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 Nº 1277. 18 de enero de 2019

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

José Luis Alcobendas, actor

“La verdad tiene un precio muy alto”

‘Nekrassov’ es una farsa, la única comedia escrita por Jean-Paul Sartre, una feroz sátira sobre los medios de información durante la Guerra Fría. José Luis Alcobendas encarna a un periodista honesto que se ve obligado a escribir diariamente noticias falsas sobre los comunistas en la página cinco de un periódico conservador parisino, lo que acaba provocándole un permanente estado de angustia. Viene José Luis Alcobendas de triunfar como protagonista de ‘El concierto de San Ovidio’, de Buero, y hace años dejó su profesión de veterinario para dedicarse a la interpretación. ‘Nekrassov’ estará en el Teatro de La Abadía de Madrid hasta el 24 de febrero.


“Mi personaje en ‘Nekrassov’ es un periodista obligado a escribir diariamente contra el comunismo”
 
“Sartre dibuja aquí unos personajes que quizás son arquetipos, pero ilustran muy bien lo que es el ser humano, con sus miserias, sus miedos y sus dudas”

El teatro responde a un pacto entre el público y los actores que Jorge Luis Borges vino a definir como que en el teatro unas personas van a engañar a otras que están dispuestas a dejarse engañar. Pero en ‘El concierto de San Ovidio’, de Buero, usted interpretó a un personaje lleno de maldad y logró crear tal desapego en el público que, en la función del Domingo de Ramos, cuando el ciego se disponía a matar en la ficción a su personaje alguien gritó desde el patio de butacas: “Dale, mátalo”. ¿Cómo se consigue?
Fundamentalmente el teatro es eso, se puede llamar engaño, se puede llamar pacto, el pacto por una convención. Afortunadamente el ser humano tiene esa capacidad de imaginar y, en el caso del teatro, de aceptar esa propuesta por parte del actor: “Os vamos a contar esta historia y vosotros tenéis que hacer lo posible por creerla”. Y se forma ahí una especie de pacto y una energía que fluye. Se acepta la convención por parte de todos y, a partir de ahí, se da rienda suelta a la imaginación y eso nos coloca ante verdades universales a través de la comedia, del drama o de la tragedia. Y en ‘El concierto de San Ovidio’ se cuenta una historia muy clara, de modo que el público, si tú consigues que se crea esa historia, que acepte la convención, y que surja esa atmósfera, se va a producir finalmente una situación extrema que el espectador va a vivir como suya. Esa es la gran baza del teatro, consiste en disparar la imaginación del espectador, de modo que un simple cartón puede servir para que el público considere que es una espada, una espada que va a producir sangre. A partir de ahí todo resulta posible. Por eso no es de extrañar que en ‘El concierto de San Ovidio’ pudiera surgir en un momento determinado esa reacción del público, por todo el trabajo que había detrás de ese montaje. Ese espectador que grita “que lo maten”, “que lo maten”, es el resultado de la labor del escenógrafo, del iluminador, del director, y de los actores, que estamos ahí para contar una historia y para llegar a un momento climático como ése, que provoque una reacción entre el público. Eso es básico en el teatro. Incluso hace años el público se expresaba más directamente. Ahora se han establecido otras normas. Pero se sigue produciendo en el teatro ese milagro de la comunicación. El público se cree la historia y reacciona ante eso.

