Tribuna / Cristina Antoñanzas Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1286. 22  de marzo de 2019

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

De la hipocresía al pensamiento

Pese a sus promesas de transparencia, Francisco no admitía la renuncia de Barbarin, el cardenal de Lyon, condenado ya a seis meses por ocultación de un caso de pederastia.

En el actual progreso hacia el pasado medieval que padecemos habrá que recuperar su terminología, aquellos malhaya que pretendían dejar al descubierto el pie hendido del Maligno. Cada día trae sus desgracias, sobre todo ahora, en campaña electoral; por eso damos algunos malhayas, que nos acompañarán durante toda ella.

Malhaya quien mancha paredes catedralicias con mensajes supuestamente izquierdosos y feministas. Ni lo uno ni lo otro; miren por otro lado y no se revuelquen contra la historia de todos.

Malhaya quien resucita el pucherazo electoral volviendo a los tiempos de los caciques de provincias de hace un siglo y más; y, para colmo y vergüenza, en favor de una Clemente denunciada por prevaricación.

Malhaya el primero que disfrazó de paisano a un espadón, Julio Rodríguez, para incrustarlo en la política; bastante con que se estén quietos en sus cuarteles, con las estampitas de su pecho y cabecera; hoy ya son cuatro los generales para avalar a la extrema derecha; lean los ignaros los Episodios nacionales galdosianos y aprendan las putrefactas secuelas que para el siglo XIX (por no citar las del XX de todos conocidas) trajo tanto caudillo, tanto militarote dirigiendo el país.

Malhaya quien pretende despojar a las mujeres migrantes de sus hijos, a cambio de unos meses de estancia y quizá algún que otro papel; luego dice que no ha dicho lo que ha dicho, aunque su propio partido haya puesto esas intenciones por escrito.

Malhaya quien miente y miente, y trapacea con la verdad y las promesas; es decir, todos en campaña electoral.

La obra de Martel se ve refrendada por el hecho de haber sido recibido su autor por Francisco.

 

Las cuevas homosexuales del Vaticano

Dejemos los malhayas del día para anunciar la edición española de Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano, del sociólogo y periodista francés Frédéric Martel, obra bendecida en cierto modo al ser recibido su autor por el Papa Francisco a finales de febrero, justo cuando la Iglesia reunía una cumbre de cardenales para intentar dar a sus fieles una aclaración sobre la pederastia que ha reinado en sus filas desde siempre. Sabido y denunciado, un ejemplo: el joven Arthur Rimbaud escribía a sus 15 años, Un corazón bajo una sotana, donde narra las andanzas de los religiosos en cuanto los discípulos se descuidaban. Léase corazón como lo que es en argot francés, y que ocultaban aquellas faldas de los curas de la época.

La omertà como sistema

Martel ha llevado a cabo durante cuatro años una encuesta sobre la homosexualidad eclesial no sólo en las  caves  vaticanas o entre la púrpura cardenalicia; se ha entrevistado con cerca de 1.500 personas en distintos países –en especial América Latina–, que van desde periodistas a prostitutos, guardias suizos y eclesiásticos, así como políticos para trazar un mapa de la homosexualidad presente en quienes desde los púlpitos y con sus ropones de púrpura escarlata más arremeten contra esa condición homosexual, contra los preservativos para evitar el VIH, contra el matrimonio entre personas de igual sexo, etc. Lo que Martel descubre es una red sistémica –sin nombrar a los vivos– que ha impuesto el secreto sobre esas relaciones sexuales, y que, gracias a esa  omertà propia de la mafia, se amplía a otros delitos, incluidos los económicos.  Se da en todos los niveles eclesiales, pero Martel apunta sobre todo al colegio cardenalicio, en el que ser gay formaría «parte de una especie de norma», que serviría además para la promoción personal. Martel, abiertamente gay, no denuncia a ese grupo cardenalicio por su homosexualidad, sino por el  lobby de poder que forman y por su hipocresía.

Esa duplicidad ha sido una de las acusaciones que con palabras veladas Francisco ha reprochado a parte de su curia. Pero recordemos aquellas declaraciones al principio de su pontificado, y que no hacía sino recordar la epístola a los Romanos (14, 4) de san Pablo: «¿Quién eres tú para juzgar a tu hermano?», que tanto  sorprendieron, pero que enseguida fueron papel mojado, por ejemplo con la negativa a aceptar como representante de Francia en el Vaticano a un diplomático gay, Laurent Stefanini (abril de 2016), católico practicante y número dos de la embajada en el Vaticano de 2001 a 2006, condecorado además con una de las distinciones papales más altas, la orden de San Gregorio el Grande. O como, en la cacareada lucha contra la pederastia eclesial y su ocultación, ayer mismo, 19 de marzo, Francisco no admitía la renuncia de Barbarin, el cardenal de Lyon, condenado ya a seis meses por ocultación. Los caminos de la Iglesia son infinitos, y sobre todo hipócritas.

