Tribuna / Mauro Armiño Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1288. 5  de abril   de 2019

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño


Transparencias y amaños


Manuela Carmena, para pisar alfombras de cinco centímetros, ella la primera; para buscar soluciones a desahucios, se vuelve invisible. Con todo, mejor ella que volver a esos ‘botellos’ o ‘botellas’ que buscan sucederla. / EUROPA PRESS

Como anuncié, sigo con ‘malhayas’ mientras dure la murga electoral: Malhaya el hijo del cacareado padre que inventa neandertales cortando cabezas a neonatos para negar el derecho legal al aborto;  ningún arqueólogo ha encontrado rastros de esa tontería; si lo hubiera predicado de los espartanos, que arrojaban desde el monte Taigeto a los recién nacidos débiles o no aptos, todavía; pero los espartanos ya eran homo sapiens, como nosotros, salvo en casos como el de éste, que tiene más del homo antecessor  de Atapuerca (Suárez Illana).

Malhaya quien propone disparar contra ladrones o mangantes; nada dice si hay que adoptar igual medida contra los de cuello blanco, él, que cobraba un sueldo superior al del presidente del Gobierno; la madre de todas las ranas, Esperanza Aguirre, lo puso al frente de Agencias y Fundaciones que sólo servían para que cobrasen los amigos  (Abascal).
Malhaya quien reconoce haber errado y asegura asumir en su narcisismo toda la responsabilidad. No dice cómo la ha hecho. Quizá su autocastigo consista en un padrenuestro y tres avemarías (Iglesias).

Malhaya los que cargados de malandanzas buscan sueldo público: María Pastor, condenada en 2010 por cómplice en fraude a pagar casi un millón de euros de multa (partido de Errejón, procedente de Equo); o Alfredo Prada, al frente de un órgano del PP para detectar prácticas corruptas, imputado por  irregularidades en el saco sin fondo de otro invento de Aguirre, la Ciudad de la Justicia. También Aguirre parece haber rezado tres avemarías y un padrenuestro (o más) para salvar su irresponsabilidad sin pasar por el juzgado.

Malhaya quien, si pierde, no se quedará en la oposición; Carmena, según sus enemigos un vejestorio –término que, sea elogio o insulto, también me adjudico, somos de la misma quinta–, tiene una extravagante  idea del servicio público: para pisar alfombras de cinco centímetros, ella la primera; para buscar soluciones a la parte alícuota madrileña de desahucios de los 70.000 que se han realizado en España el año pasado, se vuelve invisible. Prefiere las pompas alfombradas (Villar Mir, Florentino Pérez). Con todo y con eso, y con su analfabetismo funcional en cultura, materia que ha asumido, mejor ella que volver a esos ‘botellos’ o ‘botellas’ que buscan sucederla.

La ley está para incumplirla


Olvidemos la estupidez del cráneo previlegiado que ha decidido el lema de campaña del PSOE: “Haz que pase”: habrá dado para muchas risas cuando este artículo pueda leerse. Tampoco ha estado muy lúcido el cráneo que está decidiendo los nuevos directores de teatros públicos, en este caso Amaya de Miguel, de quien depende la cosa;  ha empezado por elegir a Lluís Homar para el Compañía Nacional de Teatro Clásico y a Félix Palomero para la Orquesta Nacional. Allá por el 1989, cuando Fabià Puigserver iba a estrenar en el Teatre Lliure Les Noces de Figaro, entrevisté al joven Homar, 32 años entonces, cuando escribía varios reportajes sobre la situación del teatro en Cataluña para Cambio 16: era una situación espléndida y prometedora, con el Lliure (Puigserver, Lluís Pasqual) a un lado, y Josep María Flotats, en el Poliorama, al otro. Desde entonces he seguido buena parte de la carrera como actor y director de Homar, en quien pueden apreciarse algunos logros, como aquellas Noces de Figaro, repetidas en febrero del 2017 en español con dirección del ya maduro Homar. A mi parecer, aquella promesa no terminó de cuajar sobre el escenario; es un actor correcto, un director correcto, con algunas caídas graves como su interpretación de El misántropo o su multiplicidad haciendo cuatro papeles en Terra baixa.

El problema del nombramiento no es Homar, de trayectoria profesional con altibajos, como todos; pero su nombramiento parece incumplir las bases del invento ese Buenas Prácticas que exige concurso de pretendientes. En ellas se exige “Presentar un curriculum vitae pormenorizado, donde se acredite su trayectoria y experiencia artística y/o de gestión en instituciones públicas o privadas dentro del ámbito del teatro clásico, en especial del Siglo de Oro“. El Estado, como la mujer del César, puede ser puta (que lo es), pero nunca parecerlo. Y en la presentación de su nombramiento Homar dejó el asunto con el culo al aire, al declarar que su experiencia “no está nada vinculada al teatro clásico español, nunca he interpretado una obra del Siglo de Oro”. El INAEM no se ha dignado mostrar el proyecto que Homar presentó: es decir, la falta de transparencia se impone, como siempre. Ya aclaró el asunto Eduardo Vasco, director del Clásico antes de que inventaran esto de los concursos: “Es un disfraz de una designación directa para no tener que asumir responsabilidades después”.


