Artículo de opinión de José García Abad Tiempos de hoy

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 Nº 1302. 12 de julio de 2019

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José García Abad
Sin Maldad /
José García Abad

Parece que a España le va bien la incertidumbre

 

Pedro SánchezEUROPA PRESS

El gran acierto de Sánchez ha sido monopolizar el tono amable en política,
un valor positivo que le han regalado sus competidores, que han competido en la agresividad verbal, con proliferación de descalificaciones e insultos.

En realidad, todos los presidentes de la restaurada democracia, con la excepción de José María Aznar, se han expresado con tono amable, pues lo cortés no quita lo valiente.


El presidente en funciones emite una tranquilidad sosegante en su discurso que la gente agradece. Más allá de las preferencias ideológicas de cada cual.

Hasta Felipe González, que había sido el adversario más peligroso de Sánchez en su intento de hacerse con la Secretaría General del partido, alabó el pasado miércoles su sensatez.

Eso parece, a juzgar por las perspectivas de crecimiento de la economía española, asombro de una Europa estancada que augura para nuestro país un verano saludable.  

La Comisión Europea ha incrementado en dos décimas, hasta el 2,3%, la previsión de crecimiento de la economía española para 2019, que es la que más crece de la Unión y prevé para 2020, un año en que no crecerá ningún otro socio de la misma, una elevación del 1,9. Un bienio para el que no tenemos ni idea que va a pasar en el terreno político.

Señala el informe de la Comisión que el segundo trimestre ha superado las expectativas de crecimiento gracias a un aumento del consumo. También elevó las previsiones iniciales el Banco de España y está a punto de hacerlo el Gobierno.

Curiosamente, la demanda de estabilidad, de previsibilidad, sigue siendo el tópico más empleado en el discurso político.  Los españoles no somos masoquistas, sino todo lo contrario, creo que predomina, en el fondo, una visión positiva de las cosas aunque en la superficie nos mostremos quisquillosos. Hay notable coincidencia en que el buen resultado electoral cosechado por el PSOE se debe al convencimiento de que sería quien podría ofrecer mayores garantías de una estabilidad más o menos duradera, quizás de todo un cuatrienio.


Gobernar en funciones parece de lo más normal
No es que nos guste la incertidumbre pero da la impresión de que nos hemos acoplado a ella tras más de tres años de extrema volatilidad política. Parece que ha adquirido categoría normal gobernar en funciones.
Quizás por la misma razón, la incertidumbre política ha perdido dosis de tremendismo, tras la pesadilla de la corrupción del partido que sostenía al gobierno de Mariano Rajoy, que pasó de los tribunales a la censura parlamentaria.

Hoy el Parlamento, más plural que nunca, representa con más finura a la sociedad española. Hay que agradecer a Pablo Iglesias que integrara al movimiento de cabreados que el 15-M proclamaban en la Puerta del Sol que no se sentían representados lo estén hoy a través de Podemos, que ha dejado de ser movimiento para convertirse en partido.

Obviamente, tiene su importancia que la economía marche razonablemente bien, aunque persistan serios problemas sociales y no podamos celebrar la recuperación de indicadores básicos anteriores a la crisis de 2008 que golpeó a los españoles en los últimos años de Zapatero y en la gestión de la crisis por parte de Rajoy, y a pesar del  elevado número de parados, aunque sí podamos celebrar que su número ha descendido. Concretamente, 500.000 en el último año.

Cuando se observan las cifras de parados uno se asombra de que no se haya producido una explosión social, pero sea porque las cifras de desempleo estén exageradas o al menos suavizadas por la economía subterránea, el caso es que, siendo muchas las necesidades, no vivimos una situación explosiva.

El gran problema de España sigue siendo Cataluña, aunque da la impresión que el ‘procés’ se está deteriorando. No obstante, falta la prueba de las sentencias del Supremo, sean de rebelión o de secesión, que, previsiblemente,  moverá a los separatistas a competir en radicalismo. Veremos cuál es el calibre de la reacción de la ciudadanía catalana al respecto. Pero ni siquiera ese razonable temor está empañando la sensación de que las cosas están mejorando.

Sánchez, un señor amable
El gran acierto de Sánchez ha sido monopolizar el tono amable en política, un valor positivo que le han regalado sus competidores, que han competido en la agresividad verbal, con proliferación de descalificaciones e insultos. Pablo Casado parece haber tomado nota de este hecho tras su descalabro electoral. El cambio de tono que observamos en el dirigente ‘popular’ es más significativo de su autocritica que un supuesto nuevo viaje al centro al que este partido nos tiene acostumbrados. 

Albert Rivera no parce haberlo comprendido y ahí lo tenemos perdiendo simpatías a chorro limpio. Un dirigente que gozaba de amplias simpatías por su moderación ha devenido en persona antipática. Quizás los descuelgues de buena gente de su partido se deben más a su nueva catadura que a su supuesto giro a la derecha.  No creo que  merezca el aplauso de nadie que lleve su inquina a Sánchez hasta el extremo de evitar todo roce, como si temiera que le contagiara algún virus altamente infeccioso.

Pablo Iglesias, según el CIS, gana los debates pero puede decir, como Julio Anguita y como Adolfo Suárez, cuando tras su cese fundó  el CDS: “Me quieren, me aplauden pero no me votan”.

El presidente en funciones emite una tranquilidad sosegante en su discurso que la gente agradece. Más allá de las preferencias ideológicas de cada cual.

Hasta Felipe González, que había sido el adversario más peligroso de Sánchez en su intento de hacerse con la Secretaría General del partido, alabó el pasado miércoles su sensatez.

En realidad, todos los presidentes de la restaurada democracia, con la excepción de José María Aznar, se han expresado con tono amable, pues lo cortés no quita lo valiente.

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