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 Nº 1281. 15 de febrero de 2019

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Ernesto Caballero, director del Centro Dramático Nacional y dramaturgo

“El CDN nunca debe hacer política, debe hacer país”

El 31 de diciembre dejará el cargo de director del Centro Dramático Nacional (CDN), que ostenta desde 2012, con una gestión que la mayoría califica, como mínimo, de brillante. “El CDN tiene que ser una institución al margen del signo político del que esté en un momento dado al frente del Gobierno”, afirma. Ernesto Caballero acaba de estrenar ‘El jardín de los cerezos’ en el Teatro Valle-Inclán de Madrid, obra a la que ha devuelto el matiz de comedia que le otorgó Anton Chéjov, y despojado del perfil oscuro que le dio en su día Stanislavski.


FOTOS: MARGOS G PUNTO

“Estamos en un buen momento de creación teatral, y eso se debe fundamentalmente a que el público está más inspirado que nunca” “Los personajes de ‘El jardín de los cerezos’ están desorientados porque les toca vivir en un momento en el que se derrumban los modelos con los que habían convivido” “Mi compromiso con la dramaturgia española contemporánea va a seguir cuando me vaya con idéntica pujanza como la que creo que he demostrado al frente del CDN”

¿Este ‘Jardín de los cerezos’ es un Chéjov con un Stalisnavski asesinadito?
No tanto. Stanislavski hablaba de lo orgánico, de la verdad, que es un término un poco controvertido, sobre todo en arte, y recogía una expresión de Puskin que es muy interesante: “Sinceridad expresiva”. Stanislavski trabajó en esa dirección para lograr que la escena estuviera viva. Y en ese sentido no estamos asesinando a Stanislavski, sino todo lo contrario: estamos siguiéndolo en esa dirección. Lo que evidentemente se da, y el propio Stanislavski entendería y entendió en su día perfectamente, es que los códigos cambian, y eso que entendemos como naturalidad o naturalismo, que finalmente es una convención, en el arte y en el teatro, pues no es lo mismo los signos con los que se advierten las cosas a principios de 1990 que a principios del siglo XXI en el que estamos viviendo. Sí es cierto que Stanislavski marcó un canon, que era una forma de hacer basada en una serie de supuestos que él estableció. Pero el arte, la sociedad y el teatro han evolucionado. A mí no me gusta en materia de arte hablar de borrón y cuenta nueva. Prefiero preservar la idea de eslabón, de diálogo. Y, evidentemente, cuando dialogas con formas del pasado inevitablemente las revisas, y muchas veces las contradices. Pero no me gusta hablar de asesinar a Stanislavski porque no creo que se corresponda con la realidad.