 Martel apenas ataca la homofobia interiorizada que rodea a Francisco, pero sí la de los anteriores pontífices, Juan Pablo II y Benedicto XIV: permitieron que pesos pesados vaticanos –designados por los motes despectivos que para ellos utilizaba ese universo gay– formasen un «anillo de lujuria» durante los últimos decenios, desde el que dictaban los conceptos morales más sintomáticos de la relación de la Iglesia con los poderes fácticos, los negocios financieros de más que dudosa catadura, el escándalo del ‘Vatileaks’, la connivencia de la más alta jerarquía con los dictadores de América Latina, su ataque a las leyes del matrimonio para todos. Martel se limita a situar la homosexualidad entre esos altos mandos, sin relacionarla con la pedofilia y los abusos sexuales, que es el mayor problema al que ahora quiere enfrentarse, si le dejan y si apuesta por ello con claridad, Francisco.

Gabriel Albiac traduce esta nueva edición de los ‘Pensamientos’ de Pascal.

 

Pascal: pensador entre dos aguas

Para luchar contra tanta hipocresía, puede el lector volcarse en una nueva traducción de los Pensamientos de Blaise Pascal (1623-1662), a cargo de Gabriel Albiac, filósofo y articulista político en ABC, que en el prólogo anuncia centrarse en la vertiente de apología de la religión cristiana que los primeros editores de Pascal (1669-1670) ordenaron con una prioridad, la  de ser edificante. Pascal, gran personalidad de su siglo, matemático de primer orden, gran físico, inventor y teólogo, tuvo una experiencia mística ocho años antes de su muerte; escribió entonces, entre otros opúsculos, dos obras capitales sobre religión: Las provinciales y Pensamientos, publicados después de su muerte.

Dejaba entonces, por lo que se refiere a este último título, un montón de hojas, papeles sueltos, informaciones y recortes en los que iba anotando sus ideas. Con esa edición de 1670 se quiso construir una obra póstuma con lo que, para Michel Le Guern, filósofo y lingüista, máximo especialista pascaliano hasta su fallecimiento en 2016, no son otra cosa que “los papeles de un muerto”. Lío monumental: frases escritas a vuela pluma, de difícil lectura muchas veces, sin puntuación, y para mayor embrollo con una doble copia del manuscrito.  De ahí la necesaria fijación filológica del texto antes de elucubrar sobre el pensamiento pascaliano.  que no se hizo de forma bastante completa hasta la edición Le Guern (1977). Veamos un ejemplo nada más abrir el libro, en el primer pensamiento del libro: «La calidad de los testigos hace que sea preciso que estos lo sean siempre y en todas partes, y que sean miserables. Él está solo», traduce Albiac; pero Le Guern lee: «…  y en todas partes, y, miserable, él está solo». La anotación de Albiac no es suficiente para comprender ese miserables que según su traducción se refiere, inevitablemente, a los testigos, mientras que Le Guern lee el adjetivo, entre comas, referido a un antecedente, Mahoma, que Albiac admite explicando ese pronombre personal: «él».

Pero dejemos de lado estas cuestiones; en mi edición de los Pensamientos (Prisa Innova, 2009) preferí seguir la formulación filológica siguiendo al citado Le Guern –su edición está hoy en la Bibliothèque de la Pléiade–, que, además, reúne en un solo bloque pensamientos que, separados por una línea blanca en los papeles, otros numeran como distintos –a Brunschvicg le salen 958 pensamientos, a Lafuma, 993, a Kaplan, 1460, a Le Guern, 781–; Albiac mantiene el orden habitual, sin inventos como el realizado por el recientemente fallecido (el  4 de enero) Francis Kaplan  (Éditions Le Cerf, 1982), para poner de relieve, reordenando en la práctica todo el texto, los argumentos exegéticos –con su deriva antijudaica–, y  dejando de un lado los filosóficos, psicológicos o morales.

Alguien podría preguntarse para que sirve esta antigualla, un hombre del siglo XVII que nadó entre dos aguas, el jansenismo y el cristianismo, y escribió estos Pensamientos; para eso, para pensar, a ser posible.

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Colaboradores

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José García
Abad

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Miguel Ángel
Aguilar
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Inmaculada
Sánchez
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Cristina
Narbona

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Belén
Hoyo

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Idoia
Villanueva

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Sergio
del Campo

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Carles
Campuzano

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Cristina
Antoñanzas
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Elena
Blasco
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Miguel Ángel
Paniagua

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Bruno
Estrada

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José Antonio
Pérez Tapias

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José Luis
Centella

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Joan
Navarro
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José M. Benítez
de Lugo
,
Carlos
Berzosa

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Graciano
Palomo

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Julio Rodríguez
López

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Mauro
Armiño

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Pere
Navarro

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Julius
G. Castle

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Carmen
Calvo
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Joan
Tardà

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Ignacio
Aguado

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Julio Rodríguez
Fernández

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Pablo
Bustinduy

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Jesús
Lizcano

   

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena.  

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