Entrevista / Vanessa Montfort Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1291. 26  de abril   de 2019

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Vanessa Montfort, novelista y dramaturga

“Si el feminismo consiste en ser una mujer perfecta, no estoy de acuerdo”

Ahí sentada en una mesa del Café de Oriente, de Madrid, parece un personaje de Antonio Gala, pero Vanessa Montfort ha sido, con su nombre y apellidos, personaje de una novela, ‘La carne’, de Rosa Montero, gran amiga suya. Ha escrito cinco novelas –varias convertidas en ‘best sellers’– y 14 obras teatrales. Acaba de publicar el libro ‘El sueño de la crisálida’ (Plaza y Janés), y ha estrenado en el Centro Dramático Nacional ‘Firmado Lejárraga’, pieza en la que reivindica la figura de María Lejárraga, que escribió 90 obras y las firmó a nombre de su marido, el director y productor teatral Gregorio Martínez Sierra.

“María Lejárraga cultiva un feminismo muy inteligente, de hacer cómplice al hombre, poco agresivo, pero muy claro, muy rebelde y muy contundente”   “Considero milagroso que se hayan vendido en los tiempos actuales 150.000 ejemplares de mi novela ‘Mujeres que compran flores”

¿Cómo ha sido su encuentro con María Lejárraga?
Por casualidad. Y por dos veces, además. La primera vez que escuché hablar de María Lejárraga fue a través de Rosa Montero, y por otra compañera, que ha terminado siendo la documentalista de esta obra, Carmela Nogales. Ese día estábamos cenando las tres juntas con el que sería el director de la obra, Miguel Ángel Lamata. Rosa y Carmela estaban fascinadas por la figura de María Lejárraga. Rosa llegó a incluir a María Lejárraga en un libro en el que hablaba de otros tándem curiosos habidos en la historia. Hombre y mujer. Relaciones extrañas, tóxicas o, al menos, extravagantes. Y Carmela Nogales había quedado tan fascinada de María Lejárraga que intentó conseguir en París libros descatalogados de esta autora. Y un año después de todo aquello me llamó Ernesto Caballero, director del CDN. Yo ya había estrenado meses antes en el María Guerrero la obra ‘El hogar del monstruo’. Ernesto Caballero me explicó que iba a dedicar un ciclo a mujeres silenciadas y olvidadas, titulado ‘En letra grande’, y me confirmó que había pensado en mí para escribir una pieza sobre María Lejárraga. Se me aceleró el corazón. Porque María Lejárraga genera una auténtica obsesión cuando empiezas a trabajar su obra y cuando empiezas a trabajar su persona. Porque es tremendamente interesante su vida y su obra, y cómo llega meterse en esa tormenta perfecta en la que vivió. Y cómo llegan a estar atrapados ella y su marido en esa firma: Gregorio Martínez Sierra. Porque están atrapados los dos. Ahí hay un hombre que se aprovecha. Pero no estamos en absoluto ante el caso de una mujer que está encerrada en su habitación y su marido le trae la comida y le dice: “Vamos, escribe, de lo contrario no sales de aquí”. No. Ocurre que es ella la que se inventa al escritor Gregorio Martínez Sierra. Literariamente resulta fascinante esa relación. Cómo se silenció durante tanto tiempo, a pesar de ser un secreto a voces. Es deslumbrante la figura de María Lejárraga. Todos los que nos hemos acercado a ella, como Patricia O’Connors, con la que estoy en contacto, o Ana Blanco, o Juan Aguilera, todos los investigadores que nos hemos aproximado a la figura de Lejárraga estamos absolutamente obsesionados con ella. Su historia es de un carisma brutal.

