Entrevista / Ramón Barea Tiempos de hoy

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 Nº 1293. 10 de mayo de 2019

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Ramón Barea, actor

“La realidad es más imaginativa a veces que la ficción”

Tiene un discurso inteligente sobre el teatro y la vida que despliega cómodamente en el Café Barbieri de Madrid mientras apura un té con limón. Ramón Barea protagoniza ‘Shock-El cóndor y el puma’, una obra sobre el capitalismo salvaje y sus secuelas, que se representa en el Teatro Valle-Inclán de Madrid hasta el 9 de junio, producida por el CDN. También es uno de los protagonistas de la película ‘Mi pequeña Suiza’, ahora en cartel, y de ‘Abuelos’, de inminente estreno.

MARCOSGPUNTO

“En ‘Shock-El cóndor y el puma’, Andrés Lima ha jugado con la metáfora del Doctor Jekill y Mr. Hyde”   “Juan Mayorga tiene una parte didáctica de profesor, como de fraile listo, de fraile educador, que almacena una sabiduría que luego sabe transmitir”

La obra ‘Shock-El cóndor y el puma’ se ha definido como “un poderoso y contundente ejercicio sobre la memoria, con música, luces e imágenes reales”. Y sobre la génesis del capitalismo salvaje. ¿Está usted de acuerdo?
El punto de partida es el texto de Naomi Klein. Es algo que Andrés Lima tenía en la cabeza, un texto al que Andrés Lima ha recurrido como fuente de inspiración del análisis que formula Naomi Klein sobre la influencia del capitalismo. Sobre la intervención en Latinoamérica. Cuenta muchos casos, pero uno de ellos se ciñe expresamente a Chile como el campo de experimentación y de aplicación de determinadas teorías de los economistas de ese capitalismo salvaje, de esa teoría que Milton Friedman, el economista, desarrolló, y creó una escuela latinoamericana a través de Chile. Y en ese momento el campo de experimentación de las teorías de Friedman y todo lo que aprendieron los ‘Chicago Boys’, aquellos alumnos chilenos que fueron educados en Estados Unidos en torno a las teorías del libre mercado y de Friedman, todos ellos vieron en Chile la oportunidad de poner en práctica sus ideas. Todo lo que podía ser hundir la economía chilena, con la participación de la CIA, invirtiendo el dinero en radicalizar un conflicto social. Y hay una teoría previa de Naomi Klein que tiene su interés. Cuenta, y es real, que hay una serie de entrevistas de los economistas con el doctor Ewen Cameron, que está trabajando en el ‘electroshock’ y ha desarrollado una teoría de aplicación de los ‘electroshock’ como medida curativa, pero también como medida de hacer perder la memoria o hacer olvidar el pasado a pacientes con fines curativos pero también con fines de tortura. Y como metáfora social, esos economistas dicen: “Ah, bueno, el ‘shock’, en un país, en una sociedad, puede hacer que esa sociedad se aterrorice y sufra un fuerte impacto que le haga no seguir mirando su pasado, sino olvidar su vida anterior para meterse en otra”. Esa cosa que favorece la privatización de empresas, que es lo que se buscó en el caso de Chile. Las teorías de Milton Friedman sostienen que si empresas privadas pueden generar beneficios, que no las coja el Estado, que las coja el sector de la empresa privada. Son normas del capitalismo salvaje. Estos economistas están contra el proteccionismo del Estado. Y este es el punto de partida de ‘Shock-El cóndor y el puma’. Esta propuesta de Andrés Lima, efectivamente, tiene que ver con Chile, con Allende y con Pinochet, y tiene que ver con más cosas, pero acota el tema sobre todo con esas referencias de tipo económico, que son como las grandes desconocidas. Nadie acaba de imaginar cómo se puede provocar una crisis, y cómo la gente puede pedir por favor que se privaticen las empresas para salir adelante. Si se hace un análisis de las últimas guerras, de las últimas intervenciones de Estados Unidos en el extranjero, en esta cosa de mediadores por la paz, se observa cómo finalmente hay una solución económica que favorece a determinadas empresas privadas, a ciertas multinacionales. Esa es la tesis fundamental de la obra. 
 
