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 Nº 1282. 22 de febrero de 2019

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

Palabrería y errores de cultura


Uno de estos cráneos previlegiados, Pablo Casado, el del máster, ha recuperado el adjetivo felón aplicado al presidente del Gobierno. / EUROPA PRESS

Las palabras están para eso, “cógelas del rabo (chillen, putas), azótalas (…) haz que se traguen todas sus palabras”, decía Octavio Paz; y ahora vemos a la estupidez ambiente discutiendo sobre algo que no es suyo; el último mes las palabras han protagonizado la tontería política que nos invade; primero se resucita al muerto relator, convertido en banderín de enganche de tirios y troyanos, que trató de exculpar con artería la ceñuda vicepresidenta Carmen Calvo; le siguió una tormenta de ciencia filológica en mentes tan preclaras como las de los repúblicos Torra o Artadi, de Pablo Casado, el del máster que nunca existió, y de Rivera el turbio, que compite en oscuras ambigüedades con Ada Colau y del que nunca se sabe si va o viene –todos sabemos de dónde viene y adónde va–.

Uno de estos cráneos previlegiados, el del máster, ha recuperado el adjetivo felón aplicado al presidente del Gobierno. Hasta ahora se le adjudicaba en exclusiva a Fernando VII, cuya madre, Maria Luisa de Parma, ya lo calificaba en la adolescencia de «marrajo y cobarde», y acertó. Mal antecesor tiene en ese título Sánchez; se adjudica también a otro bastante más digno, el conde Don Julián, que vengó la afrenta contra su hija Florinda del rey visigodo Rodrigo –el de “ya me come, ya me come / por do más pecado había”–, abriendo las puertas del mar a los guerreros del moro Muza y de Tarik –Tarifa le debe el nombre–; tras siete siglos de invasión y asentamiento se les puede considerar algo más que fundadores de lo que luego se llamó “nación española”; es de suponer que en la ideología de estos tiempos actuales vengar la violación de una hija no esté demasiado mal visto, aunque el envite sea, ¡oh!, la pérdida de España, según dicen la leyenda y el viejo romancero. Los echaron los llamados Católicos: “Ay de mi Alhama!”, no sin antes dejarnos, entre otras cosas, Granada y Córdoba; bien valen una invasión.


El número de los tontos
“Palabras, palabras, palabras”; nos apabullarán a los españolitos estos dos meses para vender cual sacamuelas jamelgos esqueléticos; cuando no vuelan los insultos por el aire. Al filósofo Fernando Savater le han jarreado como chuzos por afirmar en una entrevista que “no creía que hubiera tantos tontos en España”, refiriéndose a los cinco millones de votos que consiguió Podemos en las elecciones de 2016; termina rematando el entuerto defendiendo a Vox, formación que no le gusta, pero “no se trata de un partido que pretende pasar por encima de la Constitución ni privar de su ciudadanía a nadie que la tenga”. De las profecías líbrennos los dioses. Pero el error de Savater está, sobre todo, en esa afirmación sobre los ”tontos”, por su parcialidad manifiesta, pues en ella cabrían todas las demás siglas; el famoso adagio “el número de los tontos es infinito” ya lo utiliza Sansón Carrasco en charla con Don Quijote, haciéndose eco de la traducción latina de la Biblia vertida por uno de los cuatro padres de la Iglesia, el demasiado ciceroniano Jerónimo: la famosa Vulgata (Eclesiastés, 1, 15) ha dado de comer durante siglos a los púlpitos, y así ha quedado el adagio en varias lenguas europeas, aunque las recientes traducciones ya no digan eso.


Otros degenerados


La exposición puede verse en la sede madrileña de la Fundación Mapfre.

Menos conocida que la persecución de los nazis contra los pintores degenerados, fue la que se llevó a cabo en la Unión Soviética, en cuanto Stalin se asentó en el poder; las fechas son coincidentes: en 1928 mandó al exilio a León Trotsky –el único de todos los nuevos líderes que, junto al comisario político para la cultura Lunacharski, entendía algo de estas materias–, diez años antes de enviar a México al sicario Mercader para asesinarlo con un piolet. Para esa fecha ya se había agotado el entendimiento entre artistas y el régimen: Lunacharski había dimitido en 1929, Maiakovsky, el poeta que, iniciado en el futurismo, se encargó de la política del agit-prop para difundir la cultura –nueva cultura enraizada en la vanguardia– y creó, con Rodchenko, la agencia de publicidad de la ideología bolchevique. Acusado de excesivamente individualista (por Trotsky, entre otros), y con algún que otro problema sentimental por medio: “La barca del amor / se ha estrellado / contra la vida cotidiana”, se suicidó; y ahí se acabó todo.

