Nº 602 - 10 de mayo de 2004
 
Hemeroteca Esta semana

De la sonrisa y de la amnesia

Juan Luis Cebrián ha arremetido contra José María Aznar en el diario argentino La Nación.  “Es un fascista sociológico puro que tiene una incomprensión formidable del mundo, que se sintió muy a gusto con Bush, un mediocre de parecidas características a las de él”, asevera el consejero delegado de Prisa y ex director de El País. En El Mundo le manipulan sus palabras en el titular de la noticia referida a tales declaraciones. El titular dice así: “Cebrián: «Aznar es un fascista puro(...)»”. No es lo mismo un “fascista puro” que un “fascista sociológico puro”. Ese matiz es importante, pero el diario de Pedro Jota obvia con frecuencia tal género de consideraciones. Tiene más fuerza el titular como salió que como hubiera tenido que salir. Y Cebrián, además, aparece en la versión de su principal competidor como más primario, intelectualmente más rudo.

Ramírez, en todo caso, parece mantenerse en buena forma, contra viento y marea. La primera entrevista de Zapatero como presidente se la concedió a él, con generosa exhibición fotográfica que incluyó plácido y hasta cordial paseo por los jardines de Moncloa. El célebre ya talante de Zapatero le permite, por lo visto, bailar con lobos o correr el riesgo del abrazo del oso. Tiene sus ventajas, desde luego, y algún que otro gravísimo riesgo y, si no, al tiempo. En el trato deferente con Ramírez coincide, pues, Zapatero con su ministro de Defensa, José Bono, quien tuvo al director de El Mundo de invitado en su toma de posesión, acto que  parecía una  kermés, no precisamente heroica, aunque castrense, a la que acudieron todo tipo de personajes, incluidos algunos más propios de una sesión circense, de  una fiesta mayor o de un solemne Te Deum. O de una recepción en La Granja, donde Franco celebraba cada año la conmemoración del glorioso 18 de julio. El cantante Raphael, desde luego, se ha acreditado como superviviente. Su mujer, Natalia Figueroa, lleva esa condición en la sangre: su bisabuelo, el conde de Romanones, era el más importante cacique de la provincia de Guadalajara, en la actual Castilla-La Mancha, el feudo durante más de veinte años de José Bono.

De modo que los nuevos aires del PSOE proporcionan no pocas sorpresas y, barrunto, algunas irritaciones fundamentadas. En cuanto a Ramírez hay que reconocerle que su último libro, a modo de memorias, El Desquite, contiene pasajes de alto interés general. Sabíamos de sus relaciones amistosas y abundantes con José María Aznar y su mujer, Ana Botella. Pero leyendo los capítulos que el diario ha anticipado me da la impresión que los dos matrimonios han sido, y probablemente siguen siéndolo, íntimos. Tamaña vinculación de confianza provoca un  recelo comprensible frente a su sistemática declaración definitoria de sí mismo como “periodista independiente”. Las nocheviejas las pasaban todos juntos en  Baqueira, con otros amigos como los Rato, antes de que el matrimonio de éste se rompiera, o los Villalonga, antes también de que la vieja amistad escolar entre Aznar y él se quebrara, además del vínculo matrimonial del ex presidente de Telefónica. Viejos tiempos que Ramírez no archiva en la nostalgia, sino que recupera para el presente. Loable finalidad, sin duda, que le facilitan, en paralelo, ciertas venganzas y determinados ajustes de cuentas.

Almuerzo de Año Nuevo de 1997 “en el apartamento cedido al presidente del Gobierno por la Administración del Valle de Arán en Nin de Beret”. Seis en la mesa: los Aznar, los Ramírez y los Villalonga. En el libro Ramírez  pone en boca de Aznar estas palabras: “Teníais que haber oído cómo hace tan sólo diez días Asensio me decía: «Yo seré tu hombre en la comunicación. Haré lo que tú me digas, estaré siempre a tu lado, fíate de mí, reconozco que en el pasado la línea de mi grupo ha sido otra, pero me doy cuenta de que estábamos equivocados...»” Y éstas otras: “Luis María Anson, que lo conoce bien, me comentó el otro día que no es que Asensio mienta, sino que tiene un código moral distinto al de los demás mortales”. (Apostillo lo de Anson de inmediato. Que Luis María adoctrinase a José María Aznar sobre códigos morales  me parece de una osadía que roza la magia negra. Lo digo tanto por Anson como por Aznar. Y que fuera escuchado ese día 1 de enero por el resto de comensales me ratifica en mi apreciación).

