Un día después de presentar sus avales como candidato a la presidencia del PP, Alberto Núñez Feijóo comenzaba la jornada con el acuerdo de Gobierno con Vox en Castilla y León. La coherencia política del presidente autonómico de las cuatro mayorías absolutas se topaba de bruces con la realidad de los pactos y confirmaba que el líder moderado que presumía ser en Galicia no va a poner un cordón sanitario a la ultraderecha en los Ejecutivos, como sí han hecho sus socios europeos en países como Alemania y Francia. El referente moral y político de los populares, próximo líder del partido y candidato a la presidencia del país, acaba de tropezar con la primera de sus contradicciones. Y eso que aún le quedan 20 días para ser elegido por aclamación.
España fue uno de los últimos países europeos donde irrumpía la extrema derecha y hoy es el primero que le da entrada al gobierno. Al de Castilla y León, la región gobernada por Alfonso Fernández Mañueco y Francisco Igea sin dificultad aparente desde las autonómicas de 2019 hasta que un error de cálculo del PP de finales de diciembre rompía con Ciudadanos para acabar dándole el mismo poder institucional a Vox en poco más de dos meses.
Aquella decisión nada tiene que ver con Alberto Núñez Feijóo, aunque sí con la forma en que ha llegado a las puertas de la presidencia del PP. Es, de hecho, la herencia que le ha dejado Pablo Casado, la de un partido ultra que les está comiendo el terreno electoral y al que los populares habrán de dar entrada en los Ejecutivos si quieren gobernar.
El presidente del PPE califica el pacto de “capitulación”
Porque de eso ya no ha quedado ninguna duda. En países como Francia y Alemania, los socios del Partido Popular Europeo han establecido un cordón sanitario para que Agrupación Nacional y Alternativa para Alemania no entren en las instituciones a costa incluso de perder el poder. En España, el PP acaba de abrirle la puerta grande de la Junta de Castilla y León con una vicepresidencia y tres consejerías que, sumadas a la presidencia de las Cortes regionales, hacen pleno de exigencias del grupo parlamentario liderado por Juan García-Gallardo, un joven burgalés penalista de profesión que, antes de anunciarse su candidatura, había escrito en Twitter mensajes como “hay que heterosexualizar ese deporte repleto de maricones”, en alusión al fútbol, o “ser feminista es una ridiculez, más aún si no eres una mujer”.
De los 32 puntos acordados por Alfonso Fernández Mañueco y su nuevo socio ultra, destaca precisamente el compromiso de impulsar una ley de violencia intrafamiliar, la forma con la que Vox pretende eliminar las leyes contra la violencia machista y asentar un discurso tramposo que el líder popular en Castilla y León ha asumido como propio para poder repetir en el cargo. “Hay que proteger a las víctimas de la violencia, sea la violencia machista, terrorista, sexo o raza”, decía en una rueda de prensa conjunta con Gallardo ante las insistentes preguntas de los periodistas.
Tenso estreno
La víspera de la consumación del pacto, Alberto Núñez Feijóo presentaba en Génova 13 más de 55.000 avales para formalizar su candidatura a la presidencia del PP, que será efectiva en el congreso extraordinario del primer fin de semana de abril en Sevilla.
Pero, en rueda de prensa, el interés se centraba en la posibilidad de que su partido llegara a un acuerdo de Gobierno con la ultraderecha, aunque el gallego no quiso responder de forma directa y dio un rodeo forzado. “Si el PSOE insiste en bloquear la investidura y que haya elecciones anticipadas, se abre un escenario que nadie mejor que Mañueco para interpretarlo”, dijo.

Poco antes de que el barón castellanoleonés anunciara el acuerdo, Cuca Gamarra y Esteban González Pons, el mismo que días antes calificaba a la formación de Santiago Abascal de extrema derecha, también seguían responsabilizando al PSOE de las negociaciones que los populares en la región acababa de cerrar con Vox. Y Juan Manuel Moreno, en su intervención en el Parlamento andaluz durante la sesión de control al Gobierno, defendía que “lo que ocurra en una comunidad autónoma no va a marcar lo que ocurra en otra comunidad”.
A pesar de ello el nuevo PP, liderado ya por el barón moderado que daba lecciones de centralidad a Casado cada vez que le iba mal en las elecciones, ha roto el consenso de los conservadores europeos. Apenas unas horas después de formalizarse en las Cortes castellanoleonesas el pacto con Vox, el presidente del PPE, Donald Tusk, calificaba duramente el acuerdo, hablando de “capitulación” de los populares y de “triste sorpresa” que, dijo, espera que sea “un accidente” y no una tendencia en España.
“Pablo Casado era una garantía personal de mantener al Partido Popular en el centro derecha evitando este tipo de coqueteos con los radicales, con movimientos de extrema derecha como Vox”, subrayó el también exprimer ministro polaco. Un premio de consolación para el presidente saliente que, salvo una inimaginable renuncia al poder y una nueva convocatoria electoral, no tenía más alternativa que sus colegas cuando aún lideraba el partido semanas atrás.
Dura ‘bienvenida’
En España, las formaciones de izquierda subrayaban la responsabilidad de Feijóo que, en su primer reto como líder político fuera de Galicia, incurría en una contradicción convertida ya en su mayor debilidad.
El pacto castellanoleonés va a marcar el ciclo electoral
Su primera decisión “le va a hipotecar”, decía el líder de Más País, Íñigo Errejón, desde el Congreso. “Es la carta de presentación del Feijóo moderado”, subrayaba. El todavía presidente de la Xunta es “camaleónico. Juega a ser moderado en algunas ocasiones y, el resto del año, ultraespañolista”, aseguraba el portavoz del BNG en la Cámara baja, Néstor Rego. Si es el cambio que quiere para su partido, “mal vamos”, contestaba Aitor Esteban, del PNV, preguntado por el papel que el ‘aclamado’ líder del PP haya podido jugar en el acuerdo autonómico. “El señor Feijóo estrena su liderazgo abriéndole la puerta del Gobierno a la extrema derecha”. “El nuevo PP es el más viejo de todos”, criticaba Adriana Lastra, diputada y vicesecretaria general del PSOE.
A poco más de 20 días de que se celebre el cónclave donde será proclamado presidente, los adversarios políticos de Feijóo le daban su ‘particular’ bienvenida, mientras él trataba de desembarazarse de una responsabilidad que ya empieza a pesarle sosteniendo que el acuerdo con Vox era “responsabilidad” de Mañueco, que su compañero acababa de “evitar un adelanto electoral” y que el PSOE no había permitido que el PP gobernara en solitario.
El PSOE, un partido que gobierna con “la extrema izquierda populista” y se apoya en las fuerzas independentistas, añadió. Como si fuera Pablo Casado quien hablara. Porque no es lo mismo mantener la apariencia de moderación desde la mayoría absoluta de un Ejecutivo autonómico que hacerlo al frente de la oposición con la ultraderecha pisándole los talones en toda España.







