Entrevista a Isabel Coixet Tiempos de hoy

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 Nº 1304. 26 de julio de 2019

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Entrevista / Juana Vera (Santiago de Compostela)

Isabel Coixet, cineasta

“Dirigir es pactar constantemente”

Elisa y Marcela es su película más reciente y en diciembre se estrenará la serie Foodie Love, que acaba de rodar. Isabel Coixet (Barcelona, 1960), que ha ganado numerosos Premios Goya y ha sido galardonada con la Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes,  habla de su obsesión: “Ese mundo hostil y maravilloso al mismo tiempo. Esa dualidad que hace que el mundo sea un lugar fértil para un autor”, tal y como explica la cineasta. La inteligencia artificial, la gordofobia, el feminismo, el amor y la guerra son otros temas, a los que la creadora se enfrenta en esta entrevista. 

Isabel CoixetEUROPA PRESS

“A Donald Trump le quitaría todos sus juguetes, le prohibiría que tuviera Twitter y, ya puestos, que no exista Twitter, ¿no?” “Viajar me ha ayudado a entender que no hay pueblos que sean mejores ni peores, que no hay supremacías, que hay gilipollas en todo el mundo y gente maravillosa” “Creo que soy una persona coherente, responsable y poco más”


¿Quién es Isabel Coixet?
Una cineasta nacida en Barcelona. No sé. Estas cosas así de definirme... No sé. Alguien en el fondo muy normal, al que supongo que todo el mundo ve como una persona muy compleja, yo no me veo tan compleja. No sé. Creo que soy una persona coherente, responsable y poca cosa más.

¿Qué la conmueve?
Uhm... Muchísimas cosas. La niña de catorce años que se me acerca ayer y me dice que quiere ser cineasta gracias a mí. Un ‘somelier’ que describió ayer un vino con todos los adjetivos profesionales y a la vez con un cariño tremendo. Una paloma agonizante en la calle. Abrir el periódico cada día y ver el estado del mundo. Muchísimas cosas. Demasiadas, creo.

¿Qué queda de la hipocresía del año 1902, cuando Elisa y Marcela, protagonistas de su película más reciente, se casan? ¿Qué queda de la violencia hacia los que son diferentes?
Paradójicamente, creo que hemos avanzado mucho. Elisa y Marcela hoy tendrían una vida muy diferente. Pero quedan aún demasiadas cosas. Han cambiado las circunstancias en el Primer Mundo. Pero una historia como la de Elisa y Marcela en muchas partes del mundo sería hoy casi imposible. Vemos cómo lapidan a mujeres por ser infieles o por ser pretendidamente infieles.

En el metro de Londres, recientemente, han golpeado a dos mujeres lesbianas.
Sí. Esos gamberros se meten con cualquiera. La excusa es, en este caso, dos mujeres que se besan. Los grupos que salen a hacer gamberradas seguirán fastidiando al prójimo, lo han hecho desde tiempos inmemoriales. A pesar de esto, en el Primer Mundo historias como las de Elisa y Marcela parece que están aceptadas, legitimadas y que tendemos a respetarlas como cualquier otra unión.

Ha dicho usted, “parece”.
Parece porque todavía hay prejuicios. A la gente le gusta hablar. Le gusta criticar. En uno de los episodios de la serie que acabo de rodar, Foodie love, un personaje dice que desde el momento en que uno abre la boca, miente y que las fakes news  no son algo nuevo. Los bulos, término castellano que se acerca al de  fake news, han dado lugar a guerras. La de Irak fue provocada por una manipulación política de algo que no era verdad: las famosas armas de destrucción masiva.

La guerra y el amor siempre han ido unidas, como pareja de una danza. Una se refleja en el otro y el otro en la una. Hoy el amor se hace a menudo a golpe de tuit. ¿Hay una relación para usted entre el amor y la guerra?
Hay aspectos del progreso que no permiten dar marcha atrás. Si Eloísa y Abelardo hubieran vivido en nuestra época, seguro que su final no hubiese sido tan trágico. La inmediatez de los mensajes, la comodidad de los emoticonos, de los likes, los dislikes o los hakers, esa gente que se lo pasa bien odiando a los demás y demostrándolo, hubieran dado pábulo a una relación que hubiera transcurrido como un relámpago. Siempre pienso en muchísimas obras de Francisco de Quevedo, que me sigue pareciendo el más contemporáneo de nuestros escritores.