De la obra ‘Nekrassov’ se ha escrito que es “teatro político a ritmo de folletín popular” y se ha dicho que consiste en “una sátira mordaz sobre los medios de comunicación en tiempos de la Guerra Fría, cuando ya se prodigaba lo que hoy llamamos posverdad, es decir, la mentira. ¿Cómo define usted la obra?
Estamos, desde luego, ante una farsa. Si hay que ubicar la obra como género teatral es una farsa, sin duda. Sartre fue fundamentalmente un pensador, un filósofo y, en menor medida, un dramaturgo. Y si nos referimos a Sartre como autor de comedias, su producción es mucho más limitada. De hecho ‘Nekrassov’ es la única comedia que escribió. Él decidió adoptar el género de farsa, que seguramente era lo que más de moda estaba en la Francia de la época, cuando estrenó esta obra en 1955. Ese era el género predominante entonces en el teatro. Y Sartre escribe ‘Nekrassov’ en esa clave. Pero él carga la obra con toda su postura filosófica, sociológica, y entonces nos encontramos con un texto muy serio, muy trascendente, pero con una historia muy clara, escrita también en un contexto muy determinado. Que es el de un país a mediados de la década de los 50, un país que ha salido de una guerra terrible y que además se está gestando la aparición de los dos bloques, el Telón de Acero y la Guerra Fría. Y la acción de esta pieza se centra en la Redacción de un periódico que manipula, un periódico, el diario de derechas ‘Soir à Paris’, que se debe a los intereses de sus accionistas. En fin, una fórmula que conocemos perfectamente. Digamos que desde un punto de vista ideológico, social y político, la obra es compleja y circunscrita a la realidad de entonces, pero desde una perspectiva humana, es muy sencilla. Porque todo se reduce a la supervivencia del ser humano. Y, de hecho, Sartre dibuja unos personajes que quizás son arquetipos, pero ilustran muy bien lo que es el ser humano, con sus miserias, sus miedos y sus dudas. Y sobre todo con ese afán tan primitivo que consiste en sobrevivir en medio de la jungla de cristal. La jungla de entonces y la jungla de hoy en día.  

Usted interpreta a un periodista, persona honesta, obligado a escribir todos los días contra el comunismo en la página cinco del periódico.
Sí, Sartre presenta en ‘Nekrassov’ un periódico conservador de aquella época y mi personaje es, efectivamente, un periodista que vive condenado a escribir contra el comunismo. Es un ser atribulado. Él sufre ya una severa crisis de imaginación y no sabe qué decir, qué contar más contra los comunistas. Sobre todo porque ya no le quedan ideas. Y se tiene que inventar las noticias. Y se ve obligado a hacer fotomontajes. El pobre hombre ya no sabe qué hacer para presentar a los comunistas ante los franceses como unos auténticos diablos. Y, sobre todo, es una persona que vive con la contradicción de que se cree honesto, y realmente lo es, y le gustaría ejercer esa honestidad en la vida, pero se ve obligado a escribir mentiras diariamente en un periódico. Simplemente por un sueldo. Para sobrevivir. Él está instalado en la mentira, sirve a la mentira y, como es honrado, vive en un permanente estado de angustia.

¿Hasta qué punto está presente en la obra la desafección política del ciudadano?
Sobre todo por la decepción que puede causar la falta de verdad en los medios y la falta de honestidad en los políticos. Creo que Sartre, en ese sentido, es muy objetivo. Presenta la Redacción del periódico y la necesidad que tiene ese rotativo de satisfacer los intereses de los accionistas, de las personas que ponen el dinero. Y ahí hay un conflicto de intereses. Todo se reduce a eso. Cada cual mira por su propio interés. Eso lo critica Sartre. Y en los políticos es así. Van a la caza de votos para alcanzar el poder. Utilizan a los medios de información a su favor: “Entonces vais a publicar ahora esta noticia, para que el grupo de los socialistas, o de los comunistas, o de los conservadores, se vean perjudicados y los lectores cambien su voto para ganar yo las elecciones y llegar yo al poder”. No hay nada nuevo bajo el sol.

