
El Acento/ Inmaculada Sánchez
Andan los socialistas estos días de subidón. No es de extrañar. La pandemia remite, los indicadores económicos repuntan -si los precios energéticos no frenan la recuperación-, Moncloa luce flamante y joven Gobierno y su reciente 40 congreso federal les ha salido redondo, incluido un emotivo abrazo entre Felipe González y Pedro Sánchez. Unidad, renovación, gobierno y, por mucho que digan las encuestas a favor de Casado, la más que probable aprobación de unos Presupuestos para terminar la legislatura y forjar un suelo, por tanto, sobre el que transitar los próximos dos años para remontarlas.
Pese a todo, las certezas son escasas, como bien saben los actores de la política española desde que el bipartidismo pasó a la historia y la aritmética parlamentaria, nivel premium, rige los destinos del gobierno de turno. En aplicarse a ella están ya los nuevos pretorianos de Sánchez, como contamos esta semana en ‘El Siglo’ y, también, en no perder de vista un factor imprevisible y decisivo que lleva, por primera vez, nombre de mujer: el de la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz.

Díaz no quiere encabezar una marca controlada por Podemos e IU, partidos en los que no milita. Quiere libertad y mando en plaza a cambio de la exigente y arriesgada decisión de ponerse al frente
Desde que Podemos irrumpió en el tablero, en lenguaje de Pablo Iglesias, la única suma capaz de poner la Moncloa al alcance de la izquierda pasa por que los socialistas sean capaces de entenderse con quienes, hasta hace poco, no les dejaban dormir por la noche. Pese al lento y sostenido descenso electoral de los morados, sin ellos, ni sin quienes en los primeros compases de la irrupción podemita les acompañaron, el PSOE sería incapaz de hacer frente a una derecha en proceso de recomposición tras la debacle de Ciudadanos. Es por eso que la sucesión del liderazgo en ese espacio y los pasos que está dando la ‘elegida’ resulten tan cruciales.
La ministra de Trabajo y vicepresidenta segunda, que tan pronto detectó su fuerza en su cartera ministerial antes que en el orden jerárquico del Gabinete, no deja pasar semana sin lanzar señales al auditorio. La cuestión es que no todos los convocados las entienden de la misma manera. Díaz, que, como es sabido, no milita ni en Podemos ni en Izquierda Unida, aunque mantiene orgullosa su carné del PCE, no quiere encabezar una marca controlada por ninguno de esos partidos. Quiere libertad y mando en plaza a cambio de la exigente y arriesgada decisión de ponerse al frente que se la pide. La fórmula buscada para conseguirlo es la de sumar y concitar más adhesiones, más actores, según explican en su entorno, que legitimen y apuntalen su liderazgo más allá del escenario podemita. Los morados, de momento, ya tienen hasta asumido que en la futura candidatura electoral no mandará su nombre.
La tarea es compleja y no exenta de riesgos. Llamar a la puerta de quienes, en su día, se alejaron de la papeleta Unidas-Podemos, desde los errejonistas de Más País hasta los verdes de Equo, los valencianos de Compromis o las muy diversas Mareas gallegas, exige una capacidad de seducción que, hasta el momento, no le ha fallado a Díaz, la ministra mejor valorada por los ciudadanos, según el CIS, y la constructora de una valiosa alianza con los sindicatos.
Sin embargo, experiencias conocidas como la de la plataforma diseñada en su día en torno a Manuela Carmena para conquistar la alcaldía de Madrid, que ha sido incapaz de sobrevivir, víctima de su falta de cohesión, tanto en objetivos como en equipos y organización, vuelven a alertar de los peligros que conllevan apuestas tan personalistas como diversas. Y del valor de un partido político fuerte.
No son pocos los focos que apuntan directamente a Yolanda Díaz. El nuevo PSOE surgido de su reciente congreso también ha encendido el suyo y mientras el presidente Sánchez habla en positivo de los esfuerzos de la gallega por unir elementos dispersos a su izquierda, consciente del sistema electoral que tenemos, a su partido le ha encomendado la tarea de reducir sus posibilidades. De ahí el rejuvenecimiento de equipos o la feminización de portavoces. Los socialistas nunca van a aceptar que se hable de Díaz como posible presidenta del Gobierno, como hacen estos días algunos gurús demoscópicos. Nada está escrito. Lo único cierto es que el ‘factor Yolanda’ ya ocupa uno de los primeros lugares en los cuadernos de estrategia política del país.
Periodista y directora de El Siglo desde 2011, revista que contribuye a fundar, en 1991, formando parte de su primer equipo como jefa de la sección de Nacional. Anteriormente trabajó en las revistas Cambio 16 y El Nuevo Lunes y en la Cadena Ser. Actualmente también participa asiduamente en diferentes tertulias políticas de TVE y de Telemadrid.