Algunas reseñas han destacado como un momento sublime de la obra la visita de Margaret Thatcher a Pinochet en Londres, en una escena escrita por Juan Mayorga y en la que usted interpreta el personaje de Pinochet.
La base de esa escena es una entrevista real. Cuando estaba Pinochet retirado en Londres y ya tenía sobre él la denuncia del juez Baltasar Garzón, Pinochet estaba protegido en un terreno amistoso que le brindó la hospitalidad de Margaret Thatcher. El punto de partida de esa escena es un documento real, una especie de entrevista filmada que hace Margaret Thatcher a Pinochet y a su mujer. Una entrevista que se ve que es una cosa absolutamente preparada, que obedece a una cita, a una hora prefijada, a una filmación, donde Margaret Thatcher defiende a Pinochet, y le agradece la ayuda prestada durante la guerra de Las Malvinas. Y con ese punto de partida y junto a Andrés Lima nosotros hicimos algunas improvisaciones alrededor de esa situación. Cómo podía haber surgido, cuáles podían haber sido las tomas no buenas de esa entrevista. Y a partir de ese material de improvisaciones y, por supuesto, del material real, Juan Mayorga escribió una escena ordenando todo ello y entrando en alguna cosa que no se dice en la entrevista. Y acabó siendo, sin habérnoslo propuesto, ni siquiera Andrés se lo había propuesto, ni tampoco Juan, acabamos metiéndonos en una escena absolutamente cómica. Empieza siendo una especie de comedia muy sutil, y termina siendo una cosa extrema, muy farsesca, porque la situación lleva a ello. Se trata de una escena que en el contexto de la obra está situada al final y tiene un poder liberador para el espectador. Porque se viene de una escena anterior en la que se habla de la tortura, una escena bastante fuerte para el ánimo del público, y esta escena supone una especie de liberación, porque tanto Margaret Thatcher como Pinochet y su mujer se acaban convirtiendo en una especie de personajes grotescos. Es una escena muy celebrada. Además de ser muy ingeniosa la penetración que hace Juan Mayorga en el interior de esa escena, lo que no se dice, lo que no se rodó en aquel extraño encuentro y tal.  

Usted ha trabajado en obras como ‘El chico de la última fila’ o ‘Cartas de amor a Stalin’, de Juan Mayorga, autor que el 19 de mayo toma posesión de su sillón en la Real Academia Española de la Lengua. ¿Qué opinión le merece el teatro de Juan Mayorga?
Yo siento una admiración grandísima hacia Juan Mayorga. He convivido bastante con él por ensayos. Porque Mayorga es de los que defienden su texto, lo explican, lo analizan, le da mil vueltas. Es el eterno insatisfecho incluso teniendo la obra cerrada. Yo recuerdo ‘El chico de la última fila’, que es un texto que casi escribió para Helena Pimenta. Él tenía una idea muy básica, muy personal, apuntada en esas agendas pequeñitas que guarda Mayorga en el interior de una carpeta. Y en torno a un tema sobre la educación que quería hacer Helena surgió esa idea del chico de la última fila. Mayorga me parece un erudito magnífico. Porque si vas a su casa tienes la oportunidad de convivir con él en su lugar de trabajo, un espacio de cuatro metros cuadrados o así, con una mesa y una pequeña biblioteca. Aunque luego la biblioteca se distribuye por toda la casa. Yo no he visto un lugar de trabajo tan modesto y tan escueto como ése. Debe ser un reflejo del propio Juan. Es alguien que, con un gran bagaje cultural encima, con una acumulación de referencias intelectuales, porque es filósofo y matemático, pero sin embargo trata de explicarse, trata de buscar la sencillez y la comprensión de lo que está haciendo. Busca convertir lo complejo en fácil. Mayorga tiene una parte didáctica de profesor, como de fraile listo, de fraile educador, que almacena una sabiduría que luego sabe transmitir. Mayorga es muy buen pedagogo. Tiene una forma de trabajo de obstinación en la escritura. Es un dramaturgo obstinado.