Usted es una mujer comprometida. En La vida secreta de las palabras reflejó los daños colaterales de la Guerra de los Balcanes en el cuerpo y la mente de una mujer. Ahora refleja los del amor en el cuerpo y la mente de dos mujeres que se aman, Elisa y Marcela.
Tampoco se crea usted que soy tan comprometida. La vida secreta de las palabras surge tras mi estancia en un país que había pasado por una guerra, la de los Balcanes. Fui a Mostar, a Sarajevo y a Belgrado dos meses después de finalizada la guerra. He visto cómo es un país devastado y una población devastada. Ver esto marcó muchísimo mi vida. No sé a cuantas mujeres entrevistamos. La secuelas de un conflicto, sobre todo en el cuerpo de la mujer, que es el gran campo de batalla, pueden no acabarse nunca. ¿Dónde queda el amor en todo esto? No lo sé. Pero ahí está la complejidad de los seres humanos. Esa capacidad para lo peor y para lo mejor. Siempre digo: lo mejor, lo peor... Pero, ¿no podemos buscar algo en lo que quizá no tengamos estos éxtasis amorosos pero en lo que al menos no dañemos al prójimo?

Quizá una forma de amar en la que el amor no esté y esté más que nunca. Una forma de amar en la que se superen todas las convenciones, de las que estamos prendidos y en las que estamos prendidos. Cuando amamos enseguida estamos prendidos de ellas. Es entonces muy difícil desprenderse y situarse en ese lugar que parece más frío y que se ve muy bien en La librería, al final de la cinta, cuando usted muestra los rostros de los personajes de forma limpia. Personajes narrados desde una soledad inmensa, no es fácil amar desde ahí ni llegar hasta ahí.
Esos rostros son los rostros del que socialmente decide callar, no ayudar, mirar hacia otro lado.

Isabel CoixetY seguir prendido, al amar, de esas convenciones; así siguen las convenciones en el lenguaje a lo largo del tiempo y en los actos de  la mayoría.
No sé mucho cómo salir de eso. He encontrado la manera de contarlo pero no de evitarlo.

¿Se halla esto presente en todas sus películas, desde Cosas que nunca te dije a Elisa y Marcela?
Es curioso cómo, incluso sobre todo en lo que acabo de rodar, que es una historia de amor con un marco de comidas, una historia de amor aparentemente frívola, aparecen muchos temas que me obsesionan. Uno intenta escapar de estas obsesiones pero al final siempre están ahí.

¿Cuáles son?
Veo el mundo como un lugar hostil y maravilloso al mismo tiempo. Esta dualidad es la que hace que al final el mundo para un autor sea un lugar muy fértil. Nada más salir a la calle, veo al señor que pasa con el bastón y el audífono y a la chica con minishorts, que pasa con unos cascos. Los dos se cruzan. En ese cruce se halla la historia del mundo. Si el mundo fuera como ‘El Show de Truman’ sería muy aburrido. Lo real es disarmónico.

Ha comentado que Foodie love se desarrolla en un marco de comidas. ¿Cuál es el papel, en Foodie love, de las tallas, de la gordofobia, tema estudiado por usted?
Los anuncios de las revistas femeninas están destinados a que te sientas mal. Para mí es tremendo. Hacen que te sientas mal para que consumas cosas que eviten que te sientas mal, esto lleva al consumo. Pienso, por otro lado, que tenemos elementos para darnos cuenta de cuándo nos toman el pelo, lo que pasa es que es más cómodo fiarte de lo que te dicen estas revistas. Llega el verano y te preguntan: ¿estás lista para el bikini? Hay una gordofobia institucionalizada.

¿A qué se debe la gordofobia?
Está creada para volver a fastidiar la vida de todos, la de los gordos, que no se nos acepta, y la de los delgados, que piensan que todos los esfuerzos para tener la talla 38 han valido la pena porque no pertenecen al grupo de los gordos y se sienten oficialmente aceptados. En un kiosco ves lo que pasa, no hace falta abrir Google para entender el mundo.

En Elisa y Marcela dignifica usted el amor entre mujeres pero hay roles: él y ella. ¿No podrían ser ella y ella?
Los roles entre ellas van variando. La dinámica entre las dos también. Al inicio la más atrevida parece Elisa pero hay una constante evolución de los roles a lo largo de la película. Y no se trata tanto, respecto a los roles de él y ella, sino de los roles en una pareja. Los roles en las parejas al final son roles de equilibrio y cambian todo el rato. Me esforcé para que así fuera. Al principio una es la fuerte y la otra se deja arrastrar, al final la que toma las decisiones es la que parece aparentemente más débil.