El relato añade diversos detalles sobresalientes sobre la situación mediática y el malestar de los presentes por el pacto renovado con Polanco y por algunas intervenciones de Jordi Pujol, en aquella época aliado preferente y estrictamente necesario del PP. Al parecer, Pujol le habría insinuado a Aznar la conveniencia de alcanzar una especie de acuerdo pactado entre los protagonistas de la profunda crisis existente en el sector de la comunicación. Habla Aznar a sus invitados de la comida citada: “Bueno, yo le dije (a Pujol) que si de lo que se trataba al final era de pactar con Polanco, lo que sobraba era la plataforma promovida por Telefónica, TVE y TV3. Para pactar con Polanco sobra todo eso. Y a mí, desde luego, oportunidades no me han faltado”. Aclara Ramírez que Aznar “se refería a los reiterados acercamientos que desde el entorno del grupo Prisa había tenido antes y después de las elecciones. Si quería que El País y la SER lo trataran bien, no tenía más que dejarles seguir adelante con su monopolio de hecho de la televisión de pago (...) Él había rechazado deliberadamente ese trato porque hubiera supuesto traicionar uno de los aspectos básicos del modelo de sociedad que defendía su partido. El PP debía fomentar el pluralismo, no la concentración de poder”.

Tras los años transcurridos bajo el Gobierno de Aznar, este discurso del pluralismo informativo suena a sarcasmo. Sin embargo, sí parece cierto que, como apunta Ramírez, hubo intentos de acercamiento del grupo Prisa hacia Aznar y el PP. Algunos de estos guiños llegaron a ser públicos: están en la hemeroteca, por ejemplo, de El País. Recuerdo un extenso artículo de Cebrián precisamente, si mi frágil memoria no me falla, decretando el fin del ciclo socialista, encabezado por Felipe González, luego tan amigo suyo, y el inicio de la etapa del PP. Creo que yo escribí en estas misma páginas acerca de la teoría de Cebrián sobre Aznar, observación que era benevolente y muy distante a la que describía recientemente al mencionado periódico argentino. El número 2 de Prisa extendió entonces, cuando ya se oteaba en el horizonte la llegada del PP al poder, una especie de certificado de democracia destinado a José María Aznar y su alegre muchachada. Son conservadores templados, homologables a la derecha europea, para nada franquistas y verdaderamente democráticos. Bienvenidos, venía a decir Cebrián.

Es conocido cuanto sucedió. Aznar no sólo rechazó ese intento de acuerdo, sino que puso en marcha una guerra, preventiva o no, pero de enorme crueldad, contra Prisa. Más tarde hizo todo lo posible para sojuzgar a los medios informativos: los públicos, léase Sáenz de Buruaga y Urdaci, pongamos por caso, y también los privados, desde Antena 3, Onda Cero o la COPE, y mucha prensa escrita. Intervino, recriminó, vetó, depuso directores y los nombró él directamente desde Moncloa. Hasta el último minuto, recuérdense las llamadas telefónicas a los directores de Madrid y Barcelona el día 11 de marzo, intoxicó. Ha sido ETA, te doy mi palabra. Mintió.

El PP controló RTVE de forma que no admite comparaciones después de 1977/78, salvo quizá el paréntesis negro de Robles Piquer, el cuñadísimo de Fraga. Ahora el aludido talante de Rodríguez Zapatero le ha llevado a nombramientos en el ente público de Prado del Rey y el Pirulí inodoros, incoloros y se ignora si insípidos, aunque se sospecha que es probable. Hasta el director de TVE nombrado por el PP, Juan Menor, ha sido ratificado en el cargo, como si durante los años más oprobiosos de la historia democrática de RTVE, desde el Prestige a la guerra, este señor hubiera sido simplemente el responsable de conserjes de la planta tercera de Torre España. La directora general, Carmen Caffarel, debe ser, sin duda, una mujer competente y conocedora, por su especialidad universitaria, de los medios audiovisuales. Pero si Rodríguez Zapatero creía que nombrando a una persona más bien anónima iba a tranquilizar a la oposición de la derecha, pronto los hechos le habrán hecho, en su fuero interno, dudar, al menos del acierto. Caffarel, al ordenar la retirada del recurso de TVE contra la sentencia que había condenado a Urdaci, objetivo plausible y elogiable, ha empezado a conocer los zarpazos de la fiera. Dios la proteja, que no la protegerá Menor. Ni Piqueras, claro. El talante de Zapatero resulta admirable. Pero el presidente socialista no debería olvidar que, con harta frecuencia, los mercenarios y los chaqueteros dejan a quienes los contrataron en la estacada. Se cambian de bandera en el momento oportuno y, por consiguiente,  en el momento más inoportuno para quienes confiaron en ellos exhibiendo, los que los nombraron, una amable sonrisa y una gran dosis de amnesia.

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