
El Acento/ Inmaculada Sánchez.
Hubo un tiempo en que casi todo lo que ocurría en la política española venía determinado por Cataluña. Hablo de los agitados años del procés, cuando Mariano Rajoy capeaba las olas de corrupción que sacudían a su partido con el traje de presidente firme, resuelto y duro ante los secesionistas y toda campaña electoral, propuesta o discurso quedaba sumergido en la defensa de la unidad de la patria, sin matices ni solución.
La inesperada llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa, tras la primera moción de censura que ha triunfado en el Congreso, entreabrió una puerta a otros horizontes. Después de una insólita repetición electoral por incapacidad de conformar mayorías, la coalición que, por fin, suscribieron Sánchez e Iglesias en diciembre de 2019 dio forma a lo que unos llamaron ‘bloque de la investidura’ y otros ‘gobierno Frankenstein’ donde anclar un Ejecutivo de izquierdas plural en el que, además, se implicaban parte de los independentistas catalanes con algún objetivo más allá de la secesión: impedir un gobierno de la derecha en España.

El bloque de investidura más que roto está desaparecido. Cada cual decide ya en clave de fin de ciclo. Y Cataluña vuelve a ser un actor en el escenario.
Indultos, pandemia y una descomunal crisis económica después, además del cambio en el liderazgo del independentismo catalán, con el sorpasso de la ERC de Junqueras al Junts de Puigdemont y la llegada a la presidencia del Govern de Pere Aragonés, Cataluña sigue siendo un grave problema pendiente para España pero sus protagonistas manejan otros calendarios y han ampliado sus prioridades. Esquerra ha arrancado en este tiempo sabrosos ‘botínes’ políticos haciendo valer sus votos y escaños en el Congreso -desde contrapartidas económicas en los Presupuestos hasta obligatorias cuotas de doblaje al catalán de las plataformas de televisión- exhibiendo su capacidad práctica de conseguir mejoras en la vida de los catalanes, más allá de las cuestiones identitarias.
Pero llegó Pegasus y todo cambió. O ya venía cambiando desde que la guerra de Ucrania volvió a poner patas arriba la hoja de ruta que Moncloa preparaba gracias a la prevista recuperación económica, los fondos europeos y la crisis de gobierno de julio pasado, con sus ministros socialistas más frescos y jóvenes para encararla. La publicación del espionaje masivo a dirigentes independentistas a través del programa Pegasus, de compra y acceso restringido a gobiernos e implementado por el CNI, ha vuelto a tocar a rebato al aletargado corazón indepe catalán. Y ha demostrado que la competencia entre republicanos y partidarios de Puigdemont aún no está resuelta, pese al veredicto de las urnas.
ERC ha votado no al crucial decreto de medidas anticrisis de este jueves en otra votación de infarto para el Gobierno, sólo salvada in extremis por los 5 diputados de EH Bildu que, por primera vez, deciden lo contrario a sus colegas catalanes, con quienes suscribieron un acuerdo de «unidad de acción política» en el Congreso a comienzo de legislatura. «Por la gente, no por el Gobierno», como ha explicado su portavoz, Mertxe Aizpurua.
El resultado de esta votación augura un recorrido en lo que resta de legislatura lleno de peligros y zozobra para Moncloa. El bloque de investidura más que roto está desaparecido. Cada cual decide en clave de fin de ciclo. Y Cataluña vuelve a ser un actor en el escenario.
Periodista y directora de ‘El Siglo’ desde 2011, revista que contribuye a fundar, en 1991, formando parte de su primer equipo como jefa de la sección de Nacional. Anteriormente trabajó en las revistas ‘Cambio 16’ y ‘El Nuevo Lunes’ y en la Cadena Ser. Actualmente también participa asiduamente en diferentes tertulias políticas de TVE y de Telemadrid







