Nº 603
17/5 /2004

La fuerza del escándalo


Abu Ghraib, la prisión iraquí administrada por Estados Unidos, acredita sobrados méritos para ingresar con todos los deshonores en la Historia Universal de la Infamia. Los ciudadanos del mundo prospero y democrático no damos crédito a nuestros ojos. ¿O sí? La ciudadanía satisfecha, optimista y de principios del Primer Mundo mantenía con orgullo la convicción o al menos la convención de que las torturas, como las materias primas, procedían del subdesarrollo y de la dictadura, un matrimonio indisoluble. Las torturas, junto al petróleo, eran lo propio del Iraq de Saddam Hussein.
El conocimiento de que tales infamias se producían en las cárceles controladas por el líder del mundo desarrollado y, sobre todo, que tales desmanes se hayan hecho públicos y se introduzcan en las pantallas de nuestros protegidos hogares ha provocado estupor y desencadenará consecuencias profundas. Las fotos de Abu Ghraib, más allá de la infamia, harán historia política y provocarán -así lo espero- límites a la acción clandestina de los gobiernos.

En Estados Unidos manda desde Reagan una deriva de extrema derecha surgida del Partido Republicano que George W. Bush ha llevado a extremos que pisan las señas de identidad de la nación Sin embargo, ni Reagan ni los dos Bush pueden hacernos olvidar la grandeza de este país que puede enorgullecerse de ser pionero de la democracia moderna; la revolución americana ligada a su guerra por la independencia fue anterior y más profundamente democrática, moderna y duradera que la Revolución Francesa que inspiró la emancipación ciudadana en Europa. Los norteamericanos han mantenido sin interrupción la democracia a lo largo de más de dos siglos consagrada en una Constitución que permanece vigente gracias a sus enmiendas. La convulsión experimentada en la conciencia americana por la infamia de la prisión iraquí irradiará el mundo con más eficacia e intensidad que el malestar provocado el pasado siglo por los abusos coloniales perpetrados por las potencias europeas durante los dos pasados siglos.

Los ciudadanos americanos están fuertemente escandalizados. Ciertamente los terribles atentados del 11 de septiembre de 2001 que provocaron el derrumbamiento de las Torres Gemelas rectificaron la historia y las convenciones políticas, aunque no sus instituciones. El traumático acontecimiento no ha provocado, en efecto, enmiendas constitucionales sino excepciones, un verdadero virus en el sistema, una excepción de legalidad que afecta singularmente al imperativo de Seguridad. Su primera consecuencia práctica fue el limbo legal de Guantánamo y, después, la guantanamización extrema de Iraq. En el fondo es un comportamiento tan antiguo como el mundo que reside en el meollo de las sociedades humanas: la prevalencia del orden sobre la libertad y la justicia. La civilización consiste en armonizar orden, libertad y justicia desde la constatación de que no puede haber orden duradero sin libertad ni justicia, pero en momentos de crisis extrema se impone la lógica de la seguridad. Las torturas de Abu Ghraib nos recuerdan una constatación de Perogrullo: que cada sociedad se permite la libertad que puede permitirse, o que estima que puede permitirse. La diferencia con tiempos pasados es que el estómago ciudadano se ha hecho muy delicado y no quiere enterarse de los procedimientos que se utilizan para garantizar nuestra vida tranquila. En la excepción que vivimos desde el 11de Septiembre del imperio de la ley y de los principios, muchos ciudadanos optan por el derecho a no enterarse y por el consumo acrítico de las versiones oficiales. La Iglesia ya había desarrollado el horror al escándalo, al que atribuye más gravedad que al propio delito, y amenazaba a sus perpetradores con la pena de inmersión en el mar previamente atados a una rueda de molino, un procedimiento actualizado por la mafia, que sustituyó las escasas ruedas de molino existentes por bloques de cemento más manejables. Los ciudadanos bienpensantes no han podido atrincherarse en el privilegio de no enterarse.

Las fotos circuladas y las imaginadas, las que están sometidas al secreto dando pábulo a la imaginación más fantástica han hecho imposible mirar para otro lado. La ciudadanía se encuentra ahora frente a un hecho moral descarnado, sin coartadas ni subterfugios, que quizás lleve a la constatación de que la superioridad de Estados Unidos, de la civilización cristiana y de la cultura occidental inspirada en un laicismo liberador en que desembocó la segunda siguen vigentes con la condición de que no se las ponga a prueba. Pero justamente el escándalo es la única esperanza. Sólo el conocimiento de los hechos provocará el suficiente horror para que no se repitan.

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