Escribe usted en el programa de la obra: “Sea como sea, ‘El jardín de los cerezos’ expresa con pasmosa elocuencia la incertidumbre y vulnerabilidad de los seres humanos cuando, conscientes o no de ello, se hallan en decisivas encrucijadas vitales”. Y añade que el personaje principal de la obra es la propia vida.
‘El jardín de los cerezos’ es una obra muy coral. Casi hay un protagonista colectivo, pero que no tiene conciencia de ser un colectivo, curiosamente. Son personajes desorientados. Desorientados porque les toca vivir en un momento en el que se derrumban, se extinguen los modelos con los que habían convivido hasta entonces. Los modelos que habían orientado su conducta en lo social y en lo personal. En ese sentido, los personajes viven en la incertidumbre. Y ante eso reaccionan autoafirmándose. Muchas veces autoafirmándose sin excesiva convicción en más cosas, en modelos, en identidades, que no se corresponden con lo que son. Y, finalmente, los personajes de ‘El jardín de los cerezos’ niegan el principio de la realidad. De eso nos habla Anton Chéjov. Chéjov divide la obra en cuatro actos. En el primer acto sitúa a todos los personajes en un cuarto de niños y los hace jugar como a niños. Es decir, ese cuarto es el lugar donde se produce ese espejismo de que el tiempo se puede detener. Y es, sobre todo, un lugar en el que se exonera la responsabilidad. En ese sentido, esa infantilización de esta pequeña sociedad se me antoja como una metáfora de la infantilización global, de cualquier sociedad, que generalmente se produce ante la inminencia de cambios desconocidos. Esa es la razón por la que hablo de la vulnerabilidad de los personajes. Y Chéjov es compasivo. No es un autor dogmático. Tampoco plantea soluciones. Tampoco es un autor de un moralismo radical. Chéjov es considerado como el Shakespeare del teatro contemporáneo. Chéjov no condena. No hace como Valle-Inclán, por ejemplo, que fustiga a sus criaturas: Chéjov las deja vivir. Chéjov es un ojo. Un observador. Fue médico. Doctor. Y eso se nota también en su obra. Maravilloso escritor. Grandísimo poeta. Grandísimo hombre de teatro. Y también médico. Y todo eso le hizo observar con cierta distancia los comportamientos del ser humano, y también entenderlos en cierta manera. Y él mismo también participa de ellos. Chéjov escribe ‘El jardín de los cerezos’ en un momento en el que se le agrava la tuberculosis que padecía desde muy joven, cuando era consciente ya de que había irrumpido en la fase terminal de la enfermedad. Y todo ello lo traslada también a los personajes de la obra y esa incertidumbre los hace muy humanos.

Usted se encuentra en la recta final como director del Centro Dramático Nacional (CDN), cargo al que accedió en 2012.
Sí, mi contrato expira el próximo 31 de diciembre. Yo fui nombrado por cinco años. Posteriormente se me ofreció la renovación. Y acepté gustoso para completar un proyecto cultural, que es el proyecto que presenté en su día. Porque yo soy el primer director del CDN que salió elegido por concurso público, mediante procedimiento de ‘buenas prácticas’. Para profesionalizar estos cargos. Y en ese sentido me voy muy satisfecho. Todavía tengo casi un año por delante, pero se ha cumplido un programa. Un programa fundamentalmente de impulso y de difusión de nuestro patrimonio dramatúrgico, desde principios del siglo XX a las voces más recientes. En español, y también en los grandes clásicos del teatro contemporáneo. Como puede ser Anton Chéjov. Efectivamente mi periodo como gestor de un teatro público culmina el 31 de diciembre de 2019. Pero mi compromiso con la dramaturgia española contemporánea, y yo soy dramaturgo y director de escena, va a seguir con idéntica pujanza como la que creo que he demostrado al frente del Centro Dramático Nacional, y como ya lo había demostrado profesionalmente antes de ser nombrado para este cargo.

Hasta hace unos días estuvo sobre las tablas del CDN una obra de Juan Mayorga, y posteriormente otra de Alberto Conejero, voces consagradas –sobre todo Mayorga–, pero nuevas del teatro español. Y al mismo tiempo ha conectado usted el CDN con su propio pasado, con montajes como ‘Luces de Bohemia’, que en 1984 protagonizaron aquí José María Rodero y un sensacional Carlos Lucena, o ‘Tres sombreros de copa’, que en la primavera de 1982 hizo Manuel Galiana. 
Efectivamente. Me alegro de que señale esto. Porque ha sido algo muy deliberado. El propio ‘Jardín de los cerezos’ es un montaje mítico de José Luis Alonso, estrenado en el María Guerrero en 1960, con José Bódalo en el reparto. Así es. Se trata de mantener el patrimonio, renovándolo con visiones del aquí y ahora, con creadores del aquí y ahora. Y, como digo, con un diálogo que espero que sea fructífero. Mire, los españoles tenemos muchas veces una fuerte resistencia a trabajar con la idea de eslabón, de aceptar ese diálogo. Dialogar artísticamente supone esto: no perder de vista, no creer en esa visión un poco adánica de que podemos descubrir permanentemente cosas. Somos hijos de un continuo, de un hilo narrativo. Y en lo artístico, también. Y nuestro patrimonio es vastísimo. Muy rico. Y hay que cultivarlo, hay que alimentarlo, y hay que renovarlo. El Centro Dramático Nacional tiene que ser una institución al margen del signo político del que esté en un momento dado al frente del Gobierno. Tiene que estar por encima de eso. El Centro Dramático Nacional nunca debe hacer política, debe hacer país.

