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 Nº 1278. 25 de enero de 2019

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Ruth Gabriel, actriz

“La mujer del siglo XXI ha cambiado de prioridades”

Con 18 años, en ‘Días contados’, Ruth Gabriel era una actriz jovencísima pero con experiencia en la profesión: con sólo once meses subió cada día a un escenario en la compañía de teatro que tenían sus padres. Hace teatro, cine, televisión y escribe poesía a impulsos vitales, desde el amor a la palabra que le ha transmitido su madre, Ana Rossetti. Observa la vida desde un sentido del humor que parece venirle de la cultura y de la propia vida. Ahora interpreta en el Teatro Valle-Inclán la obra ‘Linda Vista’, que pronto saldrá de gira, pero en Madrid sólo permanecerá en cartel hasta el 27 de enero. O sea, que tiene los días contados.


Fotos: Sergio Lardiez

“A ‘Días contados’ le llamo la película que me parió” “El amor a la palabra, el respeto a la palabra, y el disfrute por la palabra se lo debo a mi madre, Ana Rossetti” “Tengo poesía premiada, pero escribir es, para mí, un impulso”


¿Qué recuerdos conserva de ‘Días contados’, película estrenada en 1994, que la dio a conocer como actriz?
Esa película tiene el toque mágico de que pasas o no pasas, de que perduras o no en el tiempo. No hay muchas películas que soporten perfectamente el paso de los años. Ésta, sí. Ésta es una de esas escasas películas en las que todo se juntó para que con el paso del tiempo siga siendo una película mágica. Por todo. Por la fotografía, por la música, por el montaje, por la dirección de Imanol Uribe. Y los protagonistas éramos entonces completamente desconocidos en la gran pantalla. Yo le llamo “la peli que me parió”. Me siento muy afortunada de que pasen los años y siga siendo esa gran película que fue en su momento. ‘Días contados’ iba a ser al principio una historia de  ‘yonkies’ en el barrio de Malasaña de Madrid de los años 80, tal y como aparece en la novela de Juan Madrid. Charo, mi personaje, simplemente era la ‘yonky’ que se prostituye. Y el personaje de Carmelo Gómez era un reportero gráfico. Pero Imanol Uribe, mientras trabajaba con el personaje de Charo, se obsesionó con la ‘Carmen’ de Merimée. Y, entonces, decidió dotarla del peso de esa Carmen y convertir el personaje de Carmelo en un soldado. De hecho, en la película hay un pequeño homenaje a la ‘Carmen’ de Merimée, que es cuando el personaje de Carmelo está tomando las fotografías de la comisaría de Policía en la que van a poner la bomba, y en ese momento un grupo de artistas callejeros interpretan la canción de Carmen. Que la cantaba Mariola Fuentes.

De la historia que cuenta ‘Linda Vista’ se ha escrito que “la obstinación es, sin duda, un acto de rebeldía, pero es también a veces una forma de victoria”. ¿Está de acuerdo?
Yo creo que cuando alguien se obstina está luchando por su propio ideal, por sus propias ideas y por su razón de ser. Y la trampa que tiene la obstinación consiste en que no te deja ver más allá, y te puedes meter en un charco que no es el tuyo. Yo creo que eso nos pasa a todos los personajes de esta función. Pero fundamentalmente la obra está centrada en Wheeler, el personaje que encarna Toni Cantó. Él está obstinado en un tipo de vida, en la que se fundamenta en pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Wheeler ha sufrido una serie de fracasos a lo largo de su vida y está empeñado en echarle de culpa al entorno, a la cultura, a la sociedad, a todo lo demás, en lugar de coger él las riendas de su existencia. Y Julia, mi personaje, viene para removerle todo eso, para decirle que hay un momento en el que tú tienes que coger las riendas y tomar tus decisiones, y no enquistarte, sino mirar hacia adelante.

