Ha pasado mucho tiempo desde que José Luis Rodríguez Zapatero se estrenara en política internacional permaneciendo sentado al paso de la bandera de Estados Unidos en un desfile del 12-0. Desde entonces y a pesar de que la Administración Obama relajó las tensiones, ha habido que esperar casi 14 años para que un ‘líder del mundo libre’ considerara a España un “socio fiable”. Para ello, el PSOE de Pedro Sánchez ha tenido que aceptar las condiciones de Joe Biden, que pasan por mayor inversión en defensa y dos destructores más en la base naval de Rota. Un nuevo foco de tensión con sus socios de Gobierno que obliga a los socialistas a buscar el respaldo del PP en el peor momento posible. Todo sea por ganar el favor de la Casa Blanca. Como dicen por allí, God bless America.
La cumbre de Madrid ha sido un éxito de crítica y público. Los escenarios, los intérpretes, la trama, el desenlace. Todo ha sido perfecto. No hay más que ver las reseñas en la prensa nacional e internacional y su mención destacada a la interpretación del protagonista, un Pedro Sánchez impecable en su papel de anfitrión de los jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros de la OTAN que participaban en una cita calificada de histórica nada menos que por Joe Biden, en el papel estelar de presidente de los Estados Unidos de América.
“Quiero que sea un gran acuerdo de país para reforzar la seguridad en Europa y en España”. Eufórico después de tres días en los que todo salió según el guion previsto, el jefe del Ejecutivo español comparecía en rueda de prensa tras la clausura de la cumbre apelando a izquierda y derecha para sacar adelante los compromisos que había alcanzado con sus socios noratlánticos y, particularmente, con el líder demócrata; incrementar el gasto en defensa hasta el 2 por ciento de aquí a 2029 y aumentar un 50 por ciento el número de destructores en la base naval de Rota reforzando la presencia militar estadounidense en la localidad gaditana.
El PP exige a Sánchez que UP apoye el mayor gasto en defensa a cambio de sus votos para subrayar la fractura del Gobierno
Pero España no es la OTAN y no se lo va a poner tan fácil. Ni siquiera si propio Gobierno donde, en vísperas de la llegada de los líderes de la Alianza, el secretario de Estado para la Agenda 2030, secretario general del PCE y diputado de Unidas Podemos, Enrique Santiago, participaba en la reunión alternativa y la manifestación contra la organización supranacional exigiendo su disolución. Una señal inequívoca de la respuesta de iba a darle su socio de Gobierno cuando le pidiera un incremento progresivo de la partida presupuestaria destinada a gasto militar. “Ya sabéis cuál es nuestra posición en este tema, no lo apoyaremos”, respondía Jaume Asens, presidente del grupo parlamentario de UP, cuando los periodistas le preguntaron en los pasillos del Congreso sobre la propuesta de Sánchez.
El ala oeste
Los socialistas en el Gobierno celebran el concepto estratégico acordado por los miembros de la OTAN para los próximos diez años porque, consideran, es un éxito para España la mención expresa al sur, incluyendo entre los desafíos para los intereses atlantistas el Norte de África y el Sahel. Pero los representantes de UP en el Ejecutivo mantienen que “hace falta más renta garantizada que tanques” –Ione Belarra, ministra de Derechos Sociales y secretaria general de Podemos– y “es evidente la posición de partida” y la “van a mantener” –Alberto Garzón, titular de Consumo y coordinador general de Izquierda Unida–.
En medio de un nuevo foco de conflicto entre socios de Gobierno, sin resolver aún su desencuentro a propósito de la actuación de la gendarmería marroquí en la valla de Melilla por el mortal desenlace y por la valoración que el presidente hizo del suceso –fue “bien resuelto”, dijo el presidente, hasta que en una entrevista en La Ser se excusó asegurando que entonces no había visto las imágenes–, Sánchez se ve abocado a llegar a un acuerdo con el Partido Popular. Un partido que no le puede decir que no a la Alianza Atlántica pero que espera hacerle pagar un alto coste electoral al líder socialista.
House of cards

En un nuevo ejercicio de geometría variable, tras sacar adelante el paquete anticrisis y la ley de planes de pensiones de empresa con los votos de EH Bildu, el PSOE mira ahora al principal grupo de la oposición, crecido como está tras la victoria electoral del 19-J.