Lluís Homar (dcha.), nombrado para dirigir la CNTC por la directora general del INAEM, Amaya de Miguel (ctro.) en sustitución de la anterior directora de la compañía, Helena Pimenta (izqda.).

Experiencia sin experiencia

Para colmo, las declaraciones de Homar en ese acto rizaron el rizo de la ridícula operación:  “La mía es una experiencia que no está nada vinculada al teatro clásico español, nunca he interpretado una obra del Siglo de Oro, no lo he hecho”. También aseguró que nunca había hecho verso, inexcusable en el teatro clásico, pero, con esa falsa humildad del elegido, continuó: “Vengo a aprender, no se trata de que venga a enseñar”. O sea, toda la experiencia que trae, ¿de qué sirve aplicada a ese teatro Clásico? ¿Va a cobrar un buen sueldo sólo por ir a la escuela a aprender? ¿Y qué va a buscar según esta peregrina frase?: “Mi primera tendencia es ir a buscar Hamlet o Cyrano, porque son los textos que el público ya conoce. Me gustaría pensar que el siglo XIX existe y que tengamos también esa flexibilidad porque creo que también es un siglo que puede ser muy rico, incluso entrando también en el siglo XX. Por mi procedencia, me gustaría también abrir ese abanico, pero también es algo que tengo que ver si es posible". La explique quien la entienda. En fin, habemus papam, pero puede salir una gallina, sin negarle a Homar, por supuesto, una trayectoria más que aceptable en el panorama del teatro español.

En el caso de Félix Palomero, “decretado” para dirigir  la Orquesta y Coros nacionales, el problema es otro: nadie le niega la trayectoria en el mundo de la música y de la Administración. Su nombre corría, desde hace tiempo, sin necesidad de concurso, como seguro aposentador de ese sillón porque su marido resulta ser jefe de gabinete de la directora general del INAEM, y que tal vez se encargaba de ratificar la selección. No es la era de las sospechas, sino de las certezas de que las sospechas eran ciertas, sobre todo cuando no parece que vaya a respetarse el contrato del anterior director, Félix Alcaraz, prorrogado hasta el año que viene. El sindicato de funcionarios  CSIF, como UGT en el caso de Homar, ya han alertado de posibles irregularidades. De nuevo, los tribunales.

La última película de Almodóvar, ‘Dolor y gloria’, autobiografía íntima y confesional del director manchego.

Dolor, gloria y tedio

Es, desde luego, la película de este arranque de año: en Dolor y gloria Pedro Almodóvar hace un repaso autobiográfico de su intimidad, desde su infancia hasta el momento presente, centrándose en los problemas que más le interesan, le han marcado: la relación con la madre, la época de la Movida previa o coetánea de su iniciación como cineasta, la homosexualidad, su relación con los actores, su estado físico, machacado por dolores de todo tipo que van minándole el cuerpo y llevan a depresiones superables a trancas y barrancas.  La imagen que la película da es de despedida, de testamento de este cineasta con dos o tres títulos espléndidos (para mí, Todo sobre mi madre, Mujeres al borde de un ataque de nervios). Este Almodóvar es más íntimo, más confesional, que enseña sus fantasmas con continuos retrocesos temporales mediante un recurso de magdalena proustiana. Pero no me parecen bien engarzados ni justificados esos retornos aunque los pasajes que rememoran la infancia y a su madre sean los más delicados. Pero, pese a la brillantez estética, al exquisito cuidado que siempre pone en sus películas, la primera escena, con las mujeres lavando en el río, suena a dejà vu, tanto en el mundo almodovarianos como en las películas de los años 60. Y desde ese inicio, con el truco de la magdalena descubierto, la trama se ciñe a una aventura personal, la del director, que no consigue calarme; me desintereso enseguida de ese recorrido que tiene su fondo en las últimas décadas de nuestra historia con Almodóvar y su experiencia en primer plano. Demasiado singular –dentro de su generalidad– lo que Dolor y gloria  narran con paso acelerado, y en una estructura cinematográfica difícil pero admirable; sin embargo, a la historia le falta trascendencia para que los lances de esa vida me enganchen. En cuanto a actores, Antonio Banderas hace olvidar toda su etapa norteamericana, con aquellos personajes de cartón piedra; el resto, cuidados; pero sobre todo, una exquisita Julieta Serrano que, en el papel de madre anciana,  demuestra a sus ochenta y tantos años la gran actriz que fue y que es.

 

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Colaboradores

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José García
Abad

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Miguel Ángel
Aguilar
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Inmaculada
Sánchez
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Cristina
Narbona

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Belén
Hoyo

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Idoia
Villanueva

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Sergio
del Campo

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Carles
Campuzano

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Cristina
Antoñanzas
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Elena
Blasco
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Miguel Ángel
Paniagua

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Bruno
Estrada

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José Antonio
Pérez Tapias

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José Luis
Centella

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Joan
Navarro
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José M. Benítez
de Lugo
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Carlos
Berzosa

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Graciano
Palomo

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Julio Rodríguez
López

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Mauro
Armiño

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Pere
Navarro

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Julius
G. Castle

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Carmen
Calvo
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Joan
Tardà

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Ignacio
Aguado

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Julio Rodríguez
Fernández
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Pablo
Bustinduy

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Jesús
Lizcano

   

 

 

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena. 

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