Gregorio Martínez Sierra fue infiel a María, se unió sentimentalmente a la actriz Catalina Bárcenas, y tuvo una hija con ella. Y escribe usted: “Al feminismo actual podría parecerle contradictorio el discurso político y de igualdad de Lejárraga con cómo vivió. Nunca antes he escrito una obra teatral en la que fuera tan importante construir el contexto”. Amplíemelo.
Hay mucha controversia en torno al feminismo de María Lejárraga. Ella dice cosas muy actuales. Se trata de un feminismo muy inteligente, de hacer cómplice al hombre. Un feminismo muy poco agresivo, pero muy claro, muy rebelde y muy contundente. A mí me da mucha pena cuando escucho decir: “Vaya feminismo el de María Lejárraga”. Porque es muy importante el contexto y también resulta muy importante la cronología de los hechos. Ella es una mujer muy independiente. Es una mujer que, estando casada, viaja con otros hombres. Acompaña a Turina. Hace sus viajes de investigación. Es decir, ella tiene un salvoconducto importante con Gregorio, en una época en la que una mujer no podía meterse sola en un coche con un señor que no fuera su marido o su padre. Es más, ella es maestra de escuela y tiene firmados esos requisitos por contrato. El contrato de una maestra de escuela de esa época se lee en escena durante la representación. Porque cuando yo leí ese contrato pensé: ese es el contexto de la obra. Es un contrato en el que se especifica que una maestra de escuela no puede entrar en las heladerías del centro, por ejemplo. ¿Por qué? No sabemos. O que las maestras no podían utilizar polvos de cara para maquillarse. O que no podían salir de la ciudad sin autorización del Consejo Escolar. Fíjese lo que supondría entonces firmar obras de teatro a una maestra. O viajar en un tren con un señor casado, como era Turina, los dos solos. O alojarse durante un mes en un hotel de La Alhambra con Falla, también los dos solos. Y esto, Gregorio, no sólo lo permitía, sino que le venía fenomenal porque de ahí salían obras para nutrir su repertorio. Y ella se iba sola a Niza porque se compró allí una casa. Era su refugio, el lugar al que se iba a escribir. Era una mujer muy independiente. Tanto durante el idilio de Gregorio Martínez Sierra con Catalina Bárcenas como antes. Relaciones como la de Gregorio eran una cosa desgraciadamente muy habitual en esa época, en la que los hombres de aquel tiempo no se separaban, sino que tenían una doble vida, como la tenía también el marido de María Guerrero, Fernando, que tuvo también un hijo con Catalina Bárcenas, el primero de esta actriz, al que llamaron Fernando. Él no les daba su apellido, pero a todos los hijos ilegítimos del marido de María Guerrero les ponían todas las amantes de nombre Fernando. De ahí Fernando Fernán Gómez, que es un heredero de esa rama. Gregorio se separa porque tiene un hijo con Catalina. Y eso ocurre a los 12 o 14 años de empezar la relación con esa actriz. Es decir, a Gregorio Martínez Sierra no le viene bien separarse, porque María Lejárraga podría haber dejado de escribir para él. Estuvo en una especie de funanbulismo entre las dos mujeres. Y María se va a Niza cuando se separa. Deja de escribir temporalmente para Gregorio. Se enfada. Pero rápidamente se da cuenta de que la escritura constituye su profesión. De que no va a poder sobrevivir. ¿De qué va a vivir si no escribe? Para María su obra es muy importante. Quiere que su obra siga subiendo a los carteles del teatro. Y en ese tiempo todo el mundo se pregunta por qué coincidiendo justo con la separación, Gregorio Martínez Sierra no estrena nada nuevo. Gregorio intenta escribir. Se lo dice a María en una carta. Pero le confiesa que no le sale. Y María ya ha empezado con sus discursos feministas. Dice cosas como: “Señoras, curiosidad, curiosidad y curiosidad; dejen de bordar”. O bien: “Las mujeres estamos acostumbradas a poner demasiado peso en la carta del amor, que es la más insegura que existe. Mujeres: sean independientes, sean intelectuales, estudien, no dependan económicamente del hombre. No lo dejen todo a la carta del amor”. ¿Y por qué dice esto María Lejárraga? Porque lo ha vivido. Se lo confesó a Juan Ramón Jiménez: “Ahora, echando la vista atrás, me arrepiento de las muchas horas que he desperdiciado en llorar por amor. En perder energía llorando por amor”.


“La reivindicación feminista que yo me encontraba era de un agotamiento vital absoluto. Y de estar tomando tortillas de ansiolíticos intentando cumplir las expectativas del feminismo”

“Yo nunca desfilaré en una manifestación debajo de una pancarta que diga: ‘Los hombres nos matan’. Jamás. Porque no es verdad. Y no es justo, y es un mensaje estéril y tóxico para todos”

 

