
El Acento / Inmaculada Sánchez
Nunca sospeché que llegaría a añorar las diarias ruedas de prensa del ministro de Sanidad, Salvador Illa, dándonos cuenta, con machacona reiteración por la tele, de las nuevas medidas que restringían nuestra vida o de las que se iban levantando para cierto alivio del aciago confinamiento. Pero el desconcierto y el miedo con el que vivimos los madrileños desde hace ya demasiados días nos está provocando, además de pesadillas o depresiones, el fundado anhelo de una batuta de mando, aunque sea para enfadarnos con ella.
Todo acabó, y empezó de nuevo, cuando el pandemonio del estado de alarma decayó, tras feroces embestidas de la oposición, tanto casadista como nacionalista e independentista, y la salud epidemiológica y económica de cada ciudadano se puso en manos de su comunidad autónoma. Para eso vivimos en un Estado descentralizado. La cuestión es que, desde entonces, la respuesta a la evolución de la pandemia ha sido bien diferente según la visión y el color político de cada gobierno regional.

Todo acabó, y empezó de nuevo, cuando el pandemonio del estado de alarma decayó y la salud epidemiológica y económica de cada ciudadano se puso en manos de su comunidad autónoma. Cuando el ministro Illa daba sus ruedas de prensa, las medidas serían más o menos acertadas, pero afectaban a todos con similar escala
Cuando el ministro Illa comparecía ante los españoles anunciaría unas medidas más o menos acertadas, pero afectaban a todos con similar escala. Si acaso, las fases de la desescalada llegaban antes o después, según qué territorios, en base a unos criterios discutidos con los responsables políticos de los mismos que, les gustase en mayor o menor grado, no tenían más opción que acatar.
La Comunidad de Madrid, en esos momentos, se desgañitaba exigiendo desescalar antes, desconfinarse antes, volver a abrir bares, restaurantes y parques y, sobre todo, que semejante poder decisorio dejara de estar en las sucias e interesadas manos del Gobierno central para que, con mayor conocimiento de causa, fuera la presidenta Ayuso y sus consejeros quienes graduasen las medidas a tomar. Apenas ha hecho falta que acabe el verano, con sus vacaciones y desplazamientos huyendo del calor capitalino, para que Madrid vuelva a convertirse en el epicentro de la enfermedad.
Y ahí estaba entonces el gobierno cercano, el que de verdad sabe cómo funciona la ciudad y su densísima área metropolitana, y sus saturados transportes públicos, y su mermada red sanitaria para tomar las decisiones con tiempo y criterio. Solo que las medidas se retrasan por discusiones entre los socios del gobierno, que las restricciones se anuncian días antes de que se hayan decidido, que cuando se deciden, no se pueden aplicar porque falta la autorización del juez o porque no hay policía para velar por su cumplimiento, que se exigen para unos si y para otros no, aunque se pueda ir a trabajar de una a otra zona, que se pide ayuda a Moncloa pero se pone a caldo el estado de alarma pese a utilizar parte de sus prerrogativas… Nadie nos preparó para tener que afrontar una pandemia como ésta con una presidenta como Isabel Díaz Ayuso. Así que, pese a mi intelectual apego a la descentralización del poder, por favor, ¡que vuelva el mando único!.
Periodista y directora de El Siglo desde 2011, revista que contribuye a fundar, en 1991, formando parte de su primer equipo como jefa de la sección de Nacional. Anteriormente trabajó en las revistas Cambio 16 y El Nuevo Lunes y en la Cadena Ser. Actualmente también participa asiduamente en diferentes tertulias políticas de TVE y de Telemadrid.






