La Calle Tiempos de Hoy Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1282. 22 de febrero de 2019

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Tiempos de Hoy / Verónica Gayá

La obesidad ya es considerada una epidemia en el mundo desarrollado

Kilos de culpa

Es un epidemia lenta que avanza sin descanso inundando cada rincón del planeta y afectando a niños y adultos... Cada año, según la OMS, mueren cerca de 2,8 millones de personas en el mundo a causa de la obesidad. ¿Quién tiene la culpa?


Si no se pone remedio hasta el 80% de los españoles tendrá un problema de obesidad en una década. / EUROPA PRESS

Hace tan sólo 25 años la tasa de obesidad en España era del 7,4%. Hoy está 10 puntos por encima, en el 17%, más un 36% de obesidad entre los adultos. Es decir, en total, más de la mitad de la población sobrepasa su peso ideal. La cifra es realmente alarmante, pero no menos que la de la población infantil, que ya supera a sus mayores en obesidad: 19% de los niños y 17% de las niñas, más un 22% que padece sobrepeso.

Esto no sólo pasa en España. El mundo entero está engordando y los estudios afirman que si no se actúa de manera drástica, en una década el problema afectará, en algunos países como el nuestro, al 80% de la población.

Por el momento, la sociedad sigue comiendo, y cada día más y peor. Continúa sin hacer ejercicio, ni siquiera andar, y mientras, la industria vende todo lo que quiere sin apenas límites. Las autoridades advierten de este enorme problema, pero aún no están tomando las medidas oportunas para afrontarlo, más allá de alguna esporádica campaña informativa de fomento de la dieta saludable y el ejercicio, que, según explican los datos, no está resultando efectiva.

Estamos frente a un problema complejo por su origen. Esta epidemia no tiene sólo un foco al que atacar. La culpa no es únicamente de la falta de voluntad del obeso que no puede parar de comer, ni de la madre que acaba el viernes en el McDonald’s. La culpa no es de que la industria pueda regalar juguetes en las cajas de cereales con cantidades ingentes de azúcar. La culpa no es de que estemos mal informados sobre las consecuencias del sobrepeso… Este mal tiene muchas responsabilidades y cada uno ha de asumir la suya.  

El cerebro

Nuestro cerebro, y no sólo el de las personas con sobrepeso, está preparado para comer y además nos devuelve placer por hacerlo. Si bien, de manera natural, deberíamos estar programados para comer sólo la misma cantidad de calorías que consumimos, los hechos demuestran de manera contundente que esta ecuación no es así, y que la parte del cerebro que nos permite disfrutar del placer de comer juega un papel decisivo.

Nuestro cerebro recibe señales de hambre y saciedad para saber cuándo tiene que comer y cuándo no. Estas señales se producen en el tronco encéfalo y en el hipotálamo y en ellas las hormonas, que actúan como mensajeras, tienen mucho que ver: la grelina, que aumenta con el ayuno, y la leptina, que inhibe la ingesta de alimentos. Entonces, ¿por qué seguimos comiendo? Porque en paralelo se desarrolla otro circuito, el del placer y la recompensa, también localizados en el hipotálamo, que funcionan de una manera muy parecida a cualquier otra adición. El circuito recompensa al cerebro cada vez que vamos a comer, se pone en automático y ‘deja de escuchar’ a la otra parte que le avisa de que está saciado. Esta circunstancia se produce más fácilmente en periodos de estrés, preocupación, o cuando comemos distraídos, viendo la televisión, trabajando, andando..., y por supuesto cuando vemos fotos o anuncios de comidas apetitosas y suculentas.

Estilo de vida

Es indiscutible que el estilo de vida de las sociedades modernas no ayuda en absoluto a cuidar a nuestro cuerpo, y mucho menos, a controlar el peso. No sólo se ha restringido drásticamente el tiempo dedicado al ejercicio, incluso los minutos que caminamos al día, no sólo aumenta vertiginosamente el sedentarismo, sino que lo hace con enormes dosis de estrés y ansiedad. Menos movimiento y mejores estados de ánimo para comer más.

Hace 50 años las opciones de alimentos en la mayoría de sociedades eran limitadas y, aunque se procuraba tener acceso a todos los grupos de alimentos, no siempre había disponible de todo, aunque eso sí, lo que hubiera, se comía de forma mucho más saludable que ahora, mucho más natural, sin tantos acompañantes, ni añadidos.

En muy poco tiempo, nuestros cuerpos tienen a su disposición una oferta muy distinta a la de hace años, supermercados llenos de productos procesados rebosantes de grasas, azúcares, aditivos, colorantes..., y pretenden saciar el hambre con las mismas cantidades de galletas azucaradas que con lo que comían antes de pan. Repostería, carnes magras, chocolates, fritos..., han pasado de ser alimentos limitados a ocasiones especiales a estar disponibles todos los días del año en nuestra despensa, en el lugar de trabajo o en los colegios.