Acaba usted de publicar el libro ‘El sueño de la crisálida’. Pero su anterior novela, ‘Mujeres que compran flores’, editada en 2016, ha tenido 22 ediciones y ha vendido 150.000 ejemplares, algo decididamente inusual en el mundo editorial actual.
Se trata de algo que yo considero milagroso. Chesterton decía: “Lo más increíble de los milagros es que suceden”. Es algo que te atropella para bien como escritor. No lo puedes anticipar. Y siempre he cuidado mucho lo que escribo. Me gusta hacer literatura. ‘Mujeres que compran flores’ no está exento de literatura. Yo no quise que fuera una novela complaciente ni sobre heroínas. Si el feminismo consiste en ser una ‘superwoman’ y una mujer perfecta, entonces no estoy de acuerdo. Precisamente la reivindicación de ‘Mujeres…” era un ‘ya basta’. Pero ya basta nosotras. Y a la sociedad en su conjunto. No tengo por qué ser la mejor madre, la mejor nuera, ser buena hija, ser una directiva y, además, aprender a hacer magdalenas. No. ¿Para qué? ¿Para sentirme merecedora de los derechos que me han otorgado? No. Yo quiero equivocarme porque los seres humanos nos equivocamos. Esa presión me di cuenta de que nos la estábamos poniendo nosotras, las mujeres. La reivindicación feminista que yo más me encontraba era de un agotamiento vital absoluto. Y de estar tomando tortillas de ansiolíticos intentando cumplir las expectativas del feminismo. ‘Mujeres…’ igual fue una válvula de oxígeno. Y un mensaje feminista diferente. Yo publiqué la novela meses antes del #MeToo. Las manifestaciones, esa tercera ola no se habían dado todavía. Ocurre que los escritores somos detectores de incendios. Tú hablas con gente y percibes que ahí hay un magma que se está preparando y que quizás es lo que me llevó a escribir esa novela. Pero el discurso no es exactamente el de esa ola. Es más apaciguado. Se habla mucho de la complicidad de sexos, no de la lucha de sexos. Se habla de sexo complementario, y no de sexo opuesto. Y entronca todo ello con el mensaje de María Lejárraga, por eso me gustaron tanto sus discursos feministas. Y pensé: Tenemos que ir por ahí. Yo nunca desfilaré en una manifestación debajo de una pancarta que diga: ‘Los hombres nos matan’. Jamás. Porque no es verdad. Y no es justo, y es un mensaje estéril y tóxico para todos.

La crisálida

En ‘El sueño de la crisálida’ hay una detallada radiografía del ‘mobbing’, ¿no?
Sí, para mí es una cuenta pendiente. Es algo que me preocupa mucho, porque yo también lo he vivido. Y también lo ha padecido mucha gente de mi entorno. Se trata de una pandemia, como lo es el ‘bullying’. He leído bastante sobre ello. Una de las obras que más me impactó fue ‘La sociedad del cansancio’, escrita por Byung-Chul Han, un filósofo coreano que es profesor de la Universidad de Berlín. Se trata de un librito de unas 70 páginas que supone una iluminación. No se puede decir tanto en tan escaso espacio. Una de las cosas que sostiene es que la velocidad de nuestros días, el cansancio vital al que estamos sometidos, el no dejar ningún hueco de nuestra vida libre, el estar hiperinformados, hace que no sea posible una empatía como las que se establecían antes. Y todo ello relacionado con la pandemia que supone el maltrato. El maltrato de género, el maltrato escolar, el maltrato laboral. Es un proceso que está destinado a destruir la autoestima de una persona. A llevarla, en ocasiones, al suicidio. Su autoestima queda tan destruida que se tarda mucho tiempo en reconstruirla. Se le extirpan las virtudes a esa persona y se le trasplantan como defectos. Y acabas viendo aquello que es más brillante o una fortaleza tuya como todo lo contrario. Te atacas a ti mismo. Es un proceso tremendo. En este país hay más muertos por suicidio que por accidente de tráfico. Y yo me dije: en todo esto hay una historia. Una historia en la que además yo estaba personalmente implicada. Y encontré a Greta, a la persona que ha dado lugar al personaje de Greta. Una exreligiosa. En principio me costó identificar que lo que había vivido esa mujer era simple y llanamente un acoso laboral. Sólo que a lo bestia. Porque ella no tenía una casa y el refugio que puede suponer la familia. Ella vivía ahí. Dormía con su enemigo. Llegó a estar en una situación muy grave. Era una persona muy contestataria sobre la situación de la mujer en la Iglesia. Y el acoso y derribo al que la sometieron fue terrible. Y cuando estuvo enferma y sin recursos, como cualquier religiosa, la echaron. Y esa mujer tuvo que reconstruirse por completo. Es el caso más brutal de reconstrucción que he conocido. No sólo tiene que reconstruir su vida laboral, sino su vida entera. De ahí lo de la crisálida. Tiene que aprender a vivir en esta sociedad de las prisas, del ruido. Porque ella viene del silencio. Es como alguien que llega a nuestro mundo con 33 años de edad. Y esa reconstrucción provocó que yo me replanteara muchas cosas de cómo vivimos. La vuelta de tuerca fue lo que me permitió ver nuestra sociedad con ojos nuevos. Que no es fácil. Ha sido toda una serie de descubrimientos.