Muchas parejas homosexuales incluyen el machismo en sus relaciones, y los roles
Uno tiene que estar en constante construcción y evolución, verse a sí mismo y analizar lo que pasa. Y ver esa evolución constante, es agotador por eso hay mucha gente que deja de verla y se deja llevar.

La violencia de género, a la que estamos sometidos diariamente, se halla también en Elisa y Marcela. ¿Cómo podríamos, a través del pacto, de escuchar al otro, vivir con más respeto?
No tengo ni idea. Las certezas nos dan una seguridad falsa. La gente se aferra a cuatro certezas que ha mal aprendido. No quiere salir de ellas. Es mucho más fácil estar en el castillo del “no, no, esto es lo que hay, soy mucho mejor que el de al lado”, que cuestionarse. Es más fácil aferrarse a una realidad. A mí viajar me ha ayudado a entender que no hay pueblos que sean mejores ni peores, que no hay supremacías, que hay gilipollas en todo el mundo y también gente maravillosa, que comprender esto es respirarlo, vivirlo.

¿Por qué en España es tan difícil pactar en política?
Esto me parece alucinante, tristísimo, poco práctico. Sólo puedo decir que en mi vida he aprendido a trabajar con gente que ni siquiera me gusta. Pero si me veo en las circunstancias, en las que tengo que hacerlo, lo hago y procuro guardarme las manías y rencillas en el bolsillo, y pactar. No veo esa actitud en la política. Al final el cine es una especie de trabajo entre presidenta del gobierno, madre, consultora sentimental, sargento. Hay una mezcla de roles. Por ello creo justamente que dirigir películas es un oficio para el que las mujeres estamos predestinadas por las diferentes tareas que tenemos que hacer. Dirigir es estar haciendo muchas cosas a la vez, pactar constantemente, por ello  los directores de cine seríamos grandes presidentes del Gobierno.Alguna que conozco estoy convencida de que sería una gran presidenta del Gobierno: Agnes Varda, recientemente fallecida, por ejemplo. Era un puño de hierro en guante de terciopelo, una mujer muy sabia.

 ¿Piensa usted que habría que negar la participación en las elecciones democráticas a partidos que no respeten los derechos humanos, que sean xenófobos, racistas, homófobos? Estos partidos dinamitan la democracia desde dentro, ya sucedió con la llegada de Adolf Hitler al poder.
Me parece una buena propuesta. Sobre todo porque hay cosas que no están bien en los estatutos de estos partidos. Que Salvini esté en un gobierno es intolerable. Hay valores que parecían que estaban incorporados pero no lo están. Salvini, Orban ni siquiera piensan lo que dicen. Pienso que han encontrado una vía para sacar lo más rastrero y ruin de una clase social asustada y que jalean la parte más ruin que todos tenemos. Todos alguna vez nos hemos puesto furiosos con alguien que ha venido a arreglarnos algo en la casa y no lo ha hecho bien, y era de Costa de Marfil..., pero podía haber sido del pueblo de al lado.

Pero ahí está Carola Rackete. Personas como ella pueden salvar muchas cosas. ¿Es suficiente?
Tendríamos que ser más. ¿Por qué huyen de Africa los emigrantes? He visto las responsabilidades, las causas de esta emigración. Lo he visto en Africa. Hay que pensar la solución estructuralmente. Por otro lado, una vez rescatadas estas personasm ¿cómo las vamos a tratar? ¿Vamos a tratar de integrarlas? ¿A qué estamos dispuestos a renunciar de nuestro confort para ayudarlas? Somos responsables de que estén cruzando el mar en pateras Pero no sé si se podrá llegar a acuerdos en este sentido. Cuando comenzó el movimiento verde pensé, “por fin hay algo en lo que todos estaremos de acuerdo”, pero tampoco ha sido posible el acuerdo al respecto, empezando por Donald Trump. Los Demócratas estadounidenses reaccionan y pienso que no son tan dañinos, quizá soy muy ingenua, como Donald Trump, que no se corta un pelo. Le quitaría todos sus juguetes, le prohibiría que tuviera Twitter y ya puestos, que no exista Twitter, ¿no?

Prohibir los teléfonos móviles en los colegios, ¿qué le parece?
Sí, estaría bien. En los colegios, al menos ahí, sería una buena área para mejorar su uso. Al menos sería un área protegida.