Estos otros degenerados aparecen en De Chagall a Malévich: El arte en revolución, en la sala Recoletos de la Fundación Mapfre –en colaboración con el Grimaldi Fórum de Mónaco– hasta el 5 de mayo próximo, comisariada por Jean-Louis Prat. Un total de 90 obras que proceden de museos estatales rusos, del Pushkin de Moscú y de la Galería Tretiakov, también estatal. Veintinueve nombres de artistas cuya obra, salvo algunos como los de Chagall, Malévich o Kandinsky, apenas han sonado en Occidente. La aventura de esa vanguardia surge de París, cuando el siglo arranca con el zarpazo que Cézanne da a la pintura clásica; queda abierta entonces la puerta a todos los ismos, desde el cubismo de Picasso y Braque al grupo fauvista, el futurismo italiano, el constructivismo…; una hecatombe que también llegó a la Rusia de los zares, que en 1905, justo cuando París ardía, sofocaba de manera brutal el primer intento revolucionario.
Al unísono, artistas y políticos se lanzaron a derruir los muros de la pasada pintura y del cruel orden social zarista; Chéjov había estrenado el año antes El jardín de los cerezos, cuyo desenlace anuncia el cambio de época. Lo mismo estaba haciendo Vassily Kandinsky, educado en el art nouveau alemán para luego pasar por los fauves, el grupo Der Blaue Reiter y terminar camino de la abstracción para expresar los sentimientos interiores; o Kasimir Malévich que, en la primera década, empezó en el cubismo para liberar del arte «la pesada carga del objeto” y fundar el movimiento suprematista, donde la abstracción se manifiesta de manera absoluta expresándose en un cuadro que se limita a ser «un cuadrado negro sobre fondo blanco»; o Chagall, también “criado” en la pandilla parisina de Soutine o Delaunnay, con una temática fantasiosa, bien acogido al principio por los bolcheviques, cuyas autoridades culturales pronto vieron que aquello se apartaba demasiado del realismo con mensaje social; o Vladimir Tatlin, fundador del constructivismo, padrinazgo que comparte con Alexander Rodchenko; éste, de prolífica obra en varios campos artísticos, terminó en el diseño industrial y la fotografía. Sus portadas de libros, al alimón con las necesidades propagandísticas de Maiakovsky en los primeros años de la década 1920, son de gran belleza y de una claridad expositiva memorable.

A su lado, igual de importantes para el desarrollo de la vanguardia, nombres como El Lisitski, Boris Ender, Liubov Popova, que podría encabezar la lista porcentualmente muy amplia de pintoras, como Stepavona, Rozanova, Exter o Goncharova. Un conjunto magnífico. Pero a finales de la década de 1920 Stalin había decidido cerrar esa línea y apostarlo todo al realismo didáctico que sumió al arte de la Unión Soviética durante cuarenta años en la irrelevancia,

'Deportistas', de Kazimir Malévich (1930). FUNDACIÓN MAPFRE

Aparten sus sucias manos

Las consecuencias de estos dos artes “degenerados”, el alemán y el ruso, podrían servir, si los políticos pensasen, de lección; no será así; en los debates que pasado el medio siglo XX tuvieron lugar en Francia entre las más altas cabezas, se defendió lo que ya entonces estaba putrefacto en arte. Parece que tampoco aquí aprendemos; la derecha ya sabemos hasta dónde llega, pero se esperaba más de un Podemos que, a finales del 2016, reunió a sus cráneos en Filología de la Complutense; si el filósofo Germán Cano trató de llevar el debate hacia la cultura no como arma, sino como vehículo para articular la sensibilidad colectiva, Íñigo Errejón, Iglesias Simón o Guillermo Zapata abogaban por el intervencionismo “para lo que vendrá después”. Sólo disintió la diputada Sofía Castañón, poeta en español y en asturiano –poeta y diputada ¡vaya oxímoron!–, y poeta paradójica, porque, si rechaza el arte del dictado político, sus poemas parecen ubicarse más en las estribaciones de la vieja poesía social que en la evolución frente a conceptos manidos: “Hay una máquina de Coca-Cola / en la antesala de la mina”. ¡Oh dioses!… Menos mal que alguien sabe lo que, a estas alturas, ya no debe imponerse. Por desgracia, la escasa poesía –mea culpa– que de Castañón he leído, no sólo me interesa más bien poco, sino que me hace diferir en la definición –gustos personales y otras consideraciones, mea culpa–, de lo que pueda ser poesía. Pero gracias si convence a los suyos de que ese camino trillado ya no es de recibo y de que todos salimos perdiendo. Saldremos perdiendo.

 

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena. 

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