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 Nº 1274. 21  de diciembre de 2018

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

Pedir la Luna, lo imposible

 Al juez Florit no se le ocurrió otra cosa que requisar los teléfonos de los periodistas Kiko Mestre (Diario de Mallorca) y Blanca Pou (Europa Press), además de hurgar en esas redacciones a la busca de vaya usted a saber qué. / EUROPA PRESS

El pasado 6 de diciembre los próceres patrios metieron la Constitución hasta en la tortilla de patatas y brindaron por esa norma fundacional que está hecha unos zorros: la usura del tiempo la ha raído como un abrigo viejo y cuelga del perchero en espera de ser cambiada por otra nueva. Entre los otros medios por los que se puede hacer la guerra, diría Clausewitz, uno es éste, dejar que se vaya pudriendo, porque los padres patrios no están dispuestos a sentarse a la mesa para lo fundamental que a todos interesaría, sólo de sus réditos electorales, mientras el país se va yendo por múltiples desaguaderos cada vez mayores. Y tres cuartos de hora más o menos después de tanta alocución, predica y brindis, llega un tal Miquel Florit, juez de Mallorca por más señas, y se carga el artículo 20 de esa Constitución tan floreada que defiende el secreto profesional de los periodistas; una muesca más en el rosario de desprestigios (cuántos y hasta cuándo) del poder judicial. Algo bueno ha tenido ese apellido: recordarme al poeta Eugenio Florit, madrileño de nacimiento, cubano desde la adolescencia, adscrito a la órbita de Juan Ramón Jiménez y los poetas Puros (Salinas, Guillén), y traerme a mi memoria retazos de algunos versos: “que salgan los sueños a morderte”, “es como que te ahoga el pensamiento / que quiere hablar, salir, volar, / y cada vez da en la jaula”.


Los sueños a morderte
En la jaula damos si volvemos al juez Florit, que según la prensa de la derecha pertenece a la “izquierdista” asociación Jueces para la Democracia: no se le ocurrió otra cosa, cinco días después de las magnas celebraciones, que requisar los teléfonos de los periodistas Kiko Mestre (Diario de Mallorca) y Blanca Pou (Europa Press), además de hurgar en esas redacciones a la busca de vaya usted a saber qué. Se hace por primera vez que yo recuerde en los años constitucionales. Parecía sagrado, según el artículo 20, el derecho de la prensa a mantener el secreto sobre sus fuentes, y así lo han ratificado distintos juicios. Ese derecho no es ilimitado ni infinito, desde luego, y tiene que haber fundadas y gravísimas sospechas para hacerlo: por ejemplo, barrunto de que Mestre habría podido ser en su momento uno de los asesinos de Kennedy, o Pou tal vez haya estado implicada en el origen de la Guerra de los Cien Años, y en ambas redacciones quizá haya tramado el complot de la nazi Noche de los Cristales Rotos. Como la causa es secreta, Florit tiene tiempo todavía de explicar la motivación de sus requisas y registros; y así, quizá, se lo haya hecho saber a la fiscal general del Estado, María José Segarra, nombrada hace medio año por el PSOE, que se puso de perfil (como los superiores mallorquines de Florit) al recibir la noticia, pese a que, según la prensa, la operación apunta contra el fiscal de esa causa, el ‘caso Cursach’, un empresario de la noche de las islas acusado, entre otras cosas, de soborno de policías y funcionarios. Una especie de mafia en pequeña escala. ¡Qué poder tienen algunos, el de escribir torcido en líneas rectas!

Se ha impuesto doble trabajo el juez Florit, porque esta misma semana el Tribunal Superior de Justicia de Baleares ha cedido investigarlo, a instancias de la prensa afectada, por “presunta prevaricación judicial y contra la inviolabilidad del domicilio y el ejercicio del secreto profesional de los periodistas”. No tiemble el juez Florit: perro no come perro, y la no pena que se le imponga no reparará los daños de su explosivo artefacto de ese día 11. Ya tienen algunos un precedente para entrar a saco en redacciones y móviles; ¿qué fuente va a querer denunciar corrupciones, sobornos y blanqueos? Estamos cada día más cerca de la mejor de las Españas posibles.


Los tiranos también sueñan

Calígula, de Albert Camus, en versión de Borja Sitjà dirigida Mario Gas, puede verse en el Teatro María Guerrero de Madrid.

