
José Luis Centella
El demócrata Joe Biden ganó las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Lo constatan tanto los resultados oficiales como las proyecciones publicadas en aquellos Estados donde no son definitivos los primeros. Lo que no puedo asegurar cuando escribo estas líneas es si el derrotado Donald Trump aceptará en algún momento que lo es o agotará, como amenazó, todas las vías judiciales para revertir el resultado.
El fracaso de Trump ha sido un alivio para quienes consideraban que un nuevo mandato nos situaba al borde de un abismo por su deseo de llevar al mundo a una nueva ‘guerra fría’ de confrontación con China y Rusia. Y resulta significativo ver cómo es mayor esa alegría por su derrota que por la victoria de Biden, un candidato que desde su nominación despertó poco entusiasmo. Fue elegido a la defensiva, gracias a la retirada de los candidatos del ala derechista del Partido Demócrata, temerosos de la victoria de Bernie Sanders, el representante más a la izquierda.

Ahora debe llegar la hora de la verdad para Biden. Debería replantearse el rumbo de la política exterior norteamericana, empezando por la vuelta a los foros internacionales que luchan contra el cambio climático, seguido del desmontaje de los planteamientos de ‘guerra fría’ de su antecesor
La llegada a EE UU de la pandemia del Covid-19, unida a la pésima y extravagante gestión de Trump de la emergencia sanitaria y económica, cambió el escenario. Quedaron a la vista sus debilidades, sus estridencias y su incapacidad para sacar a su país de la crisis. Biden, por el contrario, supo tejer una amplia alianza de fuerzas sociales y políticas muy diversas, desde el aparato tradicional del Partido Demócrata a quienes se sentían agredidos por el extremismo de su rival, pasando por el sector más progresista de la sociedad estadounidense, ése que empieza a asumir sin complejos posiciones que define como socialistas.
La derrota de Trump es, sin duda, un duro golpe para esa derecha extrema mundial que él mismo jaleó durante su mandato y que empezaba a configurar una ‘siniestra internacional’ con Bolsonaro, Modi, Netanyahu, Orban, Kaczynski, Erdogan, Al Sisi, o Duterte, todos ellos dirigentes nacionalistas, xenófobos, proclives al racismo, muy admirados en nuestro país por la extrema derecha de Vox.
Ahora debe llegar la hora de la verdad para Biden. Debería replantearse el rumbo de la política exterior norteamericana, empezando por la vuelta a los foros internacionales que luchan contra el cambio climático, seguido del desmontaje de los planteamientos de ‘guerra fría’ de su antecesor. Es esperanzador ver que ya anunció el regreso al acuerdo nuclear con Irán, aunque habrá que ver si mantiene las sanciones económicas.
Esperamos ver también que la nueva Casa Blanca realiza algún gesto hacia el pueblo palestino, aunque siga con su histórico apoyo a Israel. Biden tendrá ahí una ‘patata caliente’, porque debe decidir si devuelve su embajada a Tel-Aviv, algo que podría rebajar la tensión en Oriente Próximo, además de terminar con la intervención militar en Siria.
Está por ver, además, si la nueva Administración de EE UU decide negociar un acuerdo sobre misiles de corto y medio alcance con Moscú, que sustituya al INF que Trump abandonó y, al mismo tiempo, si acepta la propuesta rusa de prorrogar sin condiciones el START III, que vence en febrero de 2021.
Es evidente que Biden no es ningún ‘izquierdista peligroso’ en política interior y sí un representante del ‘establishment’ norteamericano. Es previsible que siga la senda de la ortodoxia económica neoliberal que ya practicó como vicepresidente en la Administración Obama, cuando priorizaron el rescate de los grandes bancos y compañías automovilísticas con ayudas multimillonarias a costa de aumentar el déficit público y el paro, además de trasladar al resto del mundo las consecuencias de la gran recesión de 2008.
En definitiva, la elección de Biden abrirá una nueva etapa tanto en la política interna como en las relaciones internacionales de EE UU. Lo que no está tan claro es hasta dónde podrá llegar en medio de las presiones de los ‘lobbies’ económicos y del aparato demócrata, frente a una izquierda que parece estar más movilizada que nunca.
Coordinador de la Asamblea Político y Social de Izquierda Unida y presidente del Partido Comunista de España (PCE), partido del que ha sido secretario general entre 2009 y 2018. Maestro de profesión, fue concejal en el Ayuntamiento de la localidad malagueña de Benalmádena, provincia donde inició su actividad política y por la que fue elegido diputado al Congreso en 1993, 1996 y 2000. En la X Legislatura (2011-2015) volvió a la Cámara Baja como diputado por Sevilla, ocupando la portavocía del Grupo Parlamentario de IU, ICV-EUiA, CHA-La Izquierda Plural.






