardescas,  para dar paso a realidades virtuales, reproducciones en grande de cuadros como La Cena o La Gioconda,  y muchas copias y facsímiles, de documentos, de cachivaches y artefactos reproduciendo los inventos: máquinas articuladas con ruedas, para teatros, para vehículos de guerra, planos de fortificaciones, algo así como un carro de combate provisto de cañones. Y como novedad, la  Tavola lucana,  supuesto autorretrato de Leonardo cuya autenticidad sólo refrenda el  investigador que lo descubrió, y que al parecer habla de vender por 10 millones, no sé si en serio o en falso.

 “La democracia no excluye las categorías técnicas, ya usted lo sabe, señora portera”, dice en Luces de bohemia un personaje valle-inclanesco.  También podría aplicarse la frase el ministro de Educación, que rápidamente se ha puesto de parte del presentador intruso, afirmando hace unos días que hay que ayudar a los divulgadores, “y no andar con polémicas”.  Eso, nada de polémicas ni de espíritu crítico para que no se note que bajo los vídeos y los colorines no hay nada original, ni aportación seria ni trabajada. En fin, el estado de la cultura española de siempre. Imitación servil, copia fraudulenta, facsímil, señora portera.

 

 

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena. 

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