Un ejemplo de esas ansias de impedir (y pedir) lo imposible (que la Justicia haga su trabajo de manera decente y transparente, por decir algo) ha sido el comportamiento de muchos dictadores. Es lo que ejemplifica Calígula, tragedia de Albert Camus estrenada en el Centro Dramático Nacional (Teatro María Guerrero) bajo la dirección, siempre culta, sutil, ajustada a texto, de Mario Gas, en una versión adaptada por Borja Sitjà para ir a lo esencial y eliminar los mil y un personajes (casi) de uso en el teatro la época. Nada que objetar a ese “recorte”, cuyo resultado tiene como protagonista a Pablo Derqui, secundado por Borja Espinosa, Pep Ferrer, Mónica López, y cinco intérpretes más. La obra, escrita en 1938, cuando Camus, de 25 años, y recién salido de la adolescencia, tenía problemas de salud y pensaba hallarse a unos pasos de la muerte, se publicaría en 1944 y se estrenaría al año siguiente; de ahí que su reescritura final subraye la dimensión política y deje ecos del ascenso del nazismo y del estruendo que ya provocaba la Segunda Guerra Mundial. Pero, en esencia, Calígula se enfrenta al sentido de la existencia, individual y general, en medio de la corriente existencialista que se abría paso en la escritura francesa de la época, aunque Camus siempre rechazara el marchamo de existencialista. Para su trama, se basó en la biografía de ese emperador romano escrita por Suetonio en Vida de los doce Césares (hay edición reciente en Alianza Editorial, traducida por David Castro), libro cuya lectura he recomendado varias veces en estas mismas páginas: como El príncipe de Maquiavelo, enseña más y analiza mejor la verità effetuale de la política que el noventa por ciento de nuestros ensayos contemporáneos.

Cierto, la imagen que Suetonio da de sus Césares, y en concreto de este Calígula (nacido en el 12 y muerto en el 41) que rigió los destinos del Imperio romano tres años y medio, desde el 37 hasta su asesinato organizado por Casio Querea y su guardia pretoriana, con el Senado y la clase de los équites involucrados, es difusa. Los pocos datos fehacientes que ofrecen los historiadores –Suetonio escribe sus Vidas setenta años más tarde– permite a Camus trabajar sobre dos datos muy genéricos: un gobierno inicial bien aceptado hasta que la muerte de su hermana y amante Drusila enloquece a Calígula; se encierra entonces en sí mismo para, con su poder omnímodo, desear lo imposible, la luna; se rige por sus manías, demostrando a su entorno que, como emperador, puede matar, ajusticiar, apoderarse de las mujeres de los más altos cargos, obediente a su capricho de libertad total, porque ha llegado a la conclusión de que la vida es absurda, y “los hombres mueren pero no son felices”. Queda abocado así al nihilismo; para reparar esa insatisfacción existencial, se nombra dios (el primero de los emperadores en hacerlo) y decide que el asesinato arbitrario es el mejor modo de reparar esa infelicidad, causada por todos; todos son culpables, como Suetonio pone en su boca. Aunque termine admitiendo que “matar no es la solución”, lo hace cuando sabe que es imposible alcanzar la luna, metáfora de la imposibilidad de vivir de forma estética y moral en este mundo. El resultado, un monstruo que debe suicidarse para seguir siendo fiel a su negación de los valores morales.

La pieza mantiene, desde el punto de vista teatral, cierta potencia –dejando a un lado el exceso de grandes frases– gracias a la sucesión rápida de las escenas y de la locura que va impregnando a un Calígula que Pablo Derqui encarna bien, salvo alguna sobreactuación –las dos escenas en que interviene la música (el Let’s Dance de Bowie) y él baila una especie de danza de la muerte– en ese camino a la locura y la muerte que el propio Calígula acepta, no sin llevarse por delante a Cesonia.


La victoria de Camus
Más que este Calígula, sigue teniendo importancia la figura de Camus, de quien ha quedado viva esa impronta moral de actuación política, literaria y periodística, y ese pensamiento riguroso en busca de solución a los problemas capitales que surgen entre vida, conducta y pensamiento. Si su teatro ha perdido fuelle sobre las tablas, sus personajes son ideas que exponen el compromiso político del autor, desde la primera, y poco conocida, Rebelión en Asturias, sobre las insurrecciones mineras de 1934. Por suerte, a diferencia de su “adversario” Jean-Paul Sartre, a quien su adhesión al estalinismo de los años sesenta y posteriores ha terminado difuminando, está bien servido en español: su obra casi completa se publicó en cinco tomos, en edición al cuidado de José María Guelbenzu (Obras, Alianza Tres, 1996), y en librerías se encuentran los títulos sueltos en la colección de Bolsillo de esa misma editorial. La de Calígula, en traducción perfecta, como todas las suyas (y no es elogio corporativo), hecha por Javier Albiñana.

 

 

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena. 

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