¿Qué sentimientos se respiran en la obra?
Muchos. Y cada personaje, además, tiene un abanico muy diferente de sentimientos. Y somos siete personajes en escena. Hay frustración, esperanza, necesidad de cambio, vulnerabilidad, mucho humor, mucha sensualidad y, en ocasiones, sexualidad. Dolor. Muchísimas cosas. Es que Tracy Letts, el autor, no deja títere con cabeza y transita por unos lugares muy inteligentes.

Su personaje en ‘Linda Vista’ dice: “Yo me respeto”. Y usted ha destacado esa frase.
Llega un momento en que esa frase ha coincidido cultural y socialmente con mi propia vida. Hasta que cumplí los 40 años, ahora tengo 43, me costó mucho dejar de pedir perdón por las cosas. El personaje de Anita, que interpreta Almudena Cid, viene a decir en la obra: “Si yo tuviera que poner en una lista todas las cerdadas que me han hecho los hombres… Pero déjalo que me entra el sentimiento de culpa”. Y la pregunta es: ¿pero por qué te vas a sentir tú culpable por todas las cerdadas que te han hecho? Y es verdad. Porque de alguna manera las mujeres, hasta que ha empezado este movimiento, #Me Too, hemos tenido una especie de culpabilidad, de si nos han hecho algo, nos han dicho algo, pensábamos que quizás de alguna manera hemos dado el mensaje erróneo, hemos permitido cosas que no deberíamos haber permitido… Hemos entrado en relaciones tóxicas pensando que quizás era culpa nuestra la falta de entendimiento. Pero yo rompí con todo eso al llegar a los 40 años. Me ha costado, sí, pero finalmente lo he conseguido. Y aunque había sido un proceso de poquito a poco, a los 40 años he dicho: “Ya está”. Me dije: “Yo no tengo que estar viviendo para complacer a diestro y a siniestro, sino que tengo que estar mirándome a mí”. Tengo que respetarme a mí misma. Justo en esa época, hace tres años, arranca el movimiento #Mee To, la nueva mujer del siglo XXI, que tiene otras prioridades, otra fuerza y otras necesidades. Y una de ellas es, antes de tener una relación que me va a hacer daño, yo me respeto.  
 

De ‘Linda Vista’ se ha destacado que la obra tiene unos diálogos ágiles y frescos.
Absolutamente. Los diálogos. Eso es lo que más nos está facilitando a los actores el trabajo desde un inicio. Se trata de una obra muy difícil de interpretar porque se va cambiando de emociones a muchísima velocidad. Y supone un reto para un actor adaptarte a ese tremendo ritmo de cambio emocional. Pero el texto está escrito de una manera que en todo momento deja claro lo que le está pasando emocionalmente al actor o a la actriz que interpreta cada personaje. Este texto es fantástico, va a mucha velocidad, no da explicaciones, simplemente sucede. Y hay momentos en los que una se da cuenta de que el autor es también actor. Porque el texto te ayuda, va a favor de la emoción. Y hay escenas subiditas de tono. De hecho está la escena de sexo más divertida que yo he visto y, por supuesto, que yo haya interpretado en mi vida. Y la gente se ríe mucho en ese momento. De lo absurda que es y de lo estupenda. Pero la obra remueve, divierte, hace de espejo desde lo absurdo, es ácida, es brillante, y tiene un sentido del humor basado en la velocidad de la palabra y en la inteligencia.

¿Se parece esta obra a ‘Agosto’, el gran éxito de Tracy Letts?
No tiene nada que ver en cuanto a temática pero sí tiene ese sentido del humor ácido e inteligentísimo de ‘Agosto’. Notas un sello. Un estilo. Y la necesidad de resurgir que tienen sus protagonistas. Hay algo en común en las dos obras: es encuentro, desencuentro, catarsis. Todo se desestructura y a partir de ahí se empiezan a colocar las cosas en su sitio hasta llegar al punto y final.