Un cambio de paradigma en el que hay una gran protagonista: la industria alimentaria, que, en su derecho, ha querido vender al máximo, sin pararse a mirar las consecuencias de lo que esas ventas están suponiendo.

Sus ingredientes que, aunque no son peligrosos para la salud, sí que, tomados en exceso, pueden ser muy nocivos, y sus fórmulas de venta que empujan a comprar de forma masiva cualquier producto, incluso a niños, ocultan mucha información.

Sólo ahora parece que las autoridades sanitarias pretenden cercar a la industria a en la lucha contra la obesidad a base de nuevas normas de juego. La industria va a pasar de unos límites relacionados con la seguridad de los ingredientes, y una autorregulación pactada con el Gobierno para combatir el sobrepeso y la obesidad, a una regulación  firme que limite los compuestos más nocivos para la salud, como la sal, las grasas y el azúcar, y que, probablemente, en los productos con altas dosis, acaben penados con altos impuestos.

Una solución que pretende limitar el consumo, al elevarse el precio, y que además quiere encarecer estos productos nada saludables, que al fabricarse con ingredientes muy baratos para la industria, permitían precios muy competitivos, propiciando a una competencia feroz con los más saludables.

Falta de información

Los pasos a dar desde el Ministerio de Sanidad hacia la industria son los que mayor fuerza están cogiendo en los últimos tiempos, pero cualquier avance, por mínimo que sea, supone una enorme resistencia. En los últimos meses los más importantes han sido para suplir las carencias informativas de los consumidores, que muchas veces se dejan llevar por trucos de marketing como los famosos “Sin azúcares añadidos”, “Con 0% de grasas”, “light”, “Sin conservantes, ni colorantes”, “Con grasas vegetales”... y se creen que están consumiendo alimentos saludables. También para ellos se han puesto en marcha medidas como Nutriscore.

A la espera de que la industria versione sus productos a más saludables, de que el Gobierno le obligue a informar bien de sus ingredientes, de que el estilo de vida de las ciudades cambie, el estrés desaparezca o el cerebro aprenda a comer mejor... sólo queda que la población se informe y tome las riendas de su salud, cambie hábitos y empiece a comer menos, mejor y a cuidarse mucho más.

Al Día


Mucho cuidado al hacer la compra. Leer el etiquetado es clave. / EP

Sin dietas

En algo en lo que coinciden cada vez más expertos es que más que una dieta hipocalórica durante un periodo concreto de tiempo, lo más recomendable es desterrar malos y viejos hábitos y generar nuevos y saludables, algo que puede ser incluso hasta más complicado que la primera opción. Esta semana queremos ayudarte con algunos consejos, toma nota y no pierdas de vista el objetivo: “Cuidar el único cuerpo en el que puedes vivir”.

Infórmate. Lee, busca, analiza y aprende. La información es poder, y también a la hora de perder kilos. Las librerías, la web, incluso las redes sociales, están llenas de libros, blogs, consejos diarios, etc., que te ayudarán a saber mucho más de nutrición. Eso sí, es imprescindible que estudies bien el autor o autora de la información, ya que hay tanto dato útil como falso. Busca siempre nutricionistas colegiados, o expertos avalados, y siempre contrasta la información.
La tarea sigue en el supermercado, uno de los lugares en los que más puedes aprender. No compres nada sin leer su etiqueta y ve tomando decisiones según lo que leas. Recuerda que cuanto más natural, menos procesado sea el producto: mejor. Por ejemplo, entre un yogur de fresa y un yogur en el que tú pones las fresas, siempre mejor la segunda opción, y además, aún mejor si es sin azúcar y si vigilas que en la etiqueta los ingredientes del yogur sean los imprescindibles: leche y fermentos.

Márcate metas reales. Bajar ocho kilos de aquí al verano es complicado y si el primer mes no consigues dos, es fácil que abandones el reto. Es mejor cambiar poco a poco los hábitos. Por ejemplo, si desayunas un café con churros en el bar de la esquina, empieza por cambiar este hábito y desayunar en casa una tostada con aceite. Felicítate cuando lo hagas, incorpóralo a tu rutina y ponte un nuevo reto.

Analízate. Piensa qué cosas haces bien y cuáles no y toma decisiones. Si tu problema es que cuando estás estresado no dejas de comer, piensa cómo vas a actuar la próxima vez que te pase.

Déjate ayudar. Si ya lo has intentado, o crees que solo o sola te va a ser muy complicado, ponte en manos de un especialista. Consulta a tu médico de cabecera o a un nutricionista.

 

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