A principios de esta temporada dirigió usted ‘Un bar bajo la arena’, obra que mereció críticas muy elogiosas, y que es un homenaje a los aficionados al teatro, a los profesionales del teatro, y al propio CDN.
Sí, claro. El teatro es un arte efímero. Quedan las obras. Y queda en la memoria montajes míticos. Yo quería rendir con esta obra un homenaje dirigido sobre todo a esa generación de actores y actrices que en el siglo XX, y no exagero, han conformado una edad de oro en el teatro español. Y son muchos, que nosotros vimos de pequeños cuando veíamos el ‘Estudio 1’ por televisión o cuando íbamos al teatro, actores y actrices que forman parte de nuestro patrimonio, pero son un patrimonio inmaterial. Y, de la misma manera que recordamos a los autores montando y remontando estos textos sensacionales, ‘Luces de Bohemia’, o ese ‘Tres sombreros de copa’ al que usted aludía antes, yo necesitaba también volver a traer, volver a recordar, volver a evocar, volver a homenajear, a grandes monstruos de la interpretación teatral, que con su aportación han hecho que el teatro español tenga un nivel de calidad que, muchas veces, tienen que venir de fuera, como ocurre en tantos otros ámbitos en España, para reconocerlo. ‘Un bar bajo la arena’ fue un homenaje a los actores. Y también fue un homenaje al público. Al espectador. Porque, y yo lo digo muchas veces, ahora estamos en un buen momento de creación teatral, y eso se debe fundamentalmente a que el público está más inspirado que nunca. Es exigente, pero al mismo tiempo no viene al teatro a juzgar. Propone de su parte. Es generoso. Acepta la variedad de las propuestas. Antes, el que no iba a una cosa iba a la otra. Ahora van a todo. Porque en el teatro hay unos estándares de calidad que, insisto, han subido. Y esa calidad teatral se ha incrementado porque ha subido la calidad del espectador. Es una paradoja. Pero como ha subido la calidad del público, el nivel del público, sube inevitablemente el nivel del teatro. Y en ese sentido yo me siento muy satisfecho.

Crear tiempo para escribir

Usted ha tenido durante los últimos años éxitos como autor. Por ejemplo, con ‘Reina Juana’, que protagonizó Concha Velasco; con ‘Nostalgia del agua’, que hizo Manuel Galiana; o con ‘La autora de las meninas’, que interpretó Carmen Machi. ¿Qué tiempo le ha dejado su actividad en el CDN para cultivar su faceta de dramaturgo?
Muy poco. Se suele decir que no se tiene tiempo, pero cuidado: el tiempo se crea. Y yo percibí desde que asumí la dirección del Centro Dramático Nacional que no podía escribir. Pero me dije: tendré que crear como sea el tiempo para escribir. Y lo he creado. Aunque no tanto como me habría gustado. Y, evidentemente, he tenido que sacrificar no sólo aficiones, sino también segmentos de vida privada. Pero no he dejado de escribir en estos años. Quizás he bajado de intensidad, pero, al menos, he escrito una obra de teatro al año. Además es un gran complemento. Yo soy como un anfibio. Me manejo como hombre de teatro de escena y también de escritorio. Ahora acabo de estrenar ‘El jardín de los cerezos’ y se lo he comentado jocosamente a mis colaboradores, a los que he dicho que estaba deseando que llegara el estreno para hibernar yo como director de escena y que renaciera  mi perfil de autor. Evidentemente compaginándolo con el trabajo de gestión del Centro Dramático Nacional, que lleva muchísimo tiempo. Pero el tiempo, insisto, se crea. Y yo siento la necesidad de escribir.