¿Cómo ha sido el trabajo con el director, José Pascual?
Resulta muy difícil de explicar porque se trata de la vivencia. Muchas veces el trabajo de un buen director consiste en observar lo que te está dando el actor para poder aprovecharlo. Eso, y algunos directores que tienen las ideas tan claras que te llevan por donde quieren. Otros que te dejan hacer y a ver qué pasa. Y José Pascual es una mezcla de todo ello. Conoce muy bien esta obra. Conoce muy bien el mundo americano. Y la cultura americana. Y ha llegado desde un conocimiento muy fuerte para dejarnos, a ver qué pasa. Nos ha concedido mucha libertad, pero nos ha reconducido en escenas que al principio veíamos de una manera determinada y él les ha dado la vuelta con una inteligencia brutal para mejorarlas. Ha hecho cosas importantes con los personajes.

¿Ha hablado de política con Toni Cantó, diputado a Cortes por Ciudadanos y que Alberto Rivera quiere que sea el candidato a la Presidencia de la Comunidad Valenciana por esa formación política?
No. Se estableció una consigna que es: aquí en el teatro tú eres actor. Por supuesto que ha habido cosas que ajustar en el ámbito actoral por sus obligaciones como diputado. Por ejemplo, el horario de los ensayos. Pero también hemos tenido que ajustar el horario con otra compañera que estaba haciendo televisión o con otro actor que tenía guardias en otro trabajo. Pero yo tengo la sospecha de a qué partido vota uno sólo de mis compañeros en esta función. De los demás no quiero saber nada ni me interesa. Para mí lo importante es hacer el trabajo en equipo y buscarnos y encontrarnos dentro de la interpretación y poder sacar adelante brillantemente esta obra tan atractiva.

Usted nació en San Fernando, Cádiz. ¿Tiene alguna opinión formada sobre el resultado de las elecciones andaluzas?
Tengo miles de opiniones. Muchas de ellas incluso contradictorias. Para empezar, a mí no me gusta hablar de política. Pero es algo que afecta a la sociedad y no me quiero esconder gratuitamente. La política tiene que renovarse. En el momento en el que un partido está durante mucho tiempo en el poder, las cosas tienen que renovarse. Pero, ¿hacia dónde han cambiado las cosas en Andalucía? De alguna manera era previsible, pero, por otro lado, me ha sorprendido mucho lo radical del cambio. Sabía que algún cambio tenía que producirse. Pero el cambio me ha resultado demasiado radical.

El impulso de escribir

Usted escribió el texto de la obra teatral ‘Aftherhours’, que dirigió Sergio Cabrera. Y es hija de una escritora, Ana Rossetti. ¿Le gusta escribir?
Más que una obra de teatro, ‘Aftherhours’ era una ‘perfomance’ enfocada hacia el teatro. Se trataba de una colección de poesías que yo tenía recopiladas. Yo, el amor a la palabra, el respeto a la palabra y el disfrute por la palabra, se lo debo a mi madre. Totalmente. Y escribir es algo de lo que en algún momento tengo necesidad. Aunque siempre subrayo que yo no me siento escritora, aunque pueda tener poesía premiada, que la tengo. Y tengo también cosas publicadas. Pero yo no tengo ese sentimiento de escribir constantemente. Escribir es, para mí, un impulso. Que sale o no sale. Entonces, de pronto, necesito escribir y escribo de un tirón. Y hay escritos que retoco con los años. Pero escribir es algo que para mí siempre está ahí. Y significa una necesidad importante en mi vida. Pero de ahí a considerarme una escritora, no. Escribir es, para mí, una necesidad exterior. Hay muchas cosas en mi vida. La primera vez que subí a un escenario tenía once meses; la primera vez que hice televisión tenía cinco años; la primera vez que hice cine acababa de cumplir los 18. Mis padres tenían en los años 70 una compañía de teatro que se llamaba Metáfora. Mi padre y mi madre eran actores. Mi madre pasó después a escribir los textos y mi padre era el director y el actor principal de la compañía. Entonces mi madre escribió un monólogo que se llamaba ‘El Saltamontes’, que interpretaba mi padre con un bebé, un niño muy pequeño. En principio estaba sobre el escenario mi hermano, que es 17 meses mayor que yo. Cuando creció, lo sustituí. Yo era casi un bebé.