¿Qué dificultades añadidas tiene para un actor representar a tantos personajes como hace usted en ‘Shock-El cóndor y el puma’?
Éste podría haber sido efectivamente un reparto muy numeroso. Un reparto amplísimo, en el que cada actor interpretara a un personaje. Pero a Andrés Lima le gustaba la idea de que fuese un grupo de actores que evidentemente no habría de establecer con el espectador esa convención de que yo hago que soy y tú te lo crees, sino que había que hacer creer que somos un grupo de actores que, con artilugios, con recursos teatrales, estamos representando a diferentes personajes. Y Andrés Lima buscó en la función esa especie de contrarios en un mismo actor. Lo hace con diferentes intérpretes. Con varios de los componentes del reparto. Yo encarno a Allende y a Pinochet. Pero Natalia Hernández, por ejemplo, hace de la mujer de Pinochet y de una amante de Allende. Porque Andrés Lima ha jugado con la metáfora del Doctor Jekill y Mr. Hyde. Y de hecho se visualiza ese juego desde el principio de la función. Nixon se transforma en Allende. Allende se transforma en Pinochet. Para los actores es divertido, porque da la posibilidad de jugar con roles diferentes, y de buscar una característica mínima, porque tampoco es una recreación realista del personaje. No lo es ni en el caso de Allende, que tiene un tratamiento muy serio, muy de crónica de determinadas frases que se han quedado clavadas en la Historia y en la memoria colectiva, por grabaciones, porque se recuerda, porque está escrito: son palabras que a uno le produce impresión decirlas. Y toparte con la honestidad de un tipo que fue uno de los pocos políticos que cumplió con el programa prometido. Que lo cumplió con su vida. A mí me parece una cosa absolutamente admirable en estos tiempos que corren esa defensa de la honestidad política que ejerció Allende. Me parece algo maravilloso. En el escenario pasas de sentir una especie de escalofrío dibujando con un trazo el personaje de Allende, y sientes una maldad terrible como actor cuando juegas con el personaje de Pinochet, a pesar de que, o precisamente por ello, Pinochet presume de ser una persona que va a misa y que comulga todos los días.

La gratuidad de algunos nacionalismos

Actualmente está en cartel, y siendo un éxito de público, la película ‘Mi pequeña Suiza’, en la que usted interviene, y está pendiente de estreno otra película en la que usted trabaja, ‘Abuelos’.
Sí, ‘Mi pequeña Suiza’ es la segunda película de Kepa Sojo. Es profesor de la Universidad del País Vasco. Él dice que se siente como un aldeano ilustrado. Se trata de un hombre que no responde para nada al tipo de profesor de Universidad. Él aparenta garrulo en su forma de estar, pero luego es un erudito en el tema del cine. Es una de esas personas que tiene un gran bagaje cinematográfico. Tiene toda la historia del cine metida en la cabeza. Es muy berlanguiano. Y muy gamberro, también. La película es un juego que roza la gratuidad de algunos nacionalismos. Hace guiños con los intereses económicos. Hace guiños en contra del concepto de patria. O de lo efímero o de lo puramente práctico que puede ser para alguna gente ese concepto de patria. Esta película juega con cosas que en este momento están resonando. Porque la sociedad y la realidad a veces es más imaginativa y va más deprisa que la ficción. ‘Mi pequeña Suiza’ roza muchos elementos de la actualidad. La apuesta es tratar esos temas que tienen que ver con la patria, con la bandera y con las ventajas fiscales también. Y ‘Abuelos’ es una película que ha nacido a través del mecenazgo. La productora se llama ‘2.59’ y es gente muy joven, treintañeros. Es la idea de en la sociedad actual donde un hombre de 50 años que se queda sin trabajo se convierte en un jubilado. Son tres personajes. Que se transforman en imaginativos emprendedores. Toda la publicidad y toda la promoción de la película es muy original.