
Mar de fondo / Raimundo Castro
Hace unos días, tras almorzar con él en un grupo de periodistas, le comenté al alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, la ironía que suponía que años atrás comiéramos en el mismo sitio cuando Pablo Casado les eligió a Isabel Díaz Ayuso y a él, por mor de las encuestas y la existencia de Ciudadanos, como candidatos perdedores para Madrid y que haya ganado ahora por mayoría absoluta. Se rio y me dijo: “Ya sabes, en política, lo importante es estar subido al tiovivo”.
Esa máxima le va al pelo, ahora, a Pedro Sánchez. Y harían bien en tenerla muy en cuenta Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal. Porque Sánchez no dejó que le tiraran del tiovivo ni la vieja guardia socialista, con Felipe González a la cabeza, apoyando a Susana Díaz. Ni tampoco las derechas, que hicieron todo lo posible desde su investidura –especialmente con el ariete de la alta judicatura– para que no gobernara más de un año.

Para acelerar en la contraofensiva, los socialistas tratan de evidenciar que estamos en un duelo entre trumpistas y progresistas que personifican en Núñez Feijóo y Sánchez
Y ahora lo tiene claro. Porque la mejor resistencia es siempre contraatacar, no quedarse en la trinchera.
Y en eso anda, sobre todo desde que sus asesores le dijeron que tenía que replicar con hechos, pero también con ideas –aunque sin gritos– la cultura ‘tabernícola’ de la que hace gala la derecha. Esa que les da tan buen resultado que añade a las tascas las terrazas, donde se dicen disparates con la mayor naturalidad después de un vino de más y se creen las falsas noticias. Esa cultura, que abonada por medios y figuras de ultraderecha –y no tan de ultraderecha– creó el ‘sanchismo’ y empapeló al presidente de mentiroso olvidando que sólo los que están libres de pecado pueden tirar la primera piedra, pero que saben muy bien que el uso del olvido colectivo, junto a la ignorancia general, es la esencia del dominio político.
El único problema que tiene el candidato socialista es si dará tiempo a que cale su mensaje ‘antitabernícola’. Aunque ya se deja notar que la gente ha espabilado mucho y cada vez se extiende más el buen uso del voto útil. En las provincias en que votar a las minorías no garantiza el escaño, que son muchas, gente que había jurado no volver a votar nunca al PSOE dice ahora que lo hará, aunque sea con la nariz tapada. Incluso ha llegado a las grandes ciudades para hacer lo mismo en el Senado. Ahí, para evitar la mayoría absoluta del PP, con o sin Vox.
Habrá que ver qué pasa. Porque, por lo demás, las fuerzas que han apoyado a Sánchez lo tienen claro. Seguirán apoyándole. Sumar, especialmente. Pero también ERC, EH-Bildu y BNG, inmersos en una estrategia de convertirse en auténticos partidos socialdemócratas para ser mayoritarios en sus naciones. Una estrategia, me consta, que no van a cambiar.
Por ejemplo, ERC. El objetivo será el mismo, aunque apriete más las tuercas: un referéndum pactado en la Mesa de Negociación y eliminar la represión selectiva del Estado cambiando las leyes que haga falta. Cuando menos, avanzar en el reconocimiento de la plurinacionalidad del Estado, como ha dicho Arnaldo Otegi. En un segundo mandato, todos creen que Sánchez será más atrevido, sin dejar de ser prudente. Pero esos socios tendrán menos paciencia que hasta ahora.
Para acelerar en la contraofensiva, los socialistas tratan de evidenciar que estamos en un duelo entre trumpistas y progresistas que personifican en Núñez Feijóo y Sánchez. Algo que toda la izquierda resume en una máxima tuitera muy de moda estos días. La que dice que perder unas elecciones en democracia no es lo mismo que perder la democracia en unas elecciones. Y que eso es lo que está en juego como consecuencia de que Vox se haya convertido en la joroba del PP, como está demostrándose día tras día en ayuntamientos y comunidades autónomas. No es una muleta. Es eso, una joroba, algo que sólo se puede eliminar con bisturí. Pero ni eso. Porque parece que, por el poder, la derecha está dispuesta a ser Quasimodo.
Escritor y periodista