Tras saberse que al jefe del Ejecutivo le hacían falta sus votos, la número dos del PP aseguraba que su formación está dispuesta a apoyar el incremento presupuestario en defensa y dos nuevos destructores en Rota, que se sumarían a los cuatro con los que ahora cuenta la base naval que España comparte con Estados Unidos. Pero lo hacía con una condición perversa: Cuca Gamarra ha exigido una “posición conjunta de todo el Gobierno”. Si no es así, ha dicho la secretaria general, estaría en cuestión “la posición de Estado” del Ejecutivo.
Más que plantear una objeción seria a la aprobación de los compromisos adquiridos por Sánchez con la OTAN y el país norteamericano, el PP busca con este discurso erosionar la imagen del líder socialista sin darle tiempo a rentabilizar el éxito de la cumbre a nivel doméstico, atribuyéndose en exclusiva el papel de partido de Estado después de que una mayoría absoluta en Andalucía les permita ignorar durante un tiempo sus eventuales futuros acuerdos con Vox.
Unidas Podemos no va a ceder y el PP no va a darle la espalda a la alianza atlantista, pero cobran especial relevancia otros acuerdos que esperan sobre la mesa de los dos partidos mayoritarios –sobre el Poder Judicial, por ejemplo–. Para ponerle las cosas más difíciles al presidente y le entren ganas de volver a montar otra cumbre internacional que le haga la vida política más llevadera.
Banderas de nuestros padres
El acuerdo presupuestario que ha alcanzado con la OTAN y, particularmente, el que anunció con Biden tras una charla privada en el Palacio de La Moncloa sobre los dos nuevos destructores, llega en un momento delicado para Pedro Sánchez que, a poco más de medio año de arrancar el ciclo electoral de 2023, suma un nuevo frente a izquierda y derecha.
Zapatero tardó cinco años en que un presidente de EE UU le dijera “amigo”. Cuatro ha necesitado Sánchez para el reconocimiento a todo un país
Sin embargo, son pocos los presidentes españoles que no ven la ventaja –más personal que política– a hablarse de tú a tú con el presidente de Estados Unidos. Felipe González se convenció de que España debía entrar en la OTAN tras reunirse en la Casa Blanca con Roland Reagan y José María Aznar se fotografió con Bush fumando un puro en una cumbre del G-8 con los pies encima de la mesa antes de la famosa imagen de las Azores.
Parecía que José Luis Rodríguez Zapatero era inmune al magnetismo americano cuando, en protesta por la invasión de Iraq, permaneció sentado al paso de la bandera de EE UU durante el desfile del 12 de octubre. Un gesto contra la guerra de George W. Bush que en Washington se tomaron como una afrenta a todo el país; siendo ya presidente el entonces líder socialista, el embajador estadounidense en España se ausentó un año después de la celebración en respuesta al desaire a la bandera y a la retirada de las tropas españolas del país de Oriente Próximo.
Después llegó Barack Obama y en el PSOE entendieron que las cosas no iban a arreglarse tan solo porque llegara un demócrata al despacho oval. La prensa conservadora destacó que, tras ganar las elecciones, había dejado fuera al español en la ronda de llamadas a líderes internacionales.
Sin embargo y tras las pertinentes labores diplomáticas, los equipos de Zapatero y Obama cerraron un encuentro bilateral de 45 minutos en una cumbre informal entre la Unión Europea y EE UU celebrada en Praga donde el americano llamó “amigo” al español, lo más lejos que llegó en su carrera americana.
A Zapatero le pasó algo parecido que a Sánchez; la expectación ante las llamadas y encuentros en foros internacionales era motivo de mofa por lo que acababa siendo un breve cruce de palabras. En junio del pasado año, desde Moncloa alentaron la idea de que Biden y Sánchez tendrían una primera toma de contacto en la cumbre de la OTAN que entonces se celebraba en Bruselas. Pero apenas fue un saludo que no duró ni un minuto y que, de nuevo, fue motivo de escarnio contra el líder socialista.
Un año después aquello, Pedro Sánchez ha llegado a la cita con el guion aprendido y, dicen sus compañeros de reparto, ha estado de premio. La cumbre de Madrid no será el papel de su vida, pero se le parece. A partir de ahora, sus socios y la oposición podrán hacerle sombra. Pero él ya ha logrado destacar con su ‘asalto’ a la Casa Blanca.