En su opinión, ¿qué hay más en la obra, más humor o más desasosiego?
Yo creo que quizás no le interesaba a Sartre crear desasosiego. Simplemente presentar con humor una realidad y hacerlo a través del espejo del teatro, de la comedia, de la farsa. Ridiculizar al ser humano a través del teatro. Pero lo hace con humor. Con un humor muy elaborado porque ridiculiza una serie de cosas muy concretas en lo político y en lo social. Considero que Sartre quería que la gente viera ‘Nekrassov’ y se divirtiera. Y que luego, una vez en casa, el espectador llegara a la conclusión que quisiera. Y yo creo que en eso hemos coincidido nosotros plenamente con Sartre. Nosotros pretendemos que el público se divierta con esta función y se vaya a casa con unos deberes por hacer.

‘Nekrassov’ dice: “O eres un engañado o eres un criminal”.
Una frase tremenda. Como tantas otras que se pronuncian en la obra. A través de un tono de comedia se dicen aquí cosas tremendas. Porque vivir con honestidad, ahora y siempre, cuesta. La verdad tiene un precio muy alto. Y eso siempre ha sido así. Actualmente también.

¿Cómo ha sido el trabajo con el director Dan Jemmett, que nació y vivió en Londres, y luego marchó a París donde ha dirigido tres veces la Comédie Francaise?
Siempre se agradece trabajar de vez en cuando con directores de fuera de España, porque aportan otro punto de vista de las cosas. Vienen de una realidad distinta. Es verdad que en Europa, con la globalización, parece que todo se estandariza y que llegamos a tener un pensamiento no único, pero sí muy próximo. Por eso la visión de un director de otro sitio nos enriquece. Y en el caso concreto de Dan Jemmett, debido a su experiencia y a su manera de entender el teatro, consigue una combinación muy buena con Sartre. Él lo ha dicho en alguna ocasión en tono de broma: “Le hemos hecho un favor a Sartre”. Yo creo que nosotros hemos intentado favorecer el texto de Sartre para hacerlo asequible y adaptarlo a la sociedad española y a la sociedad de hoy. Considero que ese era el reto de Dan Jemmett y el reto que nos habíamos propuesto todos nosotros. Y en esa dirección ha ido el trabajo. Él es muy juguetón. Entiende el teatro como un juego. Como un juego divertido, a fin de llegar al público lo más directamente posible. Y en ese empeño, con el material sensacional de Sartre, creo que en ‘Nekrassov’ tenemos una apuesta teatral, como mínimo, original.

La influencia de 'El Ruso'

Usted es licenciado en Veterinaria y uno de sus maestros en el teatro fue Ángel Gutiérrez, que fue uno de los profesionales que introdujo el Método de Konstantín Stanislavski en España.

Sí. Yo llegué al teatro con 13 años. Estudiaba BUP y el profesor de Historia propuso hacer una lectura dramatizada de la obra ‘Las Meninas’, de Buero Vallejo. Y como había un teatrito en el colegio nos animamos no sólo a realizar la lectura dramatizada, sino a poner la obra en pie. Buscamos chicas, porque el colegio no era mixto. Estrenamos la obra, fue un éxito enorme para todos, y entonces decidimos formar un grupo de teatro aficionado. Y estuvimos funcionando durante unos siete años. Hacíamos funciones en los centros culturales de Madrid e incluso salíamos a provincias. Y también participábamos en concursos de teatro aficionado. Y cuando terminamos de estudiar la carrera en la Universidad, yo hice Veterinaria, porque todos éramos de la misma promoción, me animaron mis compañeros a presentarme a una prueba en la Real Escuela de Arte Dramático (Resad). Me presenté y me escogieron. Y Ángel Gutiérrez, que entonces era conocido como ‘El Ruso’, fue mi profesor de interpretación y para mí fue todo un descubrimiento. Ángel Gutiérrez significó para mí descubrir una dimensión nueva del teatro: el teatro de arte, el teatro de compromiso, el teatro como misión social. A partir de ahí me quedé estudiando en la Resad y posteriormente estuve ocho años en la compañía de Ángel Gutiérrez. Es decir, me metí de lleno en la profesión de actor. Y aparqué definitivamente la Veterinaria, que sólo ejercí durante tres años, mientras estudié en la Resad. Me hice actor.